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Fuente:
Publicado en opusdei.org,
consultado el 27.11.2006 |
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sacerdote, ex-militante comunista:
«No se trata de
cambiar estructuras, sino el corazón».
Otro artículo: Historia
de Honoré,
vocación de un estudiante
de Costa de Marfil que ahora es sacerdote del
Opus Dei.
Fabio Quartulli es
uno de los 38 fieles del Opus Dei que el
próximo 25 de noviembre
de 2006 recibirá el diaconado en Roma.
Seis meses después, será ordenado
sacerdote. En su juventud formó parte
de una célula
comunista, sin saber lo que le tenía preparado
el futuro...
Fabio nació en
Francia hace 37 años, y es doctor en
Fisiopatología humana. Su padre es un
albañil italiano que emigró a
París para encontrar trabajo.
Todo
empezó cuando
tus padres emigraron a Francia...
Tras combatir en la Segunda
Guerra Mundial en Albania y Rusia, mi padre
regresó a Italia.
Vivía en Squinzano, un pequeño
pueblo del sur. Eran años de mucha inquietud
social y él estaba firmemente convencido
de que el comunismo arreglaría la pobreza
de la posguerra.
Así que era -y sigue
siendo- un comunista convencido. Los carabinieri registraban
con frecuencia su casa, buscando panfletos y
propaganda, pues había rumores de que
se preparaba una revolución.
Como no encontraba trabajo,
emigró a
Francia y logró un empleo de albañil
en Argenteuil, cerca de París. Poco después,
se trasladó mi madre. Ella tenía
una educación católica, pero no
practicaba la fe. Así que las ideas que
mis hermanos y yo aprendimos de jóvenes
eran las que oíamos a mi padre: justicia
social, lucha de clases...
Y
también
a vosotros os atrajo el comunismo.
Sí. Yo, por ejemplo, a los 15 años
ya había leído el Manifiesto Comunista
y gran parte de “El Capital”, de
Marx. A esa edad, me inscribí con mi hermana
mayor en las Juventudes Comunistas. Formábamos
parte del grupo de mi ciudad, la célula “Ho
Chi Min”.
Hasta que me fui a la Universidad,
fui un miembro muy activo: vendíamos el periódico ‘L’Humanité’,
repartíamos propaganda, recogíamos
firmas de apoyo al partido y a otras causas,
como por ejemplo la liberación de Mandela.
Recuerdo que la victoria socialista en las elecciones
francesas de 1981 fue una gran fiesta en mi casa.
¿Qué atractivo tenía
la ideología comunista para ti?
Siempre me han preocupado
mucho la justicia social y el problema de la
pobreza, por eso me atraía el planteamiento
de lucha de clases y el reparto de los bienes.
Sin embargo, había una cosa que no me
terminaba de convencer: la idea de que la revolución
justificaba la violencia. Nos llegaban noticias
de los gulags, y no me gustaban.
¿Qué pensabas
de la Iglesia?
Me parecía que su mensaje era bueno,
pero que no lo llevaba a cabo. Desconfiaba de
la Iglesia como institución. Aunque, a
mi modo, creía en Dios. Cuando mi madre
falleció de cáncer, por ejemplo,
mi hermana dijo que jamás podría
creer en un Dios que se llevaba así a
las personas. Yo, en cambio, le dije que seguía
creyendo. Creo que esto le sorprendió.
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| Púlpito en la catedral de Lyon (Francia) |
¿Cuándo
comenzaste a practicar la fe?
A los 19 años fui a París, a estudiar
Biología. En mi grupo de amigos había
un católico practicante: Christophe Borel.
Hablábamos de todo, también de
la fe cristiana. A mí no me insistía
mucho, porque conocía mis ideas. Animaba
más bien a otros, a aquellos que se declaraban
cristianos, a vivir mejor su fe. Christophe era
supernumerario del Opus Dei.
Un sábado, después de una fiesta
en casa de un amigo, perdí el último
tren para volver a casa. Christophe me invitó a
pasar la noche en su apartamento, aunque me advirtió que
al día siguiente haría temprano
un poco de ruido, porque quería ir a Misa
a la iglesia de la Madeleine. “Me gustaría
ir contigo -le dije-. Despiértame a mi
también, por favor”. Lo hice por
curiosidad y educación, nada más.
Esa misma noche, vi que
Christophe tenía un folleto en su casa que se titulaba: “Por
qué y cómo confesarse”, de
l’abbé Romero. Comencé a
leerlo y en pocas horas lo terminé. A
la mañana siguiente, concluí que
también a mí me gustaría
confesarme. Pocos días más tarde
-un jueves, lo recuerdo bien- Christophe me presentó a
un sacerdote del Opus Dei. Desde entonces, acudí a
recibir el sacramento de la penitencia cada dos
semanas.
¿Y después?
Comencé a frecuentar las actividades
culturales y espirituales dirigidas a universitarios
en ese centro del Opus Dei. Christophe me seguía
descubriendo un mundo desconocido. Recuerdo,
por ejemplo, cuando me enseñó a
rezar el rosario mientras caminábamos
por la orilla del Sena.
Poco tiempo más tarde, me propuse seguir
el mismo plan de vida espiritual de una persona
de la Obra. Yo por entonces tenía novia,
así que quise pedir la admisión
como supernumerario. Pero más adelante,
vi que Dios podría pedirme la vida entera,
así que en 1992 fui admitido como numerario.
¿Qué descubriste
para dar el cambio?
En el cristianismo he
descubierto que hay que ayudar a cada persona,
uno a uno. El comunismo sacrifica la dignidad
personal en bien de la colectividad. Pero cada
uno somos hijos de Dios, así que el mundo cambiará cuando
nos ayudemos, uno a uno, con la caridad. Como
ves, no he perdido la inquietud por la justicia
social y la desaparición de la pobreza.
¿Qué has
aprendido en el Opus Dei?
Me enseñaron a hacer oración,
a tratar a Dios de tú a tú, y también
a hacer apostolado. Cuando estaba en la célula ‘Ho
Chi Min’ nos preocupábamos por la
expansión del comunismo. Pero era diferente,
porque lo que queríamos era que la gente
apoyase el partido. La vida de la persona que
acababa de darnos la firma, nos daba igual. El
apostolado cristiano es distinto: Dios te anima
a interesarte por los demás, por su situación,
por sus problemas.
¿Cuál fue la reacción
de tu familia ante tu conversión?
Normal, siempre tuvimos
mucha libertad. Mi hermana mayor, la misma
con la que había militado
en las Juventudes Comunistas y que más
tarde había decidido no creer en Dios,
no comprendía mi decisión. “¡No
te vas a casar!”, me decía asustada.
Y como la vocación es un tesoro que uno
descubre y necesita compartir con los demás,
yo empecé por ella. Como teníamos
mucha confianza, le fui explicando todo, poco
a poco... Ahora es numeraria auxiliar de la Obra.
En
pocos días serás diácono, ¿qué sientes?
Es el primer paso hacia
el sacerdocio. Dios, que me ha ido guiando
en la vida como ha querido, me invita ahora
a servir así a la Iglesia.
Así que siento mucha ilusión...
y mucha responsabilidad.
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