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Autor:
Lorenzo Fazzini |
Fuente:
Diario Avvenire |
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estaba en Madrid el día de los atentados.
«Estuvimos allí...»
Ambulancias transformadas
en confesionarios, donde muchas personas hallan
el modo de reconciliarse con Dios; hombres y
mujeres que, frente al más
grave acto terrorista de la Historia, reencuentran
la fe en Dios. Las cenizas todavía humeantes
de los rascacielos mientras, a pocos metros,
sobre un altar improvisado, se celebra la Eucaristía.
La asistencia espiritual a jóvenes viudas
y a niños huérfanos, no como expertos
en manejar situaciones traumáticas, sino
como instrumentos de Dios. Y todo, con una convicción
absoluta: allí, en aquel lugar tremendo,
un nuevo Calvario, Cristo resplandecía
entre las tinieblas
A cinco años de distancia del atentado
contra las Torres Gemelas, diecisiete sacerdotes
que vivieron de cerca el drama de aquellos días
han puesto por escrito sus recuerdos y emociones
en aquellos momentos. El resultado: 11th
september 2001. We were there… (11 de
septiembre. Estuvimos allí…),
un intenso y desgarrador volumen editado por
la Conferencia Episcopal de Estados Unidos. Se
trata del reconocimiento a posteriori del valor
religioso de «una vivencia que –en
palabras del jesuita James Martin, subdirector
de la revista America– ha sido
la más profunda experiencia de la presencia
de la gracia que yo haya vivido jamás.
Si alguien duda de la presencia del mal en el
mundo, que vaya a la Zona Cero. Y si alguno piensa
que no existe la gracia, que vaya también
allí».
El propósito de este libro es también
un homenaje a la primera víctima reconocida
de la barbarie: el padre Mychael Judge, capellán
de los bomberos de Nueva York, que fue de los
primeros en acercarse al lugar del desastre para
asistir espiritualmente a los heridos. «Llevamos
su cuerpo a una iglesia cercana –cuenta
el padre Kevin M. Smith, capellán de los
bomberos del cercano condado de Nassau– y
lo pusimos sobre al altar. Poco después,
nos fue ordenado evacuar la zona. Un médico
se acercó a constatar su muerte y extendió su
certificado de defunción, en el que se
podía leer Primer fallecido».
De este modo, un sacerdote católico fue
clasificado como la primera víctima del
11-S; tiempo después, su casco de bombero
fue entregado al Papa Juan Pablo II.
La ciudad de la compasión
Quizá por el absurdo de un ataque de
tamaña maldad, que aterrorizó al
planeta entero, los sacerdotes (visibles por
su traje religioso entre los numerosos médicos,
heridos, voluntarios…) se convirtieron
para muchos en una válvula de escape,
el ancla a la que agarrarse frente al drama que
estaba sucediendo.
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Rezando el Rosario.
Santuario de Fátima (Portugal) |
Mientras se encontraba en la Quinta Avenida, en medio de un ir y venir
de voluntarios y agentes de las fuerzas de seguridad, un policía
se acercó al padre John Kozar para pedirle: «Padre,
díganos lo que sea, díganos qué sentido
tiene todo esto». Poco después,
por la calle, dos adolescentes le preguntaron
si podía confesarles.
No menos duras fueron las
jornadas siguientes, cuando numerosos presbíteros acompañaron
a las familias de todos aquellos cuyos cuerpos
no fueron nunca rescatados. El padre Emile Frische,
por ejemplo, se acercó a las familias
de cerca de 700 empleados de Cantor Fitzgerald
que perecieron en el atentado: «Por indicación
del arzobispo, me acerqué al hotel en
el que esperaban las familias; uno de los presentes
me pidió dirigir una oración; recitamos
el salmo 23 y rezamos por la paz. Entendí que
Dios estaba con nosotros en ese momento».
Otras experiencias fueron
más dramáticas.
El padre Joseph McCaffrey asistió a las
familias del vuelo United 93, el
que se precipitó en Pennsylvania, y pudo
escuchar las últimas llamadas telefónicas
de aquellos desafortunados condenados a muerte: «Gracias
a aquella experiencia nacieron estrechos lazos
de amistad, y me di cuenta del poder de Dios,
que muestra su magnificencia siendo capaz de
sacar un bien inmenso de un mal horrible».
Leyendo los relatos de los sacerdotes que ejercieron su labor el 11-S,
emerge, de manera límpida, un hecho: en aquellos días de un dolor
absurdo, de parte de las familias de las víctimas
no nacieron gritos de venganza ni una espasmódica
búsqueda de culpables. «En cambio –observa
el padre James P. Nieckarz–, lo que más
me llamó la atención fue la intensidad
con que médicos, policías y bomberos
prestaron su trabajo. Asimismo, multitud de ciudadanos
corrientes mostraron una gentileza y una generosidad
extraordinarias. Nueva York, la ciudad que era
conocida por ser frenética e inconstante,
se convirtió en la ciudad de la compasión».
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