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Autor: Florentino
Pérez Vaquero |
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Artículo relacionado: La
caridad pastoral como principio específico
de la espiritualidad sacerdotal.
Lo que se está planteando
con esta cuestión es si ciertamente la
experiencia de Dios forma parte intrínseca
de la vida y ministerio de los presbíteros.
En el caso de que esto sea así, entonces
habrá que ver también si posee
algunos registros propios que la definan como
específica y exclusiva del ministro ordenado,
y más en concreto, del presbítero
diocesano secular. Como se puede observar, se
trata de una cuestión esencial.
Para intentar
dar respuesta al asunto que se ha planteado,
en un primer momento conviene situar la experiencia
presbiteral de Dios dentro del contexto de
la experiencia cristiana de Dios. No se debe
olvidar que “el presbítero
ha sido llamado, como también los demás
bautizados, a conformarse con Cristo” (1).
Esto implica que toda experiencia cristiana de
Dios, incluida la del presbítero, tenga
un mismo fundamento: el bautismo, mediante el
cual se incorpora al creyente al misterio de
la muerte y resurrección de Cristo y a
la Iglesia, a la vez que recibe la llamada a
la santidad y el envío para ser testigo
del Señor con la ayuda del Espíritu
Santo (2).
Experiencia de Dios, bautismo
y ministerio sacerdotal
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Luz incidiendo en una
columna.
Monasterio de El paular (Madrid, España) |
La novedad
más absoluta
del bautismo en la Iglesia radica especialmente
en su relación a Cristo, ya que a él
queda orientada la totalidad de la vida del bautizado
(3). En efecto, aunque parezca una tautología,
lo específico de la experiencia cristiana
de Dios es la relación intrínseca
del bautizado con Cristo vivida necesariamente
en la fe (4). En este sentido, “bautizarse
es asumir el ser y el existir de Cristo como
referencia propia de origen, forma de hacer y
actitud ante el futuro” (5). Todos los
demás aspectos de la experiencia cristiana
de Dios (relación con el Padre en el Espíritu
del Hijo, inserción en la comunidad eclesial,
testimonio y anuncio del Evangelio, etc.) vendrán
exigidos por esta dimensión “crística” del
bautismo.
Por consiguiente,
si la fe de todos los bautizados implica una
experiencia de Dios vivida desde la centralidad
de Cristo, entonces también esa experiencia debe
formar parte intrínsecamente de la vida
y ministerio del presbítero. Pero para
comprender mejor en qué medida esto es
así, antes hay que analizar si el sacramento
del Orden añade “algo” respecto
al bautismo o si, por el contrario, no aporta
ningún rasgo configurador que permita
establecer una distinción entre el ministro
ordenado y el resto de bautizados. Esta cuestión
es crucial, puesto que si verdaderamente existe
una serie de rasgos transmitidos por el Orden
Sacerdotal que modulan y matizan lo adquirido
por el bautismo, entonces necesariamente esto
tiene que influir en la experiencia de Dios que
el presbítero viva, de manera que esta
experiencia y la de otro bautizado no ordenado
sean distintas, a pesar de que tengan un mismo
fundamento bautismal.
A este
respecto el Concilio Vaticano II es claro: “El sacerdocio de
los presbíteros supone, desde luego, los
sacramentos de la iniciación cristiana;
sin embargo, se confiere por aquel especial sacramento
con el que los presbíteros, por la unción
del Espíritu Santo, quedan sellados con
un carácter particular, y así se
configuran con Cristo sacerdote, de suerte que
puedan obrar como en persona de Cristo cabeza” (6).
Por tanto, el carácter sacerdotal puede
ser interpretado como “relacionalidad
existencial (con Cristo y con la Iglesia), nueva
respecto a la propia del bautismo, con consistencia
objetiva en cuanto nuevo modo de ser en la Iglesia,
irrevocable y permanente” (7).
No obstante,
tras el Concilio se inicia un debate dentro
de la misma Iglesia acerca del significado
y sentido del sacerdocio ministerial que afectará también
a la comprensión del carácter sacerdotal.
Surgen así varias interpretaciones teológicas
que conciben el ministerio ordenado principalmente
desde sus funciones, de manera que restan importancia
o incluso niegan que en él exista una
realidad objetiva y ontológica que permanezca
de manera irrevocable. Todas estas reflexiones
teológicas prestan un valioso servicio
a la profundización en la doctrina del
carácter sacerdotal. Sin embargo, cabe
señalar que “negar su realidad o
diluirla mediante procesos hermenéuticos
no resulta compatible con la normatividad vinculante
de la tradición teológico-dogmática
vigente hasta nuestros días” (8).
Rasgos de la experiencia de
Dios en el sacerdocio
Así pues, si el sacramento
del Orden confiere una nueva identidad al sujeto
ordenado distinta a la del resto de bautizados,
y si la experiencia de Dios abarca a la totalidad
de lo que el ser humano es, entonces esa experiencia
se verá irremediablemente afectada y definida,
en el caso del presbítero, por su carácter
sacerdotal. Ahora bien, ¿cuáles
son los rasgos propios y definitorios de la experiencia
de Dios en el presbítero diocesano secular
que la distinguen del resto de experiencias cristianas
de Dios?
Ya se ha
dicho más arriba
que la experiencia es un haber vivido
por medio de una relación vital con “lo
otro”. En el caso de la experiencia cristiana
de Dios eso “otro” deja de ser impersonal
y se convierte en “el Totalmente Otro”,
en el Dios y Padre de Jesucristo. Pues bien,
esta definición hace referencia implícitamente
a la temporalidad, a la historia personal de
quien va acumulando ese haber vivido
su relación con Dios. Por tanto, en la
experiencia de Dios que el presbítero
tiene, necesariamente hay que incluir el aspecto
vocacional, el haberse vivido como llamado
al ministerio ordenado, lo cual no sólo
hace referencia a un pasado más o menos
lejano, sino que también abarca al presente
y orienta hacia el futuro. De esta manera, la
experiencia de Dios en el presbítero se
convierte en una constante experiencia de envío.
Pero este
dato, además,
exige entender la experiencia presbiteral de
Dios en términos de relacionalidad. Así,
el presbítero vive su relación
con Dios como una experiencia fundante que orienta
toda su existencia hacia la configuración
con Cristo Cabeza y Pastor. Esa progresiva unión
con Jesucristo el presbítero la va experimentando
en su vida desde dos perspectivas: por un lado
se sabe ya configurado sacramentalmente con Cristo
en tanto que ha sido ordenado, lo cual le otorga
una nueva identidad dentro de la Iglesia; pero
a la vez experimenta la necesidad de que esa
configuración sacramental sea también
existencial, de manera que su vida refleje realmente
la de Cristo. La experiencia de Dios del presbítero
se presenta, de esta manera, como una llamada
a ser existencialmente lo que ya es por el sacramento
del Orden: transparencia de Cristo. Y es precisamente
este aspecto lo que carga de significado al hecho
de que el presbítero adopte un estilo
de vida marcado por los consejos evangélicos.
Por tanto, la experiencia de Dios del sacerdote
es experiencia de Cristo Pastor.
Esta relación con Cristo
propia y específica del presbítero,
como ya dijimos, ha de definir su relación
con la Iglesia. Esto es así, en primer
lugar, porque la experiencia de Dios que el sacerdote
tiene hay que situarla dentro del ámbito
de la comunidad eclesial, en el cual ha ido viviendo
y madurando progresivamente esa experiencia junto
con otros creyentes. Pero no sólo eso,
sino que además el presbítero,
por medio de la ordenación, ha sido puesto
por la misma Iglesia a la cabeza de una comunidad
concreta, a la que sirve in nomine Ecclesiae.
Por tanto, el sacerdote sólo podrá tener
experiencia de Dios en y desde el
ejercicio de su ministerio. Esto implica que
el ámbito de encuentro entre Dios y el
presbítero sea necesariamente la realidad
pastoral, donde se produce un doble movimiento:
por un lado Dios va a salir al encuentro del
ministro ordenado en las diferentes situaciones
de esa realidad, lo cual invita al presbítero
a vivir en una constante actitud contemplativa;
pero por otro lado, el sacerdote se sitúa
ante Dios como cabeza de la comunidad a la que
ha sido enviado, de manera que en su nombre se
dirige a Él. En este sentido se puede
afirmar que la experiencia de Dios en el presbítero
es experiencia de la Iglesia.
Si esto
es tan cierto como parece y es verdad también que “los gozos
y las esperanzas, las tristezas y las angustias
de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo
de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez
gozos y esperanzas, tristezas y angustias de
los discípulos de Cristo” (9), entonces
la experiencia de Dios en el presbítero
diocesano secular tiene que estar también
marcada necesariamente por su integración
en el mundo. Puesto que el presbítero
actúa in persona Christi a la
vez que in nomine Ecclesiae su “estar” en
el mundo debe ser distinto al de otro bautizado
no ordenado. Así, el sacerdote se sitúa
ante el mundo como alguien que, formando parte
de él, se pone a su servicio remitiendo
a Cristo y representando a la Iglesia. De esta
manera se posibilita que la experiencia de Dios
del presbítero esté encarnada en
la realidad del mundo en la que vive y que su
persona se convierta en un signo más de
otra realidad que trasciende lo mundano. Desde
este sentido, la experiencia de Dios en el presbítero
es una experiencia desde el mundo.
En resumen,
la experiencia de Dios en el presbítero diocesano secular
está intrínsecamente relacionada
con la caridad pastoral, de manera que ambas
se condicionan mutuamente. Así, por un
lado la caridad pastoral crea una experiencia
de Dios propia y específica del presbítero,
pero ésta, a su vez, es una exigencia
fundamental de la caridad pastoral, sin la cual
no podría existir.
Notas
(1) Sínodo
de los Obispos de 1971, Documentos, Sígueme,
Salamanca 1972, p. 36.
(2) Cf.
F. Muñoz Muñoz, “Espiritualidad
del sacerdote diocesano secular (II)”,
en: Seminarios 176 (2005) 175-216, pp.
179-180.
(3) Cf. D. Borobio, Celebrar
para vivir. Liturgia y Sacramentos de la Iglesia, Sígueme,
Salamanca 2003, pp. 200-201.
(4) Cf. Ch. A. Bernard, Introducción
a la teología espiritual, Verbo
Divino, Estella 1997, pp. 34-35.
(5) O.
González de Cardedal, La
entraña del cristianismo, Secretariado
Trinitario, Salamanca 1997, p. 855.
(6) Presbiterorum Ordinis 2.
(7) S.
del Cura Elena, “La
sacramentalidad del sacerdote y su espiritualidad”,
en: Comisión Episcopal del Clero, Espiritualidad
sacerdotal, EDICE, Madrid 1989, p. 102.
(8) S.
del Cura Elena, “Carácter
sacerdotal”, en: Profesores de la Facultad
de Teología de Burgos, Diccionario…, o.
c., p. 79.
(9) Gaudium et Spes 1
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