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Autor: Luis
Mario Rodríguez R. |
Fuente: El
Diario de Hoy, San Salvador (El Salvador),
14 de septiembre
2005 |
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Carta a los neosacerdotes,
y Carta a las madres de
los sacerdotes.
El
pasado fin de semana tuve la dicha de asistir
a la primera misa solemne de un buen amigo
que se ordenó como sacerdote
en mayo de 2004, en Roma, Italia. Además
de haber podido disfrutar la homilía,
brillante, reflexiva y santa, que pronunció otro
miembro de la prelatura personal a la que pertenece
el nuevo hijo de la Iglesia Católica,
en la que resaltó la vocación de
René al
llamado de Dios para entregar su vida al sacerdocio,
la ocasión me permitió reflexionar
sobre el rumbo que cada uno de nosotros elige
para su vida, y cómo el presente, aunque
muchas veces no se ve, ni se comprende, construye
y marca lo que será nuestro futuro.
Cuando conocí al padre René, tenía
yo 19 años. Apenas iniciaba mi carrera
universitaria como estudiante de Derecho y empezaba
a conocer la vida del abogado, como procurador
auxiliar en la otrora Procuraduría General
de Pobres. Para ese entonces, este nuevo sacerdote
estudiaba Ingeniería Química en
una universidad privada. Desde entonces, las
acciones de su presente estaban dirigidas a construir
su futuro. No era como los demás, que
muchas veces nos ocupamos más en el pasado
o en el futuro, olvidando construir, con nuestras
acciones de hoy, el mañana que pretendemos
obtener para el bienestar de aquellos que dependen
de nosotros.
El padre lo tenía claro: estudiaba una
carrera universitaria, pero también dedicaba
tiempo a la “Obra de Dios”, orientando
a los jóvenes, dirigiendo actividades
deportivas y académicas que alejaban a
los muchachos del ocio y la tentación,
propias de todo adolescente; además de
cumplir con sus hábitos religiosos que,
sin ser sacerdote, él ejecutaba celosa
y disciplinadamente.
Cuando lo vi en la misa,
consagrando el vino y el pan, extendiendo sus
manos para que todos sus amigos le rindiéramos honores por
convertirse en un nuevo hijo predilecto de la
Iglesia, recordé el pasado de René,
en aquel entonces su presente, hoy su futuro
hecho realidad. En la frase “serás
sacerdote para toda la vida”, todos vimos
culminada una trayectoria que llevó a
nuestro amigo, por la universidad, por Roma y,
finalmente, por el camino de la santidad.
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San Josemaría
Escriva.
Imagen en el Ateneo de Teología (Madrid) |
Es cierto que cuando se
es joven, raramente se puede visualizar el
futuro. Comúnmente
se vive el hoy, alegre, con los amigos del colegio
o la escuela, despreocupado de la vida. Por supuesto
que no para todos la historia es la misma. Otros
no logran ver el futuro, no porque lo tengan
todo, sino porque no tienen nada, no tienen esperanza.
Sus padres están separados, o muertos,
o lejos de ellos, probando mejor suerte en un
país extraño.
Ésa es la historia de muchos de nuestros
jóvenes. Tienen que trabajar para estudiar,
o a lo mejor lo hacen para vivir y contribuir
al sostenimiento del hogar. La preocupación
del cómo sobrevivir hoy crea una barrera
para ver el mañana. Unos, entonces, porque
lo tienen todo, y otros porque carecen de esperanza,
no cultivan en el presente lo que en el futuro
les puede ayudar a la autorrealización
personal.
En tan solo una semana he podido
convivir con varias historias. Un amigo que culmina
su camino hacia la santidad; otro que consigue
cambiar de trabajo y ver un futuro más
prometedor; otro más que acepta el reto
de trabajar, aunque su área de especialidad
es distinta a la que le han ofrecido; un par
de amigos más
que no tienen trabajo y están pensando
seriamente emigrar a los Estados Unidos y, finalmente,
unos cuantos niños que juegan con libertad
en un pueblo en el occidente del país,
despreocupados de la vida, pensando que los trompos
que hacen girar en las calles empedradas son
el juguete más valioso de este mundo.
Para todos ellos hay una
historia que escribir con sus acciones, con
su libre albedrío,
pero también es necesaria la acción
conjugada del Gobierno y los políticos.
Son estos últimos los que deben contribuir
a construir sueños, esperanza, certidumbre; ésa
es la tarea de un líder. Cuando se está en
el gobierno, se comprende bien ese compromiso.
Una audiencia no concedida, una carta no atendida,
una llamada no correspondida, un estudio no elaborado,
una tarea no ejecutada, un descuido negligente,
una pérdida de tiempo en un trámite,
puede convertir los sueños y la esperanza
de un niño, de un estudiante, de un adolescente,
de una madre embarazada, de un pequeño
empresario; en añicos y evitar que el
presente construya su futuro.
Los funcionarios debemos
ser eso precisamente: constructores de esperanza,
facilitadores en el presente y puente para
el futuro. Unos, por vocación, y otros, por un salario; los
funcionarios estamos obligados a trabajar diariamente
por aquellos a los que el desarrollo humano aún
les es ajeno; también debemos hacerlo
para que aquellos que han sido dotados con el
don de la creatividad sigan generando riqueza,
empleo, servicios de calidad y un país
cada vez más competitivo. Eso se logra
con trabajo, con esfuerzo, respondiendo a las
necesidades ciudadanas y exigiendo el respeto
de la ley. René no habría sido
sacerdote sin la disciplina que lo distinguió;
es cierto que el llamado de Dios llegó,
pero para ello labró día a día
su futuro y la orden religiosa que le abrió las
puertas le orientó y facilitó el
camino. Ese es el símil que deberíamos
utilizar todos: trabajar para superar nuestras
limitaciones, encontrar nuestra vocación,
luchar por ella y exigir a los gobernantes las
oportunidades necesarias para concretar nuestro
futuro.
El autor es Secretario de
Asuntos Legislativos y Jurídicos
de la Presidencia de la República.
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