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Artículo relacionado: Respuestas
del Papa a preguntas del clero de Roma.
Encuentro del Santo Padre
Benedicto XVI con los sacerdotes de la diócesis
de Albano. Tuvo lugar en la Sala de los Suizos,
en el Palacio pontificio de Castelgandolfo
el jueves 31 de agosto de 2006
Vida
espiritual y actividad sacerdotal
P. Giuseppe Zane,
vicario ad omnia, de 83 años:
Nuestro obispo le ha
explicado, aunque brevemente, la situación de nuestra diócesis
de Albano. Los sacerdotes estamos plenamente
insertados en esta Iglesia, viviendo todos
sus problemas y vicisitudes. Tanto los jóvenes
como los mayores nos sentimos inadecuados,
en primer lugar porque somos pocos en comparación
con las muchas necesidades y procedemos de
lugares muy diversos; además, sufrimos
escasez de vocaciones al sacerdocio. Por estos
motivos a veces nos desanimamos, tratando de
tapar agujeros aquí o allá, a
menudo obligados sólo a realizar "primeros
auxilios", sin proyectos precisos. Al
ver las muchas cosas que habría que
hacer, sentimos la tentación de dar
prioridad al hacer, descuidando el ser; y esto
se refleja inevitablemente en la vida espiritual,
en el diálogo con Dios, en la oración
y en la caridad, en el amor a los hermanos,
especialmente a los alejados. Santo Padre, ¿qué nos
puede decir al respecto? Yo soy de edad avanzada...,
pero estos jóvenes hermanos míos ¿pueden
tener esperanza?
Benedicto XVI:
Queridos hermanos, ante
todo, quisiera dirigiros unas palabras de bienvenida
y de agradecimiento. Gracias al cardenal Sodano
por su presencia, con la que expresa su amor
y su solicitud por esta Iglesia suburbicaria.
Gracias a usted, excelencia, por sus palabras.
Con pocas frases me ha presentado la situación de esta diócesis,
que no conocía en esta medida. Sabía
que es la mayor de las diócesis suburbicarias,
pero no sabía que hubiera crecido hasta
los cincuenta mil habitantes. Veo que es una
diócesis llena de desafíos, de
problemas, pero ciertamente también de
alegrías en la fe. Y veo que todas las
cuestiones de nuestro tiempo están presentes: la
emigración, el turismo, la marginación,
el agnosticismo, pero también una fe firme.
No pretendo ser aquí ahora como un "oráculo",
que podría responder de modo satisfactorio
a todas las cuestiones. Las palabras de san Gregorio
Magno que ha citado usted, excelencia, "que
cada uno conozca infirmitatem suam", valen
también para el Papa. También el
Papa, día tras día, debe conocer
y reconocer "infirmitatem suam", sus
límites. Debe reconocer que sólo
colaborando todos, en el diálogo, en la
cooperación común, en la fe, como "cooperatores
veritatis", de la Verdad que es una Persona,
Jesús, podemos cumplir juntos nuestro
servicio, cada uno en la parte que le corresponde.
En este sentido, mis respuestas no serán
exhaustivas, sino fragmentarias. Sin embargo,
aceptamos precisamente esto: que sólo
juntos podemos componer el "mosaico" de
un trabajo pastoral que responda a la magnitud
de los desafíos.
Usted, cardenal Sodano,
ha comentado que nuestro querido hermano el
padre Zane parece un poco pesimista. Pero hay
que reconocer que cada uno de nosotros pasa
por momentos en los que puede desanimarse ante
la magnitud de lo que tiene que hacer y los
límites de lo que en realidad
puede hacer. Esto sucede también al Papa. ¿Qué debo
hacer en esta hora de la Iglesia, con tantos
problemas, con tantas alegrías, con tantos
desafíos que afronta la Iglesia universal?
Suceden tantas cosas cada día y no soy
capaz de responder a todo. Hago mi parte, hago
lo que puedo hacer. Trato de encontrar las prioridades.
Y soy feliz de contar con muchos buenos colaboradores.
Puedo decir en este momento que constato cada
día el gran trabajo que lleva a cabo la
Secretaría de Estado bajo su sabia guía.
Y sólo con esta red de colaboración,
insertándome con mis pequeñas capacidades
en una totalidad más grande, puedo y me
atrevo a seguir adelante.
Así, naturalmente, también un
párroco que está solo ve que son
muchas las cosas que es preciso hacer en esta
situación que usted, padre Zane, ha descrito
brevemente. Y sólo puede hacer una: tapar
agujeros —como dijo usted—, dedicarse
a los "primeros auxilios", consciente
de que se debería hacer mucho más.
Pues bien, la primera necesidad de todos nosotros
es reconocer con humildad nuestros límites,
reconocer que debemos dejar que el Señor
haga la mayoría de las cosas. Hoy escuchamos
en el evangelio la parábola del siervo
fiel (cf. Mt 24, 42-51). Este siervo, como nos
dice el Señor, da la comida a los demás
a su tiempo. No lo hace todo a la vez, sino que
es un siervo sabio y prudente, que sabe distribuir
en los diversos momentos lo que debe hacer en
aquella situación. Lo hace con humildad,
y también está seguro de la confianza
de su señor. Así nosotros debemos
hacer lo posible para tratar de ser sabios y
prudentes, y también tener confianza en
la bondad de nuestro Señor, porque al
fin y al cabo debe ser él quien guíe
a su Iglesia. Nosotros nos insertamos con nuestro
pequeño don y hacemos lo que podemos,
sobre todo las cosas siempre necesarias: los
sacramentos, el anuncio de la Palabra, los signos
de nuestra caridad y de nuestro amor.
Por lo que respecta a la
vida interior, a la que usted ha aludido, es
esencial para nuestro servicio sacerdotal.
El tiempo que dedicamos a la oración no es un tiempo sustraído
a nuestra responsabilidad pastoral, sino que
es precisamente "trabajo" pastoral,
es orar también por los demás.
En el "Común de pastores" se
lee que una de las características del
buen pastor es que "multum oravit pro fratribus".
Es propio del pastor ser hombre de oración,
estar ante el Señor orando por los demás,
sustituyendo también a los demás,
que tal vez no saben orar, no quieren orar o
no encuentran tiempo para orar. Así se
pone de relieve que este diálogo con Dios
es una actividad pastoral.
Por consiguiente, la Iglesia
nos da, casi nos impone —aunque siempre como Madre buena— dedicar
tiempo a Dios, con las dos prácticas que
forman parte de nuestros deberes: celebrar
la santa misa y rezar el breviario. Pero más
que recitar, hacerlo como escucha de la Palabra
que el Señor nos ofrece en la liturgia
de las Horas. Es preciso interiorizar esta Palabra,
estar atentos a lo que el Señor nos dice
con esta Palabra, escuchar luego los comentarios
de los Padres de la Iglesia o también
del Concilio, en la segunda lectura del Oficio
de lectura, y orar con esta gran invocación
que son los Salmos, a través de los cuales
nos insertamos en la oración de todos
los tiempos. Ora con nosotros el pueblo de la
antigua Alianza, y nosotros oramos con él.
Oramos con el Señor, que es el verdadero
sujeto de los Salmos. Oramos con la Iglesia de
todos los tiempos. Este tiempo dedicado a la
liturgia de las Horas es tiempo precioso.
La Iglesia nos da esta
libertad, este espacio libre de vida con Dios,
que es también
vida para los demás. Así, me parece
importante ver que estas dos realidades, la santa
misa, celebrada realmente en diálogo con
Dios, y la liturgia de las Horas, son zonas de
libertad, de vida interior, que la Iglesia nos
da y que constituyen una riqueza para nosotros.
Como he dicho, en ellas no sólo nos encontramos
con la Iglesia de todos los tiempos, sino también
con el Señor mismo, que nos habla y espera
nuestra respuesta. Así aprendemos a orar,
insertándonos en la oración de
todos los tiempos y nos encontramos también
con el pueblo.
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| El Papa Benedicto XVI |
Pensemos en los Salmos,
en las palabras de los profetas, en las palabras
del Señor y
de los Apóstoles; pensemos en los comentarios
de los santos Padres. Hoy tuvimos el maravilloso
comentario de san Columbano sobre Cristo, fuente
de "agua viva", de la que bebemos.
Orando nos encontramos también con los
sufrimientos del pueblo de Dios hoy. Estas oraciones
nos hacen pensar en la vida de cada día
y nos guían al encuentro con la gente
de hoy. Nos iluminan en este encuentro, porque
a él no sólo acudimos con nuestra
pequeña inteligencia, con nuestro amor
a Dios, sino que también aprendemos, a
través de esta palabra de Dios, a llevarles
a Dios. Esto es lo que ellos esperan: que les
llevemos el "agua viva", de la que
habla hoy san Columbano.
La gente tiene sed. Y trata
de apagar esta sed con diversas diversiones.
Pero comprende bien que esas diversiones no
son el "agua viva" que
necesitamos. El Señor es la fuente del "agua
viva". Pero en el capítulo 7 de san
Juan nos dice que todo el que cree se convierte
en una "fuente", porque ha bebido de
Cristo. Y esta "agua viva" (v. 38)
se transforma en nosotros en agua que brota,
en una fuente para los demás.
Así, tratemos de beberla en la oración,
en la celebración de la santa misa, en
la lectura; tratemos de beber de esta fuente
para que se convierta en fuente en nosotros,
y podamos responder mejor a la sed de la gente
de hoy, teniendo en nosotros el "agua viva",
teniendo la realidad divina, la realidad del
Señor Jesús, que se encarnó.
Así podremos responder mejor a las necesidades
de nuestra gente.
Esto por lo que se refiere
a la primera pregunta: ¿Qué podemos
hacer? Hagamos siempre todo lo posible en favor
de la gente —en las otras preguntas tendremos
la posibilidad de volver a este punto— y
vivamos con el Señor para poder responder
a la verdadera sed de la gente.
Su segunda pregunta era: ¿Tenemos esperanza
para esta diócesis, para esta porción
de pueblo de Dios que es la diócesis de
Albano y para la Iglesia? Respondo sin dudarlo:
sí. Naturalmente, tenemos esperanza: la
Iglesia está viva. Tenemos dos mil años
de historia de la Iglesia, con tantos sufrimientos,
incluso con tantos fracasos. Pensemos en la Iglesia
en Asia menor, la grande y floreciente Iglesia
de África del norte, que con la invasión
musulmana desapareció. Por tanto, porciones
de Iglesia pueden desaparecer realmente, como
dice san Juan en el Apocalipsis, o el Señor
a través de san Juan: "Si no te arrepientes,
iré donde ti y cambiaré de su
lugar tu candelero" (Ap 2, 5). Pero, por
otra parte, vemos cómo entre tantas crisis
la Iglesia ha resurgido con nueva juventud, con
nueva lozanía.
En el siglo de la Reforma,
la Iglesia católica
parecía en realidad casi acabada. Parecía
triunfar esa nueva corriente, que afirmaba: ahora
la Iglesia de Roma se ha acabado. Y vemos que
con los grandes santos, como Ignacio de Loyola,
Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, y otros,
la Iglesia resurgió.
Encontró en el concilio de Trento una
nueva actualización y una revitalización
de su doctrina. Y revivió con gran vitalidad.
Lo vemos también en el tiempo de la Ilustración,
en el que Voltaire dijo: "Por fin
se ha acabado esta antigua Iglesia, vive la humanidad".
Y ¿qué sucedió, en cambio?
La Iglesia se renovó. En el siglo XIX
florecieron grandes santos, hubo una nueva vitalidad
con tantas congregaciones religiosas: la fe es
más fuerte que todas las corrientes que
van y vienen.
Lo mismo sucedió en el siglo pasado.
Hitler dijo en cierta ocasión: "La
Providencia me ha llamado a mí, un católico,
para acabar con el catolicismo. Sólo un
católico puede destruir el catolicismo".
Estaba seguro de contar con todos los medios
para destruir por fin al catolicismo. Igualmente
la gran corriente marxista estaba segura de realizar
la revisión científica del mundo
y de abrir las puertas al futuro: "la
Iglesia está llegando a su fin, está acabada".
Pero la Iglesia es más fuerte, según
las palabras de Cristo. Es la vida de Cristo
la que vence en su Iglesia.
También en tiempos difíciles,
cuando faltan las vocaciones, la palabra del
Señor permanece para siempre. Y, como
dice el Señor mismo, el que construye
su vida sobre esta "roca" de la palabra
de Cristo, construye bien. Por eso, podemos tener
confianza. Vemos también en nuestro tiempo
nuevas iniciativas de fe. Vemos que en África
la Iglesia, a pesar de todos sus problemas, tiene
una gran floración de vocaciones que estimula.
Y así, con todas las diversidades del
panorama histórico de hoy, vemos —y
no sólo, creemos— que las palabras
del Señor son espíritu y vida,
son palabras de vida eterna. San Pedro, como
escuchamos el domingo pasado en el evangelio,
dijo: "Tú tienes palabras de
vida eterna; nosotros hemos creído y conocido
que tú eres el santo de Dios" (Jn
6, 69). Y viendo a la Iglesia de hoy; viendo
la vitalidad de la Iglesia, a pesar de todos
sus sufrimientos, podemos decir también
nosotros: hemos creído y conocido
que tú tienes palabras de vida eterna
y, por tanto, una esperanza que no defrauda.
La Pastoral "Integrada"
Mons. Gianni Macella,
párroco
de Albano:
En los últimos años, en sintonía
con el proyecto de la Conferencia episcopal
italiana para el decenio 2000-2010, estamos
tratando de realizar un proyecto de "pastoral
integrada". Son muchas las dificultades.
Vale la pena recordar al menos el hecho de
que muchos de los sacerdotes estamos aún
vinculados a una praxis pastoral poco misionera
y que parecía consolidada, pues estaba
unida a un contexto "de cristiandad" como
suele decirse; por otra parte, muchas de las
peticiones de numerosos fieles dan por supuesto
que la parroquia es como una especie de "supermercado" de
servicios sagrados. Por eso, Santidad, quisiera
preguntarle: una pastoral "integrada" ¿es
sólo cuestión de estrategia,
o hay una razón más profunda
por la que debemos seguir trabajando en este
sentido?
Benedicto XVI:
Confieso que con su pregunta
he escuchado por primera vez la expresión "pastoral
integrada". Me parece haber entendido su
contenido: debemos tratar de integrar
en un único camino pastoral tanto a los
diversos agentes pastorales que existen
hoy, como las diversas dimensiones del trabajo
pastoral. Así, yo distinguiría
las dimensiones de los sujetos del trabajo pastoral,
y trataría de integrarlo todo en un único
camino pastoral.
En su pregunta, usted ha
dado a entender que existe un nivel que podríamos llamar "clásico" del
trabajo en la parroquia para los fieles que han
quedado —y tal vez aumentan— dando
vida a la parroquia. Esta es la pastoral clásica,
que siempre es importante. De ordinario distingo
entre evangelización continuada —porque
la fe continúa, la parroquia vive— y
nueva evangelización, que trata de ser
misionera, de ir más allá de los
confines de los que ya son "fieles" y
viven en la parroquia, o se benefician, tal vez
también con una fe "reducida",
de los servicios de la parroquia.
Me parece que en la parroquia
tenemos tres compromisos fundamentales, que
brotan de la esencia de la Iglesia y del ministerio
sacerdotal. El primero es el servicio sacramental.
El bautismo, su preparación
y el esfuerzo por dar continuidad a los compromisos
bautismales ya nos ponen en contacto también
con los que no son demasiado creyentes. Podríamos
decir que no es una actividad para conservar
la cristiandad, sino un encuentro con personas
que tal vez raramente van a la iglesia. El esfuerzo
por preparar el bautismo, por abrir las almas
de los padres, de los familiares, de los padrinos
y las madrinas, a la realidad del bautismo ya
puede y debe ser un compromiso misionero, que
va más allá de los confines de
las personas ya "fieles".
Al preparar el bautismo,
tratemos de dar a entender que este sacramento
es insertarse en la familia de Dios, que Dios
vive y se preocupa de nosotros hasta el punto
de que asumió nuestra carne
e instituyó la Iglesia, que es su Cuerpo,
en el que puede asumir de nuevo —por decirlo
así— carne en nuestra sociedad.
El bautismo es novedad de vida en el sentido
de que, más allá del don de la
vida biológica, necesitamos el don de
un sentido para la vida que sea más fuerte
que la muerte y que perdure aunque los padres
un día desaparezcan. El don de la vida
biológica sólo se justifica si
podemos añadir la promesa de un sentido
estable, de un futuro que, incluso en las crisis
que se presentarán y que no podemos conocer,
dará valor a la vida, de forma que valga
la pena vivir, ser criaturas.
Creo que en la preparación de este sacramento,
o hablando con los padres que no aprecian el
bautismo, tenemos una situación misionera.
Es un mensaje cristiano. Debemos hacernos intérpretes
de la realidad que comienza con el bautismo.
No conozco suficientemente bien el Ritual italiano.
En el Ritual clásico, herencia de la Iglesia
antigua, el bautismo comienza con la pregunta: "¿Qué pedís
a la Iglesia de Dios?". Hoy, al menos en
el Ritual alemán, se responde sencillamente: "El
bautismo".
Esto no explicita suficientemente
qué es
lo que se debe desear. En el antiguo Ritual se
decía: "la fe", es decir,
una relación con Dios. Conocer a Dios. "Y ¿por
qué pedís la fe?", continúa. "Porque
queremos la vida eterna". Es decir, queremos
una vida segura también en las crisis
futuras, una vida que tenga sentido, que justifique
el ser hombre.
En cualquier caso, yo creo
que este diálogo
se debe realizar con los padres ya antes del
bautismo. Sólo para decir que el don del
sacramento no es simplemente una "cosa",
no es simplemente "cosificación",
como dicen los franceses, sino que es una actividad
misionera.
Luego viene la Confirmación, que conviene
preparar en la edad en que las personas comienzan
a tomar decisiones también con respecto
a la fe. Ciertamente, no debemos transformar
la Confirmación en una especie de "pelagianismo",
como si en ella uno se hiciera católico
por sí mismo, sino en una unión
de don y respuesta.
Por último, la Eucaristía es la
presencia permanente de Cristo
en la celebración diaria de la santa misa.
Como he dicho ya, es muy importante para el sacerdote,
para su vida sacerdotal, como presencia real
del don del Señor.
Ahora podemos mencionar
el matrimonio: también
este sacramento se presenta como una gran ocasión
misionera, porque hoy, gracias a Dios, siguen
queriendo casarse en la iglesia también
muchos que no frecuentan demasiado la iglesia.
Es una ocasión para ayudar a estos jóvenes
a confrontarse con la realidad que es el matrimonio
cristiano, el matrimonio sacramental. Me parece
también una gran responsabilidad. Lo vemos
en los procesos de nulidad y lo vemos sobre todo
en el gran problema de los divorciados que se
han vuelto a casar, que quieren recibir la Comunión
y no entienden por qué no es posible.
Probablemente, en el momento del "sí" ante
el Señor no entendieron lo que implica
ese "sí". Es unirse al "sí" de
Cristo con nosotros. Es entrar en la fidelidad
de Cristo y, por tanto, en el sacramento que
es la Iglesia y así en el sacramento del
matrimonio.
Por eso, la preparación para el matrimonio
es una ocasión de suma importancia, tiene
una dimensión misionera, para anunciar
de nuevo en el sacramento del matrimonio el sacramento
de Cristo, para comprender esta fidelidad y así hacer
comprender luego el problema de los divorciados
que se han vuelto a casar.
Este es el primer sector,
el sector "clásico",
de los sacramentos, que nos brinda la ocasión
para encontrarnos con personas que no van todos
los domingos a la iglesia y, por tanto, es una
ocasión para realizar un anuncio realmente
misionero, una "pastoral integrada".
El segundo sector es el anuncio de la Palabra,
con sus dos elementos esenciales: la homilía
y la catequesis.
En el Sínodo de los obispos del año
pasado los padres hablaron mucho de la homilía,
poniendo de relieve cuán difícil
es encontrar el "puente" entre la palabra
del Nuevo Testamento, escrita hace dos mil años,
y nuestro presente. La exégesis histórico-crítica
a menudo no basta para ayudarnos en la preparación
de la homilía. Lo constato yo mismo al
tratar de preparar homilías que actualicen
la palabra de Dios, o mejor, dado que la Palabra
tiene una actualidad en sí misma,
para hacer que la gente vea, perciba esta actualidad.
La exégesis histórico-crítica
nos dice mucho acerca del pasado, acerca del
momento en que nació la Palabra, acerca
del significado que tuvo en el tiempo de los
Apóstoles de Jesús, pero no siempre
nos ayuda suficientemente a comprender que las
palabras de Jesús, de los Apóstoles,
y también del Antiguo Testamento, son
espíritu y vida: en su palabra el
Señor habla también hoy.
Creo que debemos plantear
a los teólogos
el "desafío" —así lo
hizo el Sínodo— de proseguir, de
ayudar más a los párrocos a preparar
las homilías, de hacer ver la presencia
de la Palabra: el Señor habla conmigo
hoy y no sólo en el pasado.
En estos últimos días he leído
el proyecto de exhortación apostólica
postsinodal. He visto, con satisfacción,
que se habla de este "desafío" de
preparar modelos de homilías. Al final,
la homilía la prepara el párroco
en su contexto, porque habla a "su" parroquia.
Pero necesita ayuda para comprender y para ayudar
a entender este "presente" de la Palabra,
que nunca es una palabra del pasado sino que
tiene plena actualidad.
Por último, el tercer sector: la
cáritas, la diakonía. Siempre somos
responsables de los que sufren, de los enfermos,
de los marginados, de los pobres. A través
del retrato de vuestra diócesis veo que
son muchos los que necesitan de vuestra diakonía
y también esta es una ocasión siempre
misionera. Así, me parece que la pastoral
parroquial "clásica" se autotrasciende
en los tres sectores y es una pastoral misionera.
Paso ahora al segundo aspecto
de la pastoral, tanto con respecto a los agentes
como al trabajo que es preciso realizar. El
párroco no
puede hacerlo todo. Es imposible. No puede ser
un "solista"; no puede hacerlo todo;
necesita la ayuda de otros agentes pastorales.
Me parece que hoy, tanto en los Movimientos como
en la Acción católica, en las nuevas
comunidades que existen, contamos con agentes
que deben ser colaboradores en la parroquia para
una pastoral "integrada".
Para esta pastoral "integrada" hoy
es importante que los otros agentes que hay no
sólo sean activos, sino que además
se integren en el trabajo de la parroquia. El
párroco no debe actuar él solo;
debe también delegar. Deben aprender a
integrarse realmente en el trabajo común
de la parroquia y, naturalmente, también
en la autotrascendencia de la parroquia en dos
sentidos: autotrascendencia en el sentido
de que las parroquias colaboran en la diócesis,
porque el obispo es su pastor común y
ayuda a coordinar también sus compromisos;
y autotrascendencia en el sentido de que trabajan
para todos los hombres de este tiempo
y tratan también de llevar el mensaje
a los agnósticos, a las personas que están
en fase de búsqueda.
Este es el tercer nivel,
del que ya hablamos antes ampliamente. Me parece
que las ocasiones señaladas nos dan la posibilidad de encontrarnos
con los que no frecuentan la parroquia, los que
no tienen fe o tienen poca fe, y decirles una
palabra misionera. Sobre todo estos nuevos sujetos
de la pastoral, y los laicos que viven en las
profesiones de nuestro tiempo, deben llevar la
palabra de Dios también a los ámbitos
que para el párroco a menudo son inaccesibles.
Coordinados por el obispo,
tratemos de coordinar estos diversos sectores
de la pastoral, de activar a los diversos agentes
y sujetos pastorales en el compromiso común: por una parte,
ayudar a la fe de los creyentes, que es un gran
tesoro; y, por otra, hacer que el anuncio de
la fe llegue a todos los que buscan con corazón
sincero una respuesta satisfactoria a sus interrogantes
existenciales.
La Liturgia
Don Vittorio Petruzzi, vicario parroquial
en Aprilia:
Santidad, para el año pastoral que
está a punto de comenzar nuestra diócesis
ha sido llamada por el obispo a prestar atención
particular a la liturgia, tanto a nivel teológico
como en la práctica de las celebraciones.
Las semanas residenciales, en las que participaremos
el próximo mes de septiembre, tendrán
como tema central de reflexión: "Programar
y realizar el anuncio en el Año litúrgico,
en los sacramentos y en los sacramentales".
Los sacerdotes estamos llamados a realizar
una liturgia "seria, sencilla y hermosa",
según una bella fórmula recogida
en el documento "Comunicar el Evangelio
en un mundo que cambia" del Episcopado
italiano. Padre Santo, ¿puede ayudarnos
a comprender cómo se puede llevar todo
esto a la práctica en el ars celebrandi?
Benedicto XVI:
También en el ars celebrandi existen
varias dimensiones. La primera es que la celebratio
es oración y coloquio con Dios, de Dios
con nosotros y de nosotros con Dios. Por tanto,
la primera exigencia para una buena celebración
es que el sacerdote entable realmente este coloquio. Al anunciar
la Palabra, él mismo se siente en coloquio
con Dios. Es oyente de la Palabra y anunciador
de la Palabra, en el sentido de que se hace instrumento
del Señor y trata de comprender esta palabra
de Dios, que luego debe transmitir al pueblo.
Está en coloquio con Dios, porque los
textos de la santa misa no son textos teatrales
o algo semejante, sino que son plegarias, gracias
a las cuales, juntamente con la asamblea, hablamos
con Dios.
Así pues, es importante entrar en este
coloquio. San Benito, en su "Regla",
hablando del rezo de los Salmos, dice a los monjes: "Mens
concordet voci". La vox, las palabras preceden
a nuestra mente. De ordinario no sucede así.
Primero se debe pensar y luego el pensamiento
se convierte en palabra. Pero aquí la
palabra viene antes. La sagrada liturgia nos
da las palabras; nosotros debemos entrar en estas
palabras, encontrar la concordia con esta
realidad que nos precede.
Además de esto, debemos también
aprender a comprender la estructura de la liturgia
y por qué está articulada así.
La liturgia se ha desarrollado a lo largo de
dos milenios e incluso después de la reforma
no es algo elaborado sólo por algunos
liturgistas. Sigue siendo una continuación
de un desarrollo permanente de la adoración
y del anuncio. Así, para poder sintonizar
bien con ella, es muy importante comprender esta
estructura desarrollada a lo largo del tiempo
y entrar con nuestra mens en la vox de la Iglesia.
En la medida en que interioricemos
esta estructura, en que comprendamos esta estructura,
en que asimilemos las palabras de la liturgia,
podremos entrar en consonancia interior, de
forma que no sólo
hablemos con Dios como personas individuales,
sino que entremos en el "nosotros" de
la Iglesia que ora; que transformemos nuestro "yo" entrando
en el "nosotros" de la Iglesia, enriqueciendo,
ensanchando este "yo", orando con la
Iglesia, con las palabras de la Iglesia, entablando
realmente un coloquio con Dios.
Esta es la primera condición: nosotros
mismos debemos interiorizar la estructura, las
palabras de la liturgia, la palabra de Dios.
Así nuestro celebrar es realmente celebrar "con" la
Iglesia: nuestro corazón se ha ensanchado
y no hacemos algo, sino que estamos "con" la
Iglesia en coloquio con Dios. Me parece que la
gente percibe si realmente nosotros estamos en
coloquio con Dios, con ellos y, por decirlo así,
si atraemos a los demás a nuestra oración
común, si atraemos a los demás
a la comunión con los hijos de Dios; o
si, por el contrario, sólo hacemos algo
exterior.
El elemento fundamental
de la verdadera ars celebrandi es, por tanto,
esta consonancia, esta concordia entre lo que
decimos con los labios y lo que pensamos con
el corazón. El "sursum
corda", una antiquísima fórmula
de la liturgia, ya debería ser antes del
Prefacio, antes de la liturgia, el "camino" de
nuestro hablar y pensar. Debemos elevar nuestro
corazón al Señor no sólo
como una respuesta ritual, sino como expresión
de lo que sucede en este corazón que se
eleva y arrastra hacia arriba a los demás.
En otras palabras, el ars
celebrandi no pretende invitar a una especie
de teatro, de espectáculo,
sino a una interioridad, que se hace sentir y
resulta aceptable y evidente para la gente que
asiste. Sólo si ven que no es un ars exterior,
un espectáculo —no somos actores—,
sino la expresión del camino de nuestro
corazón, entonces la liturgia resulta
hermosa, se hace comunión de todos los
presentes con el Señor.
Naturalmente, a esta condición fundamental,
expresada en las palabras de san Benito: "Mens
concordet voci", es decir, que el corazón
se eleve realmente al Señor, se deben
añadir también cosas exteriores.
Debemos aprender a pronunciar bien las palabras.
Cuando yo era profesor en mi patria, a veces
los muchachos leían la sagrada Escritura,
y la leían como se lee el texto de un
poeta que no se ha comprendido.
Como es obvio, para aprender
a pronunciar bien, antes es preciso haber entendido
el texto en su dramatismo, en su presente.
Así también
el Prefacio. Y la Plegaria eucarística.
Para los fieles es difícil seguir un texto
tan largo como el de nuestra Plegaria eucarística.
Por eso, se han "inventado" siempre
plegarias nuevas. Pero con Plegarias eucarísticas
nuevas no se responde al problema, dado que el
problema es que vivimos un tiempo que invita
también a los demás al silencio
con Dios y a orar con Dios. Por tanto,
las cosas sólo podrán mejorar si
la Plegaria eucarística se pronuncia bien,
incluso con los debidos momentos de silencio,
si se pronuncia con interioridad pero también
con el arte de hablar.
De ahí se sigue que el rezo de la Plegaria
eucarística requiere un momento de atención
particular para pronunciarla de un modo que implique
a los demás. También debemos encontrar
momentos oportunos, tanto en la catequesis como
en otras ocasiones, para explicar bien al pueblo
de Dios esta Plegaria eucarística, a fin
de que pueda seguir sus grandes momentos: el
relato y las palabras de la institución,
la oración por los vivos y por los difuntos,
la acción de gracias al Señor,
la epíclesis, de modo que la comunidad
se implique realmente en esta plegaria.
Por consiguiente, hay que
pronunciar bien las palabras. Luego, debe haber
una preparación
adecuada. Los monaguillos deben saber lo que
tienen que hacer; los lectores deben saber realmente
cómo han de pronunciar. Asimismo, el coro,
el canto, deben estar preparados; el altar se
debe adornar bien. Todo ello, aunque se trate
de muchas cosas prácticas, forma parte
del ars celebrandi.
Pero, para concluir, este
arte de entrar en comunión con el Señor,
que preparamos con toda nuestra vida sacerdotal,
es un elemento fundamental.
La Familia
Don Angelo Pennazza
, párroco
en Pavona:
Santidad, en el Catecismo
de la Iglesia católica leemos que "el Orden y
el matrimonio, están ordenados a la
salvación de los demás. (...)
Confieren una misión particular en la
Iglesia y sirven a la edificación del
pueblo de Dios" (n. 1534). Esto nos parece
realmente fundamental no sólo para nuestra
acción pastoral, sino también
para nuestro modo de ser sacerdotes. ¿Qué podemos
hacer los sacerdotes para llevar a la práctica
pastoral esta afirmación y, según
lo que usted mismo ha reafirmado recientemente,
cómo podemos comunicar de forma positiva
la belleza del matrimonio, de forma que siga
siendo atractivo también para los hombres
y las mujeres de nuestro tiempo? La gracia
sacramental de los esposos, ¿qué puede
dar a nuestra vida sacerdotal?
Benedicto XVI:
Se trata de dos grandes
preguntas. La primera es: ¿cómo comunicar a la
gente de hoy la belleza del matrimonio? Vemos
cómo muchos jóvenes tardan en casarse
en la iglesia, porque tienen miedo de hacer una
opción definitiva. Más aún,
también tardan en casarse por lo civil.
A muchos jóvenes, y también a muchos
no tan jóvenes, una opción definitiva
les parece un vínculo contra la libertad.
Y su primer deseo es la libertad. Tienen miedo
de fallar al final. Ven muchos matrimonios fracasados.
Tienen miedo de que esta forma jurídica,
como ellos la perciben, sea una carga exterior
que apague el amor.
Es preciso ayudarles a
comprender que no se trata de un vínculo jurídico, de
una carga que se asume con el matrimonio. Al
contrario, la profundidad y la belleza
radican precisamente en el hecho de que es una
opción definitiva. Sólo así el
matrimonio puede hacer madurar el amor en toda
su belleza. Pero, ¿cómo comunicarlo?
Creo que es un problema que afrontamos todos
nosotros.
Para mí, en Valencia —y usted,
eminencia, podrá confirmarlo— un
momento importante no sólo fue cuando
hablé de esto, sino también cuando
se presentaron ante mí diversas familias
con más o menos hijos; una familia era
casi una "parroquia", con muchos niños.
La presencia, el testimonio de estas familias
fue realmente mucho más fuerte que todas
las palabras. Esas familias presentaron ante
todo la riqueza de su experiencia familiar: cómo
una familia tan grande resulta realmente una
riqueza cultural, una oportunidad de educación
de unos y otros, una posibilidad de hacer que
convivan juntas las diversas expresiones de la
cultura de hoy, la entrega, la ayuda mutua también
en los momentos de sufrimiento, etc.
Pero también fue importante el testimonio
de las crisis que han sufrido. Uno de esos matrimonios
casi había llegado al divorcio. Explicaron
cómo habían aprendido a superar
esa crisis, el sufrimiento ante la alteridad
del otro, y cómo habían aprendido
a aceptarse de nuevo.
Precisamente al superar
el momento de la crisis, del deseo de separarse,
creció una nueva
dimensión del amor y se abrió una
puerta hacia una nueva dimensión de la
vida, que sólo podía abrirse soportando el
sufrimiento de la crisis.
Esto me parece muy importante.
Hoy se llega a la crisis en el momento en que
se constata la diversidad de temperamentos,
la dificultad de soportarse cada día, durante toda la
vida. Entonces, al final, se decide: separémonos.
A través de estos testimonios hemos comprendido
que en la crisis, soportando el momento en que
parece que ya no se puede más, realmente
se abren nuevas puertas y una nueva belleza del
amor. Una belleza hecha sólo de armonía
no es una verdadera belleza; le falta algo; es
deficitaria. La verdadera belleza necesita también
el contraste. Lo oscuro y lo luminoso se completan.
La uva para madurar no sólo necesita el
sol, sino también la lluvia; no sólo
el día, sino también la noche.
Los sacerdotes, tanto los
jóvenes como
los mayores, debemos aprender la necesidad del
sufrimiento, de la crisis. Debemos aguantar,
trascender este sufrimiento. Sólo así la
vida resulta rica. Para mí el hecho de
que el Señor lleve por toda la eternidad
los estigmas tiene un valor simbólico.
Esos estigmas, expresión de los atroces
sufrimientos y de la muerte, son ahora sellos
de la victoria de Cristo, de toda la belleza
de su victoria y de su amor por nosotros.
Tanto los sacerdotes como
las personas casadas debemos aceptar la necesidad
de soportar la crisis de la alteridad, del
otro, la crisis en que parece que ya no se
puede convivir. Los esposos deben aprender
juntos a seguir adelante, también
por amor a los hijos, y así conocerse
de nuevo, amarse de nuevo, con un amor mucho
más profundo, mucho más verdadero.
Así, en un camino largo, con sus sufrimientos,
realmente madura el amor.
Me parece que nosotros,
los sacerdotes, podemos también aprender de los esposos, precisamente
de sus sufrimientos y de sus sacrificios. A menudo
pensamos que sólo el celibato es un sacrificio.
Pero, conociendo los sacrificios
de las personas casadas —pensemos en sus hijos, en los
problemas que surgen, en los temores, en los
sufrimientos, en las enfermedades, en la rebelión,
y también en los problemas de los primeros
años, cuando se pasan casi todas las noches
en vela porque los niños lloran— debemos
aprender de ellos, de sus sacrificios, nuestro
sacrificio. Y aprender juntos que es hermoso
madurar en los sacrificios y así trabajar
por la salvación de los demás.
Usted, don Pennazza, con
razón ha citado
el Catecismo, que afirma que el matrimonio es
un sacramento para la salvación de los
demás: ante todo para la salvación
del otro, del esposo, de la esposa, pero también
de los niños, de los hijos y, por último,
de toda la comunidad. Así el sacerdote
madura también al encontrarse con los
demás.
Así pues, creo que debemos implicar a
las familias. Las fiestas de la familia me parecen
muy importantes. Con ocasión de las fiestas
conviene que aparezca la familia, que se destaque
la belleza de las familias. También los
testimonios, aunque quizá estén
demasiado de moda, en ciertas ocasiones pueden
ser realmente un anuncio, una ayuda para todos
nosotros.
Para concluir, a mi parecer
sigue siendo muy importante que en la carta
de san Pablo a los Efesios las bodas de Dios
con la humanidad a través de la encarnación del Señor
se realicen en la cruz, en la que nace la nueva
humanidad, la Iglesia. El matrimonio cristiano
nace precisamente en estas bodas divinas.
Como dice san Pablo, es
la concretización
sacramental de lo que sucede en este gran misterio.
Así debemos seguir redescubriendo siempre
este vínculo entre la cruz y la resurrección,
entre la cruz y la belleza de la Redención,
e insertarnos en este sacramento. Pidamos al
Señor que nos ayude a anunciar bien este
misterio, a vivir este misterio, a aprender de
los esposos cómo lo viven ellos, a
ayudarnos a vivir la cruz, de forma que lleguemos
también a los momentos de la alegría
y de la resurrección.
Los Jóvenes
Don Gualtiero Isacchi , responsable
del servicio diocesano de pastoral juvenil:
Los jóvenes son objeto de una atención
especial por parte de nuestra diócesis.
Las Jornadas mundiales los han puesto al descubierto: son
muchos y entusiastas. Sin embargo, por lo general,
nuestras parroquias no están adecuadamente
preparadas para acogerlos; las comunidades
parroquiales y los agentes pastorales no están
suficientemente preparados para dialogar con
ellos; los sacerdotes, comprometidos en las
diversas tareas, no tienen el tiempo necesario
para escucharlos. Sólo nos acordamos
de ellos cuando resultan un problema o cuando
los necesitamos para animar una celebración
o una fiesta... ¿Cómo puede un
sacerdote expresar hoy la opción preferencial
por los jóvenes, a pesar de una agenda
tan cargada? ¿Cómo podemos servir
a los jóvenes a partir de sus valores,
en vez de servirnos de ellos para "nuestras
cosas"?
Benedicto XVI:
Ante todo, quisiera subrayar
lo que usted ha dicho. Con motivo de las Jornadas
mundiales de la juventud, y también en otras ocasiones,
como recientemente en la Vigilia de Pentecostés,
se pone de manifiesto que en la juventud hay
un deseo, una búsqueda también
de Dios. Los jóvenes quieren ver si Dios
existe y qué les dice. Por tanto, tienen
cierta disponibilidad, a pesar de todas las dificultades
de hoy. También tienen entusiasmo. Por
tanto, debemos hacer todo lo posible por mantener
viva esta llama que se manifiesta en ocasiones
como las Jornadas mundiales de la juventud.
¿Cómo hacerlo? Es nuestra pregunta
común. Creo que precisamente aquí debería
realizarse una "pastoral integrada",
porque en realidad no todos los párrocos
tienen la posibilidad de ocuparse suficientemente
de la juventud. Por eso, se necesita una pastoral
que trascienda los límites de la parroquia
y que trascienda también los límites
del trabajo del sacerdote. Una pastoral que implique
también a muchos agentes.
Me parece que, bajo la
coordinación del
obispo, por una parte, se debe encontrar el modo
de integrar a los jóvenes en la parroquia,
a fin de que sean fermento de la vida parroquial;
y, por otra, encontrar para estos jóvenes
también la ayuda de agentes extra-parroquiales.
Las dos cosas deben ir juntas.
Es preciso sugerir a los
jóvenes que,
no sólo en la parroquia sino también
en diversos contextos, deben integrarse en la
vida de la diócesis, para luego volver
a encontrarse en la parroquia. Por eso, hay que
fomentar todas las iniciativas que vayan en este
sentido.
Creo que es muy importante
en la actualidad la experiencia del voluntariado.
Es muy importante que a los jóvenes no sólo les quede
la opción de las discotecas; hay que ofrecerles
compromisos en los que vean que son necesarios,
que pueden hacer algo bueno.
Al sentir este impulso
de hacer algo bueno por la humanidad, por alguien,
por un grupo, los jóvenes sienten un estímulo a comprometerse
y encuentran también la "pista" positiva
de un compromiso, de una ética cristiana.
Me parece de gran importancia
que los jóvenes
tengan realmente compromisos cuya necesidad vean,
que los guíen por el camino de un servicio
positivo para prestar una ayuda inspirada
en el amor de Cristo a los hombres, de forma
que ellos mismos busquen las fuentes donde pueden
encontrar fuerza y estímulo.
Otra experiencia son los
grupos de oración,
donde aprenden a escuchar la palabra de Dios,
a comprender la palabra de Dios, precisamente
en su contexto juvenil, a entrar en contacto
con Dios. Esto quiere decir también aprender
la forma común de oración, la liturgia,
que tal vez en un primer momento les parezca
bastante inaccesible. Aprenden que existe la
palabra de Dios que nos busca, a pesar de toda
la distancia de los tiempos, que nos habla hoy
a nosotros. Nosotros llevamos al Señor
el fruto de la tierra y de nuestro trabajo, y
lo encontramos transformado en don de Dios. Hablamos
como hijos con el Padre y recibimos luego el
don de él mismo. Recibimos la misión
de ir por el mundo con el don de su presencia.
También serían útiles algunas
clases de liturgia, a las que los jóvenes
puedan asistir.
Por otra parte, hacen falta
ocasiones en que los jóvenes puedan mostrarse y presentarse.
Aquí, en Albano, según he escuchado,
se hizo una representación de la vida
de san Francisco. Comprometerse en este sentido
quiere decir entrar en la personalidad de san
Francisco, de su tiempo, y así ensanchar
la propia personalidad. Se trata sólo
de un ejemplo, algo en apariencia bastante singular.
Puede ser una educación para ensanchar
la propia personalidad, para entrar en un contexto
de tradición cristiana, para despertar
la sed de conocer mejor la fuente donde bebió este
santo, que no era sólo un ambientalista
o un pacifista, sino sobre todo un hombre convertido.
Me ha complacido leer que
el obispo de Asís,
mons. Sorrentino, precisamente para salir al
paso de este "abuso" de la figura
de san Francisco, con ocasión del VIII
centenario de su conversión convocó un "Año
de conversión" para ver cuál
es el verdadero "desafío".
Tal vez todos podemos animar un poco a la juventud
para que comprenda qué es la conversión,
remitiéndonos a la figura de san Francisco,
a fin de buscar un camino que ensanche la vida.
Francisco al inicio era casi una especie de "playboy".
Luego, cayó en la cuenta de que eso no
era suficiente. Escuchó la voz del Señor: "Reconstruye
mi casa". Poco a poco comprendió lo
que quería decir "construir la casa
del Señor".
Así pues, no tengo respuestas muy concretas,
porque se trata de una misión donde encuentro
ya a los jóvenes reunidos, gracias a Dios.
Pero me parece que se deben aprovechar todas
las oportunidades que se ofrecen hoy en los Movimientos,
en las asociaciones, en el voluntariado, y en
otras actividades juveniles.
También es necesario presentar la juventud
a la parroquia, a fin de que vea quiénes
son los jóvenes. Hace falta una pastoral
vocacional. Todo debe coordinarlo el obispo.
Me parece que, a través de la auténtica
cooperación de los jóvenes que
se forman, se encuentran agentes pastorales.
Así, se puede abrir el camino de la conversión,
la alegría de que Dios existe y se preocupa
de nosotros, de que nosotros tenemos acceso a
Dios y podemos ayudar a otros a "reconstruir
su casa". Me parece que, en resumen, nuestra
misión, a veces difícil, pero en último
término muy hermosa consiste en "construir
la casa de Dios" en el mundo actual.
Os agradezco vuestra atención y os pido
disculpas por lo fragmentario de mis respuestas.
Queremos colaborar juntos para que crezca la "casa
de Dios" en nuestro tiempo, para que muchos
jóvenes encuentren el camino del servicio
al Señor.
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