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Autor: Florentino
Pérez Vaquero |
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En un intento por profundizar
en la estrecha vinculación que existe entre el ministerio
ordenado y la Eucaristía, el punto de
partida debe ser la afirmación de la unidad
esencial interna de los sacramentos, a través
de la cual Dios transmite su gracia sacramental
a los hombres, aunque por medio de diferentes
canales (1). Los sacramentos no son realidades
independientes, sino que en su conjunto, formando
un todo orgánico, “están
ordenados a la santificación de los hombres,
a la edificación del Cuerpo de Cristo,
finalmente, a dar culto a Dios” (2).
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Procesión del Corpus Chisti.
Gáldar
(Canarias, España) |
Pero dentro del septenario sacramental, la Eucaristía tiene un puesto central, ya que “todos los otros sacramentos están ordenados a la Eucaristía como a su fin” (3).En este mismo sentido puede entenderse la afirmación del Pseudo-Dionisio de que la Eucaristía “es
el sacramento de los sacramentos” (4). El Concilio Vaticano II también
expresa esta idea cuando afirma que el centro y culmen de los sacramentos es
la Eucaristía (5). Por tanto, la Eucaristía ocupa una posición
excepcional en el marco del septenario sacramental. La razón de ello es
que mediante este sacramento no sólo se transmite la gracia de Cristo,
sino que, además, también se da sacramentalmente el mismo Cristo
(6).
Esa relación existente entre la Eucaristía
y los demás sacramentos
se hace mayor cuando nos referimos al Orden Sacerdotal, ya que -tal y como se
reconoce en el Concilio de Trento- la institución de la Eucaristía
por Jesús en la Última Cena engendra la institución del
sacramento del Orden, de manera que, siendo correlativos, no puede entenderse
uno al margen del otro (7). “Hay, pues, una reciprocidad específica
entre la Eucaristía y el Sacerdocio, que se remonta hasta el Cenáculo:
se trata de dos Sacramentos nacidos juntos y que están indisolublemente
unidos hasta el fin del mundo” (8). Así, el sacerdote puede celebrar
y presidir la Eucaristía porque ha recibido de Cristo -a través
del sacramento del Orden instituido en la Última Cena con los Doce- la
capacidad para ello. Por eso, el ministro ordenado -que al igual que los Doce
ha sido enviado por Cristo- recibe de la Iglesia, a quien sirve, la misión
de realizar, custodiar y distribuir la Eucaristía actuando personalmente
en nombre y representación de Jesucristo (9).
Pero además, si la Eucaristía
es el centro y culmen de la vida en la comunidad
cristiana, y ésta está organizada
de acuerdo con una estructura jerárquica,
entonces en la celebración eucarística
tiene que estar reflejada esa organización esencial (10). De ahí que
el sacramento de la Eucaristía “nadie ciertamente puede realizarlo
sino el sacerdote que hubiere sido debidamente ordenado” (11), como se
indica en el IV Concilio de Letrán. Pero además, en la presidencia
de la celebración eucarística alcanza su máximo significado
y el punto culminante la realización del envío de Jesucristo: “la
actualización de la cena eucarística celebrada por Jesús,
y, a través de ella, de su muerte y resurrección, constituye la
forma más intensa e inmediata de representación de Jesucristo” (12).
Por tanto, si el que representa sacramentalmente a Cristo Cabeza y Pastor en
la comunidad cristiana es el presbítero, la Eucaristía ha de ser
presidida por el mismo ministro.
Sin embargo, y después de lo que se acaba
de afirmar, parece necesario señalar que
el ministerio ordenado no es un ministerio meramente
eucarístico
y cultual, ya que la Eucaristía “no agota todo el ministerio sacerdotal” (13). Éste
incluye una función evangelizadora para convocar y reunir al pueblo de
Dios (14); función que, aunque conecta directamente con la cultual, no
se puede reducir a ella por ser mucho más amplia.
Notas
(1) Cf. R. Schulte, “Sacramentos”,
en: K. Rahner (dir.), Sacramentum Mundi.
Enciclopedia Teológica, Herder, Barcelona
1976, pp. 164-180, (170-171); J. A. Abad, “Eucaristía
y Sacerdocio”, en: Profesores de la Facultad
de Teología de Burgos (dirs.), Diccionario
del Sacerdocio, BAC, Madrid 2005, p., 281.
(2) Sacrosanctum Concilium, 59.
(3) Santo
Tomás
de Aquino, Summa Theologica, III,
q. 65, a. 3, (Edición
de la BAC, Vol. XIII, Madrid 1957, p. 151.)
(4) Pseudo-Dionisio Areopagita, Sobre
la jerarquía eclesiástica, c.
3, I, MG 3, 424.
(5) Cf. Ad Gentes Divinitus, 9
(6) Cf. J. Auer, Sacramentos.
Eucaristía, Herder,
Barcelona 1982, pp. 109; 165-166.
(7) Cf. E. Denzinger,– A. Schönmetzer, Enchiridion
symbolorum. Definitionum
et declarationum de rebus fidei et morum, Herder, Barcelona 196834, nn.
1740; 1764.
(8) Juan
Pablo II, Carta a los
sacerdotes para el Jueves Santo, 2004, n.
3.
(9) Cf. Lumen Gentium, 19;
28; R. Arnau-García, Orden
y Ministerios, BAC,
Madrid 1995, pp. 174-178.
(10) Cf. Conferencia Episcopal Alemana, El
ministerio sacerdotal, Sígueme,
Salamanca 1970, p. 107.
(11) E. Denzinger, El
Magisterio de la Iglesia. Manual de los símbolos,
definiciones y declaraciones de la Iglesia
en materia de fe y costumbres,
Herder, Barcelona 1963, n. 430.
(12) Conferencia Episcopal Alemana, El
ministerio…, o.
c., p. 107.
(13) J. A. Abad, a. c., pp. 282-283.
(14) Cf. Presbyterorum Ordinis, 2. |