|
Homilía pronunciada por el
Papa Benedicto XVI el 15 de mayo de 2006, en
la Misa de ordenación sacerdotal de 15 diáconos
de la diócesis de Roma.
Queridos hermanos y hermanas;
queridos ordenandos:
En esta hora en la que
vosotros, queridos amigos, mediante el sacramento
de la ordenación
sacerdotal sois introducidos como pastores al
servicio del gran Pastor, Jesucristo, el Señor
mismo nos habla en el evangelio del servicio
en favor de la grey de Dios.
La imagen del pastor viene
de lejos. En el antiguo Oriente los reyes solían designarse a
sí mismos como pastores de sus pueblos.
En el Antiguo Testamento Moisés y David,
antes de ser llamados a convertirse en jefes
y pastores del pueblo de Dios, habían
sido efectivamente pastores de rebaños.
En las pruebas del tiempo del exilio, ante el
fracaso de los pastores de Israel, es decir,
de los líderes políticos y religiosos,
Ezequiel había trazado la imagen de Dios
mismo como Pastor de su pueblo. Dios dice a través
del profeta: "Como un pastor vela por su
rebaño (...), así velaré yo
por mis ovejas. Las reuniré de todos los
lugares donde se habían dispersado en
día de nubes y brumas" (Ez 34, 12).
Ahora Jesús anuncia que
ese momento ha llegado: él mismo
es el buen Pastor en
quien Dios mismo vela por su criatura, el hombre,
reuniendo a los seres humanos y conduciéndolos
al verdadero pasto. San Pedro, a quien el Señor
resucitado había confiado la misión
de apacentar a sus ovejas, de convertirse en
pastor con él y por él, llama a
Jesús el "archipoimen",
el Mayoral, el Pastor supremo (cf. 1 Pe 5, 4),
y con esto quiere decir que sólo se puede
ser pastor del rebaño de Jesucristo por
medio de él y en la más íntima comunión
con él. Precisamente esto es lo que se
expresa en el sacramento de la Ordenación:
el sacerdote, mediante el sacramento, es insertado
totalmente en Cristo para que, partiendo de él
y actuando con vistas a él, realice en
comunión con él el servicio del único
Pastor, Jesús, en el que Dios como hombre
quiere ser nuestro Pastor.
 |
El Buen Pastor.
Catedral de Sankt Gallen
(Suiza) |
El evangelio que hemos
escuchado en este domingo es solamente una
parte del gran discurso de Jesús
sobre los pastores. En este pasaje, el Señor
nos dice tres cosas sobre el verdadero pastor:
da su vida por las ovejas; las conoce y ellas
lo conocen a él; y está al servicio
de la unidad. Antes de reflexionar sobre estas
tres características esenciales del pastor,
quizá sea útil recordar brevemente
la parte precedente del discurso sobre los pastores,
en la que Jesús, antes de designarse como
Pastor, nos sorprende diciendo: "Yo soy
la puerta" (Jn 10, 7). En el servicio
de pastor hay que entrar a través de él.
Jesús pone de relieve con gran claridad
esta condición de fondo, afirmando: "El
que sube por otro lado, ese es un ladrón
y un salteador" (Jn 10, 1).
Esta palabra "sube" ("anabainei") evoca la imagen de alguien que trepa al recinto
para llegar, saltando, a donde legítimamente
no podría llegar. "Subir": se
puede ver aquí la imagen del arribismo,
del intento de llegar "muy alto", de
conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse,
no servir. Es la imagen del hombre que, a través
del sacerdocio, quiere llegar a ser importante,
convertirse en un personaje; la imagen del que
busca su propia exaltación y no el servicio
humilde de Jesucristo.
Pero el único camino para subir legítimamente
hacia el ministerio de pastor es la cruz. Esta
es la verdadera subida, esta es la verdadera
puerta. No desear llegar a ser alguien, sino,
por el contrario, ser para los demás,
para Cristo, y así, mediante él
y con él, ser para los hombres que él
busca, que él quiere conducir por el camino
de la vida.
Se entra en el sacerdocio
a través del
sacramento; y esto significa precisamente: a
través de la entrega a Cristo, para que él
disponga de mí; para que yo lo sirva y
siga su llamada, aunque no coincida con mis deseos
de autorrealización y estima. Entrar por
la puerta, que es Cristo, quiere decir conocerlo
y amarlo cada vez más, para que nuestra
voluntad se una a la suya y nuestro actuar llegue
a ser uno con su actuar.
Queridos amigos, por esta
intención queremos
orar siempre de nuevo, queremos esforzarnos precisamente
por esto, es decir, para que Cristo crezca en
nosotros, para que nuestra unión con él
sea cada vez más profunda, de modo que
también a través de nosotros sea
Cristo mismo quien apaciente.
Consideremos ahora más atentamente las
tres afirmaciones fundamentales de Jesús
sobre el buen pastor. La primera, que con gran
fuerza impregna todo el discurso sobre los pastores,
dice: el pastor da su vida por las ovejas. El
misterio de la cruz está en el centro
del servicio de Jesús como pastor: es
el gran servicio que él nos presta a todos
nosotros. Se entrega a sí mismo, y no
sólo en un pasado lejano. En la sagrada
Eucaristía realiza esto cada día,
se da a sí mismo mediante nuestras manos,
se da a nosotros. Por eso, con razón,
en el centro de la vida sacerdotal está la
sagrada Eucaristía, en la que el sacrificio
de Jesús en la cruz está siempre
realmente presente entre nosotros.
A partir de esto aprendemos también qué significa
celebrar la Eucaristía de modo adecuado:
es encontrarnos con el Señor, que por
nosotros se despoja de su gloria divina, se deja
humillar hasta la muerte en la cruz y así se
entrega a cada uno de nosotros. Es muy importante
para el sacerdote la Eucaristía diaria,
en la que se expone siempre de nuevo a este misterio;
se pone siempre de nuevo a sí mismo en
las manos de Dios, experimentando al mismo tiempo
la alegría de saber que él está presente,
me acoge, me levanta y me lleva siempre de nuevo,
me da la mano, se da a sí mismo.
La Eucaristía debe llegar a ser para
nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos
a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo
en el momento de la muerte, y no solamente en
el modo del martirio. Debemos darla día
a día. Debo aprender día a día
que yo no poseo mi vida para mí mismo.
Día a día debo aprender a desprenderme
de mí mismo, a estar a disposición
del Señor para lo que necesite de mí en
cada momento, aunque otras cosas me parezcan
más bellas y más importantes. Dar
la vida, no tomarla. Precisamente así experimentamos
la libertad. La libertad de nosotros mismos,
la amplitud del ser. Precisamente así,
siendo útiles, siendo personas necesarias
para el mundo, nuestra vida llega a ser importante
y bella. Sólo quien da su vida la encuentra.
En segundo lugar el Señor nos dice: "Conozco
mis ovejas y las mías me conocen a mí,
igual que el Padre me conoce y yo conozco al
Padre" (Jn 10, 14-15). En esta frase hay
dos relaciones en apariencia muy diversas, que
aquí están entrelazadas: la relación
entre Jesús y el Padre, y la relación
entre Jesús y los hombres encomendados
a él. Pero ambas relaciones van precisamente
juntas porque los hombres, en definitiva, pertenecen
al Padre y buscan al Creador, a Dios. Cuando
se dan cuenta de que uno habla solamente en su
propio nombre y tomando sólo de sí mismo,
entonces intuyen que eso es demasiado poco y
no puede ser lo que buscan.
Pero donde resuena en una
persona otra voz, la voz del Creador, del Padre,
se abre la puerta de la relación que el hombre espera. Por
tanto, así debe ser en nuestro caso. Ante
todo, en nuestro interior debemos vivir la relación
con Cristo y, por medio de él, con el
Padre; sólo entonces podemos comprender
verdaderamente a los hombres, sólo a la
luz de Dios se comprende la profundidad del hombre;
entonces quien nos escucha se da cuenta de que
no hablamos de nosotros, de algo, sino del verdadero
Pastor.
Obviamente, las palabras
de Jesús se
refieren también a toda la tarea
pastoral práctica de acompañar a los hombres,
de salir a su encuentro, de estar abiertos a
sus necesidades y a sus interrogantes. Desde
luego, es fundamental el conocimiento práctico,
concreto, de las personas que me han sido encomendadas,
y ciertamente es importante entender este "conocer" a
los demás en el sentido bíblico:
no existe un verdadero conocimiento sin amor,
sin una relación interior, sin una profunda
aceptación del otro.
El pastor no puede contentarse
con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento
debe ser siempre también un conocimiento
de las ovejas con el corazón. Pero a esto sólo
podemos llegar si el Señor ha abierto
nuestro corazón, si nuestro conocimiento
no vincula las personas a nuestro pequeño
yo privado, a nuestro pequeño corazón,
sino que, por el contrario, les hace sentir el
corazón de Jesús, el corazón
del Señor. Debe ser un conocimiento con
el corazón de Jesús, un conocimiento
orientado a él, un conocimiento que no
vincula la persona a mí, sino que la guía
hacia Jesús, haciéndolo así libre
y abierto. Así también nosotros
nos hacemos cercanos a los hombres.
Pidamos siempre de nuevo al Señor
que nos conceda este modo de conocer con el corazón
de Jesús, de no vincularlos a mí sino
al corazón de Jesús, y de crear
así una verdadera comunidad.
Por último, el Señor nos habla
del servicio a la unidad encomendado
al pastor: "Tengo,
además, otras ovejas que no son de este
redil; también a esas las tengo que traer,
y escucharán mi voz y habrá un
solo rebaño, un solo pastor" (Jn
10, 16). Es lo mismo que repite san Juan después
de la decisión del sanedrín de
matar a Jesús, cuando Caifás dijo
que era preferible que muriera uno solo por el
pueblo a que pereciera toda la nación.
San Juan reconoce que se trata de palabras proféticas,
y añade: "Jesús iba a morir
por la nación, y no sólo por la
nación, sino también para reunir
en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn
11, 52).
Se revela la relación entre cruz y unidad;
la unidad se paga con la cruz. Pero sobre todo
aparece el horizonte universal del actuar de
Jesús. Aunque Ezequiel, en su profecía
sobre el pastor, se refería al restablecimiento
de la unidad entre las tribus dispersas de Israel
(cf. Ez 34, 22-24), ahora ya no se trata de la
unificación del Israel disperso, sino
de todos los hijos de Dios, de la humanidad,
de la Iglesia de judíos y paganos. La
misión de Jesús concierne a toda
la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una
responsabilidad con respecto a toda la humanidad,
para que reconozca a Dios, al Dios que por todos
nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió,
murió y resucitó.
La Iglesia jamás debe contentarse con
la multitud de aquellos a quienes, en cierto
momento, ha llegado, y decir que los demás
están bien así: musulmanes, hindúes... La Iglesia no puede retirarse cómodamente
dentro de los límites de su propio ambiente.
Tiene por cometido la solicitud universal, debe
preocuparse por todos y de todos. Por lo general
debemos "traducir" esta gran tarea
en nuestras respectivas misiones. Obviamente,
un sacerdote, un pastor de almas debe preocuparse
ante todo por los que creen y viven con la Iglesia,
por los que buscan en ella el camino de la vida
y que, por su parte, como piedras vivas, construyen
la Iglesia y así edifican y sostienen
juntos también al sacerdote.
Sin embargo, como dice
el Señor, también
debemos salir siempre de nuevo "a los caminos
y cercados" (Lc 14, 23) para llevar
la invitación
de Dios a su banquete también a los hombres
que hasta ahora no han oído hablar para
nada de él o no han sido tocados interiormente
por él. Este servicio universal, servicio
a la unidad, se realiza de muchas maneras. Siempre
forma parte de él también el compromiso
por la unidad interior de la Iglesia, para que
ella, por encima de todas las diferencias y los
límites, sea un signo de la presencia
de Dios en el mundo, el único que puede
crear dicha unidad.
La Iglesia antigua encontró en la escultura
de su tiempo la figura del pastor que
lleva una oveja sobre sus hombros. Quizá esas imágenes
formen parte del sueño idílico
de la vida campestre, que había fascinado
a la sociedad de entonces. Pero para los cristianos
esta figura se ha transformado con toda naturalidad
en la imagen de Aquel que ha salido en busca
de la oveja perdida, la humanidad; en la imagen
de Aquel que nos sigue hasta nuestros desiertos
y nuestras confusiones; en la imagen de Aquel
que ha cargado sobre sus hombros a la oveja perdida,
que es la humanidad, y la lleva a casa. Se ha
convertido en la imagen del verdadero Pastor,
Jesucristo. A él nos encomendamos. A él
os encomendamos a vosotros, queridos hermanos,
especialmente en esta hora, para que os conduzca
y os lleve todos los días; para que os
ayude a ser, por él y con él, buenos
pastores de su rebaño. Amén.
|