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Autor:
Cardenal Francis Arinze |
Fuente:
Agencia Fides |
Discurso pronunciado por
el Card. Francis Arinze, Prefecto de la Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en
la apertura en el Congreso por el Jubileo de
oro del "Institut Supérieur de Liturgie",
sección del "Institut Catholique
de Paris" (París, 27 de octubre del
2006)
1. Una celebración apropiada. Tiempo
de gracia
Sea alabado Dios porque
el “Institut Supérieur
de Liturgie” celebra cincuenta años
de su vida y servicio. En estos cincuenta años,
este Instituto ha dado un importante aporte a
la reflexión litúrgica, a la vida
y a la formación correspondiente en la
Iglesia. Oramos al Señor Jesús
para que bendiga y recompense a todos aquellos
que en el pasado, o en nuestros días,
han contribuido al trabajo de esta importante
sección del “Institut Catholique
de Paris”. La Congregación para
el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
ofrece su felicitación calurosa al Instituto.
Una celebración jubilar como esta representa
un tiempo no solo para el agradecimiento, sino
también para la reflexión, para
reexaminar las orientaciones, para aclarar el
camino que hay que seguir, para tomar decisiones
respecto al futuro. Quisiera afrontar algunas
de las áreas que un Instituto Superior
de Liturgia como éste podría tratar
de cubrir. Es importante mostrar la luz en las
cuestiones litúrgicas. El ars celebrandi y
la homilía merecen una mención
especial. Una eclesiología de la comunión
supone claridad acerca de los papeles del sacerdote
y del Obispo diocesano. Un análisis de
estos elementos nos ayudará a concluir
con una lista de los principales servicios que
se espera de un Instituto litúrgico.
2. Mostrar
la luz en las materias litúrgicas
El primero de los deberes
de un instituto litúrgico
superior es el de ser un faro de luz en las materias
litúrgicas. El mismo informa y forma líderes
que estén en capacidad de evaluar las
riquezas presentes en el culto público
de la Iglesia y que estén preparados para
compartirlas con los demás. Asimismo,
arroja luz sobre el estrecho vínculo entre
teología y liturgia, entre la fe de la
Iglesia y la celebración de los misterios
de Cristo, entre la lex credendi y la lex
orandi.
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| Cardenal Francis Arinze |
Como consecuencia, así como un instituto
litúrgico superior debería promover
la investigación, debe sobre todo basar
sus fundamentos sólidos y duraderos, en
la fe, en la tradición de la Iglesia y
en el patrimonio que los textos, gestos y disposiciones
litúrgicas contienen. Un instituto como
este es perfectamente consciente de que la sagrada
liturgia es un don que recibimos de Cristo a
través de la Iglesia. No es algo inventado
por nosotros. Posee, por lo tanto, los elementos
inmutables que vienen de nuestro Salvador Jesucristo,
así como se realiza en las formas esenciales
de los sacramentos, junto a los elementos variables
que han sido transmitidos y conservados cuidadosamente
por la Iglesia.
Muchos abusos en materia
litúrgica se
han fundado no en la mala voluntad sino en la
ignorancia, “ya que casi siempre se rechaza
aquello de lo que no se comprende su sentido
más profundo y su antigüedad” (Redemptionis
Sacramentum, 9). De este modo, algunos abusos
se han debido a un espacio excesivo concedido
a la espontaneidad, a la creatividad o a una
idea equivocada de libertad, o a veces al error
del horizontalismo, que coloca al hombre al centro
de una celebración litúrgica que
debe estar centrada verticalmente sobre Cristo
y sobre sus misterios.
Las tinieblas son alejadas
por la luz, no por una condena verbal. Un instituto
litúrgico
superior debe poseer expertos en la mejor y más
auténtica tradición teológico-litúrgica
de la Iglesia. Los debe formar en el amor por
la Iglesia y por su culto público, así como
a seguir las normas e indicaciones ofrecidas
por el Magisterio. Deberá también
ofrecer cursos apropiados para aquellos que quieren
promover una formación litúrgica
permanente para el clero, para los consagrados
y para los fieles laicos. Como escribió el
Papa Juan Pablo II a la Asamblea Plenaria de
la Congregación para el Culto Divino y
la Disciplina de los Sacramentos un mes antes
de su muerte: “Es urgente que en las comunidades
parroquiales, en las asociaciones y en los movimientos
eclesiales se aseguren adecuados recorridos formativos,
para que la liturgia sea mejor conocida en la
riqueza de su lenguaje y sea vivida en plenitud.
En la medida en que esto será realizado,
se experimentarán influjos benéficos
sobre la ida personal y comunitaria” (Carta
del Papa Juan Pablo II al Cardenal Arinze, 3
de marzo de 2005, n. 5).
3. Promoción del “Ars Celebrandi”
Una consecuencia de un
sano fundamento teológico-litúrgico
y de una adecuada formación en la fe y
en la devoción es que el ars celebrandi sea
promovido no solo por el sacerdote celebrante,
sino también por parte de todos aquellos
que participan en las celebraciones liturgias,
sobre todo el diácono, pero también
los acólitos, los lectores, quienes dirigen
los cantos y todos los demás fieles que
participan.
El ars celebrandi está basado
en la verdad teológica articulada por
el Concilio Vaticano II, según la cual, “se
considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio
de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan
y, cada uno a su manera, realizan la santificación
del hombre, y así el Cuerpo Místico
de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros,
ejerce el culto público íntegro” (Sacrosanctum
Concilium, 7).
Un instituto litúrgico debería
ayudar a todos aquellos que están involucrados
en una celebración litúrgica a
apreciar esta verdad. El primer lugar le corresponde
al sacerdote o al obispo celebrante. Si ellos
están suficientemente insertados en el
significado de las celebraciones litúrgicas,
que tienen a Cristo como su cabeza, si respetan
la Escritura, la Tradición, las raíces
históricas de los textos sagrados y las
riquezas teológicas de las expresiones
litúrgicas, entonces el resultado será una
feliz manifestación del ars celebrandi.
Las celebraciones litúrgicas mostrarán
de modo magnífico la fe de la Iglesia,
nutrirán con esta fe a los participantes,
despertarán esta fe en los durmientes
y en los indiferentes, mandarán a casa
a las personas con el ardor de vivir la vida
cristiana y difundir el Evangelio. Esto está muy
lejos del manierismo frío, antropocéntrico
y a veces abiertamente idiosincrático,
que nuestras asambleas dominicales muchas veces
están obligadas a soportar. Tanto la Carta
del Papa Juan pablo II ya mencionada (n. 3) cuanto
el Sínodo de los Obispos de octubre de
2005 (Prop. 25) subrayan la importancia del ars
celebrandi.
4. La homilía
“La homilía - afirma el Concilio
Vaticano II - “es parte de la acción
litúrgica” (Sacrosanctum Concilium,
52). En ella la Palabra de Dios es pan partido
para el pueblo. Las lecturas sagradas están
vinculadas con las realidades de la fe en el
mundo de hoy. La homilía, si es dada bien,
debería hacer arder el corazón
en el pecho de las personas (cf. Lc 24, 32).
Lamentablemente muchas
homilías son pronunciadas
por los sacerdotes o los diáconos en un
modo tal que no resulta estar a la altura de
aquello que se desea. Algunas homilías
parecen simples comentarios sociológicos,
psicológicos o, lo que es peor, políticos.
No están suficientemente fundados en las
Sagradas Escrituras, los textos litúrgicos,
la tradición de la Iglesia y una sólida
teología. En algunos países hay
personas que no se dan cuenta que pronunciar
la homilía en el contexto del Sacrificio
Eucarístico representa un ministerio pastoral
asignado solamente a los ministros ordenados:
diácono, sacerdote u obispo. Está muy
bien que los laicos lleven adelante la catequesis
fuera de la Misa, pero no la homilía que
exige la ordenación.
Un instituto litúrgico superior puede
ayudar a difundir las justas convenciones sobre
la homilía. Puede ayudar a crear un clima
de opinión que lleve a nutrimientos más
sustanciosos para el pueblo de Dios, considerando
que para muchos católicos la homilía
es probablemente la única formación
religiosa y catequística permanente que
reciben durante la semana (cf. Carta del Papa
Juan Pablo II, n.4; Sínodo de los Obispos,
octubre de 2005, Prop. 19).
5. El papel litúrgico del sacerdote
Es fundamental que un instituto
litúrgico
superior defina claramente el rol del sacerdote
en la sagrada liturgia. El Concilio Vaticano
II afirma que: “la deseada renovación
de toda la Iglesia depende en gran parte del
ministerio sacerdotal animado por el espíritu
de Cristo” (Optatam Totius, proemio).
El sacerdocio común de todos los bautizados
y el sacerdocio ministerial del sacerdote ordenado
vienen de Cristo mismo. La confusión de
los roles en la constitución jerárquica
de la Iglesia crea daños. No promueve
el testimonio de Cristo ni la santidad del clero
y de los laicos. Ni los intentos de clericalización
de los laicos, ni los esfuerzos en la línea
de una laicización del clero atraerán
las gracias divinas. “En las celebraciones
litúrgicas, cada cual, ministro o simple
fiel, al desempeñar su oficio, hará todo
y sólo aquello que le corresponde por
la naturaleza de la acción y las normas
litúrgicas” (Sacrosanctum Concilium,
28). Que el sacerdote trate de compartir sus
roles rigurosamente sacerdotales con los fieles
laicos es fruto de una falsa humildad y de una
idea inadmisible de democracia o de hermandad.
Y por lo tanto es superficial
afirmar que un instituto litúrgico superior, así como
cualquier facultad teológica, debería
ayudar a las personas a ver que el sacerdocio
es parte integrante y constitutiva de la estructura
de la Iglesia y que, por lo tanto, tenemos totalmente
necesidad de sacerdotes ordenados que celebren
la Santa Misa, que absuelvan a las personas de
sus pecados en el Sacramento de la Penitencia
y que administren la unción a los enfermos
(cf. Gc 5, 14-15). Por otro lado, si queremos
beneficios espirituales más completos
para las personas que participan en los matrimonios
y en los funerales, entonces tenemos necesidad
de sacerdotes que celebren el Sacrificio Eucarístico,
prediquen homilías que ofrezcan un enriquecimiento
espiritual a las personas - algunas de las cuales
de otro modo irían solo raramente a Misa
-, les impartan la bendición y constituyan
un signo del hecho que la Iglesia está cerca
a ellos en un momento tan fundamental de sus
vidas. Sin duda alguna, es necesario que el sacerdote
no se limite a realizar simplemente las celebraciones
litúrgicas, sino que sus actividades ministeriales
vengan del corazón y que su presencia
pastoral represente un alimento espiritual para
las personas.
Si en efecto el rol del
sacerdote se debilita o no es apreciado, una
comunidad católica
local podría deslizarse peligrosamente
en la idea de una comunidad sin un sacerdote.
Esto no está en la línea del concepto
auténtico de la Iglesia instituida por
Cristo.
Si una diócesis no tiene suficientes
sacerdotes, deben ser tomadas algunas iniciativas
para buscarlos en otro lado, para alentar las
vocaciones locales y para avivar en las personas
una genuina “sed” de un sacerdote
(cf. Juan Pablo II, Eccl. de Euch., 32). Los
miembros no ordenados del pueblo de los fieles
a los cuales es asignado un rol en ausencia de
un sacerdote deben realizar un esfuerzo particular
por mantener viva esta “sed”. Deben
asimismo resistir a la tentación de buscar
que las personas se habitúen a ellos como
sustitutos de los sacerdotes (cf. op. cit., 33).
No hay lugar alguno en la Iglesia católica
para la creación de una especie de “clero
laico” paralelo (cf. Redemptionis Sacramentum,
149-153, 165).
Los sacerdotes, por su
parte, deberían
mostrarse claramente felices en su propia vocación,
con una clara identidad respecto al propio rol
litúrgico. Si celebran los sagrados misterios
con fe y devoción y en conformidad con
los libros aprobados, sin darse cuenta predicarán
las vocaciones al sacerdocio. Por otro lado,
los jóvenes no desearán unirse
a un grupo de clérigos que se muestran
inciertos sobre su misión, que critican
y desobedecen a su Iglesia y que celebran las
propias “liturgias” según
sus opciones y teorías personales.
Un instituto litúrgico superior y una
facultad teológica son preciosos instrumentos
en las manos de la Iglesia para compartir la
correcta teología sobre el sacerdote como
instrumento de Cristo en la sagrada liturgia.
6. El rol del Obispo
Obviamente la comunión
eclesial debe significar communio con
el obispo diocesano y entre los obispos y el
Papa. En las diócesis,
el obispo es el primer custodio de los misterios
de Cristo. Él es el moderador, el promotor
y el guardián de toda la vida litúrgica
de la Iglesia diocesana (cf. Christus Dominus,
15; C.I.C. can. 387; Redemptionis Sacramentum,
19). El obispo dirige la administración
de los sacramentos y especialmente de la Santísima
Eucaristía. Cuando él concelebra
en la Iglesia catedral con sus sacerdotes, con
la asistencia de los diáconos y de los
asistentes menores, con la participación
del pueblo santo de Dios, “se da una especial
manifestación de la Iglesia” (Sacrosanctum
Concilium, 41).
Las facultades teológicas católicas,
los institutos litúrgicos y los centros
pastorales tienen la función de ayudar
al Obispo, el Pastor cabeza en la diócesis.
Asimismo, cooperan en los modos apropiados con
la Conferencia Episcopal y con la Sede Apostólica
y ayudan a explicar y difundir sus documentos
e instrucciones. Son consejeros naturales y apreciados
del Obispo diocesano, de las Conferencias Episcopales
y de la Santa Sede. Siendo conscientes, ayudan
a las personas a comprender que la sagrada liturgia
no es un área de investigación
según el estilo de una lucha, sino más
bien el lugar de la oración pública
oficial de la Iglesia, de la cual el Papa y los
obispos son los principales responsables. Un
instituto católico o una facultad teológica,
de ese modo, se da cuenta claramente que no es
correcto que proceda por un camino paralelo al
del Obispo o la Santa Sede, o que se considere
como un observador o un crítico independiente.
Aquí tenemos que agradecer al “Institut
Supérieur de Liturgie” por el papel
positivo que ha llevado a cabo durante medio
siglo en la Iglesia, en la promoción de
la sagrada liturgia y de la comunión eclesial.
Esto nos lleva a concluir con un elenco de algunos
servicios que uno se espera de un instituto litúrgico
superior.
7. Los servicios que se esperan de un Instituto
Litúrgico Superior
De las consideraciones
que hemos apenas realizado se sigue que un
instituto superior para la liturgia debería ser una casa de luz y de amor.
Debería preparar, informar y formar expertos
en la sagrada liturgia. Su papel consiste en
inspirar a las personas la fe y el amor por la
Iglesia, de modo que estén en capacidad
de valorara que “son una expresión
concreta de la auténtica eclesialidad
de la Eucaristía; éste es su sentido
más profundo. La liturgia nunca es propiedad
privada de alguien, ni del celebrante ni de la
comunidad en que se celebran los Misterios” (Ecclesia
de Eucharistia, 52).
Esto significa que los
institutos litúrgicos
deberían ofrecer a las personas los instrumentos
para rechazar la banalización, la desacralización
y la secularización en materia litúrgica.
El horizontalismo que hace tender las personas
a celebrarse a sí mismas en vez de celebrar
los misterios de Cristo crea un daño a
la fe católica y al culto, y es necesario
evitarlo.
Un instituto como el vuestro
ejercita una gran influencia en virtud de la
orientación
del espíritu que imparte a sus estudiantes,
en virtud de sus publicaciones y en virtud de
su autoridad moral al ofrecer ideas a los centros
diocesanos litúrgicos y pastorales y a
las editoriales. Esta influencia va más
allá de los límites de Francia
y alcanza a pueblos en África, Asia y
en el Pacífico.
Un instituto litúrgico superior puede
representar una ayuda consistente para el Obispo,
para la Conferencia Episcopal y para la Santa
Sede en la formulación de las directivas
litúrgicas y en la elaboración
de la teología que está a la base
de los ritos litúrgicos. Desde el momento
en que “la Liturgia es la cumbre a la cual
tiende la actividad de la Iglesia y al mismo
tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (Sacrosanctum
Concilium, 10), no se puede dejar de ver la importancia
del apostolado de un instituto litúrgico.
¡“Institut Supérieur de Liturgie”,
os saludo en este vuestro quincuagésimo
aniversario! Que la Santísima Virgen María,
Madre de nuestro Salvador, cuyos misterios celebramos
en la liturgia, obtenga para este Instituto y
para todos sus afiliados en el mundo alegría,
eficiencia y crecimiento eclesial en el cumplimiento
de esta alta vocación y misión.
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