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Autor:
Juan Manuel de Prada |
Fuente:
Diario ABC,
Madrid 21 de enero de 2006 |
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Héroes secretos,
artículo de Juan Manuel de
Prada, y
Misioneros, del mismo autor.
.
Esta
mañana, cuando
apenas rayaba el alba, ha entrado mi hija de
tres años
en la habitación, pidiéndome que
apoquine un donativo para la Jornada de la Infancia
Misionera. En su colegio, regentado por hermanas
concepcionistas, le han hablado de otros niños
de Guinea Ecuatorial o el Congo, Brasil o Filipinas,
atendidos como ella por esta congregación
misionera; niños que habrían muerto
víctimas de enfermedades feroces o de
pura inanición si esas monjas heroicas
no hubiesen mediado en su tragedia. Como las
hermanas concepcionistas, son miles los hombres
y mujeres, religiosos y seglares, que un día
cualquiera decidieron inmolarse en la salvación
de otras vidas que languidecían en los
arrabales del atlas; hombres y mujeres que, como
cualquiera de nosotros, hubiesen preferido envejecer
entre los suyos, disfrutando de las ventajas
de una vida regalada, pero que respondieron sin
rechistar a su vocación.
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Confesonario.
Vinuesa (Soria, España) |
«¿Y qué es la vocación?»,
me interrumpe mi hija. «Es una llamada
de Dios», empiezo un poco atolondradamente,
pero como compruebo que mi hija no acaba de entenderme
añado: «Dios nos habla a través
de los niños que sufren». Y como
temo que mi hija confunda a Dios con un ventrílocuo,
trato de explicarme: «En realidad, Dios
está dentro de cada niño que sufre,
Dios es cada niño que sufre. Pero sólo
algunas personas elegidas saben verlo; mientras
los demás miramos para otro lado, los
misioneros miran a Dios a los ojos, lo toman
entre sus brazos, le dan un trozo de pan, le
curan las heridas...». «¿Y
también le cantan para que se duerma?»,
me interrumpe mi hija, empezando a comprender. «Todas
las noches», le respondo. «¿Y
cuándo se duerme ellos también
descansan?», insiste. «No, ellos
siempre están despiertos, porque apenas
han conseguido que uno de estos niños
se duerma otro empieza a llorar». Mi hija
frunce el entrecejo: «¿Dios también
llora?». «También. Dios está llorando
siempre», le contesto.
Y estos misioneros, centinelas
perpetuos de su llanto, se dedican a apaciguarlo,
sabiendo que su misión es incontable como las arenas
del desierto. Están hechos del mismo barro
que nosotros, incluso parecen más frágiles
que nosotros, más adelgazados por las
noches de insomnio, por el recuerdo de las muchas
vidas que han visto consumirse, por el llanto
que no cesa y la rabia de no ser omnipotentes;
pero en sus cuerpos curtidos por el sol y adelgazados
de vigilias se esconde un incendio de benditas
pasiones que mantiene caldeada la temperatura
del mundo. Quizá mañana mismo se
den de bruces con la muerte, que les tenderá su
emboscada bajo la forma de un contagio, o de
una ráfaga de plomo; pero, entretanto,
perseveran en su epopeya silenciosa, sin aguardar
otra recompensa que la sonrisa de un anciano
famélico, la mirada palúdica de
un niño que apenas se sostiene en pie,
la caricia exhausta de una mujer que los contempla
entre las neblinas de la fiebre. Ellos saben
que en esa sonrisa claudicante, en esa mirada
desvanecida, en esa caricia de rendida gratitud
se esconde Dios. Son veinte mil españoles,
entre los cientos de miles que se reparten allá donde
las hambrunas y las guerras endémicas
trituran vidas ante la indiferencia de los politicastros
y los noticieros televisivos. Si mañana
dimitieran de su misión, la noche se abalanzaría
sobre el mundo. Seguimos vivos porque el fuego
que los enardece no declina su llama.
Son veinte mil españoles para atender
la muchedumbre del dolor, para apaciguar el llanto
multitudinario de Dios que se copia en las lágrimas
de cada hombre que sufre, para llevar el Reino
a los parajes más arrasados del planeta.
Son veinte mil hombres y mujeres salvando cada
día a millones de niños. Y necesitan
nuestra ayuda: nuestro aliento, nuestra gratitud
y también nuestro dinero. Así que
a ver si apoquinamos.
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