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Autor:
Mónica Treviño |
Fuente:
Novedades de Quintana Roo,
Cancún (México),
3 de agosto de 2006 |
Artículos relacionados: Carta a las madres de los sacerdotes.,
y “Serás
sacerdote para toda la vida…”.
"Un sacerdote
santo, lleva a su comunidad a la santidad.
Un sacerdote indiferente, lleva a la sociedad
a la indiferencia. Un sacerdote equivocado,
lleva a que la sociedad a tomar caminos equivocados" (Anónimo)
El mes
de junio para la Iglesia católica fue de grandes acontecimientos,
sobre todo en Quintana Roo. Con la venida de
Pentecostés, que trajo nuevos vientos
a la Iglesia Católica, y la ordenación
de cuatro nuevos sacerdotes.
Salomón de Jesús
López Naranjo se ordenó el día
8 en la catedral de Cancún. Posteriormente
Germán May Cabrera, el día 26
en José María Morelos; Luis Octavio
Jacobo Ortiz, el día 27 en Chetumal
y David Alberto Martín Leal, el día
29 en Playa del Carmen. Están unidos
al obispo de la prelatura Cancún-Chetumal
en el sacerdocio, de él dependen en
su ministerio, siendo por el mismo obispo consagrados
como verdaderos sacerdotes participando del
ministerio de Cristo. Cada uno de ellos tuvo
un llamado muy diferente, una historia diversa
y una misma vocación: ser elegido por
Dios para servir a los hombres y mujeres, en
las cosas de Dios.
La vocación
sacerdotal es un don maravilloso, un regalo
de amor de Dios, Dios quien los llamó porque
se enamoró de cada uno de ellos, desde
la eternidad. Este amor inmerecido por parte
del hombre es un compromiso que tienen con
el Señor para que sean más santos,
más fieles y mejores apóstoles
de Cristo. Dispuestos a llevar la palabra del
Señor a todos las personas.
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Ordenaciones sacerdotales
en la basílica de San Pedro en el
Vaticano |
Abrir
el corazón
y dejarse amar conducirse al Señor,
es la única respuesta posible del sacerdote.
El compromiso de estos nuevos sacerdotes para
hacerse más santos, es decir hacer lo
que le agrada a Dios, a no disfrutar sino a
hacer su voluntad en todo momento. Qué hermosa
vocación, qué hermoso compromiso
de respuesta de cada uno de ellos.
Perseverar
para siempre. Construir su santificación, día
a día, momento a momento, sobre la roca
firme de darse a los demás, amando al
prójimo, preocuparse por los problemas
del otro, enseñando el camino, la verdad
y la vida, testimoniando a Cristo en todo momento,
ante cualquier adversidad.
La sociedad
está urgida
de fe, fe en Dios, no puede vivir de fe en
las cosas materiales, en el espíritu
del tiempo, por eso mismo se espera mucho más
de los sacerdotes: de su testimonio de vida,
teniendo una fe sencilla, trasmitir en todo
momento la fe en Cristo, que puedan enseñarnos
cómo, ante la diversa problemática
que tenemos en la vida diaria, seguir el camino
adecuado para que a la sociedad nos acerquen
cada día a Cristo.
El centro
de la vida en el sacerdote es el amor, el verdadero
amor está en la entrega, en la capacidad
de darse a otros, mucho más que en el
gusto de saberse querido y recibir de otro
una correspondencia afectiva o monetaria. Este
amor que nace de Cristo y se para irradiarse
al prójimo, transimitir su amor en todo
momeneto, para que la sociedad crezca en el
amor a Dios y en el amor al prójimo.
A pesar
del sudor y la fatiga, que es natural en la
tarea del sacerdote, diariamente participan
en el amor a la obra que Cristo ha venido a
realizar. La obra de salvación se siembra con el sufrimiento,
con la oración diaria, con el trabajo
arduo, en el amor y unidos a la cruz de Cristo,
para colaborar con la redención de la
humanidad. El verdadero sacerdote se muestra
llevando la cruz de cada día, unido
a Jesucristo.
Por el
amor a Cristo, estos neosacerdotes han renunciado
a una vida que muchos podríamos considerar
más
libre, más llena, por el amor carnal,
por tener una familia, por asistir a fiestas
y estar llenos de cosas materiales. Sin embargo,
el amor que ellos tienen a Dios es tan grande,
que han renunciado a muchas cosas significativas
para el mundo, de una gran riqueza interior,
donde Cristo los recompensará a cada
uno como dice el Nuevo Testamento “el
ciento por uno”, por vivir una vocación
maravillosa. En esta vocación ellos
son otro Cristo.
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