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para ser un buen confesor: ser antes un buen
penitente.
Queridos hermanos:
Con alegría os doy la bienvenida y os
saludo con afecto, comenzando por el cardenal
James Francis Stafford, penitenciario mayor,
a quien doy las gracias por las corteses palabras
que me acaba de dirigir. Saludo además
al regente, monseñor Gianfranco Girotti,
y a los miembros de la Penitenciaría
Apostólica.
Este encuentro me ofrece
la oportunidad de expresar mi profundo aprecio
sobre todo a vosotros, queridos padres penitenciarios
de las basílicas
papales de la Urbe, por el precioso ministerio
pastoral que desempeñáis
con entrega. Al mismo tiempo, quiero extender mi cordial saludo a todos los sacerdotes
del mundo que se dedican con empeño al ministerio del confesionario.
El sacramento de la penitencia,
que tanta importancia tiene para la vida del
cristiano, hace actual la eficacia redentora
del misterio pascual de Cristo. En el gesto
de la absolución,
pronunciada en nombre y por cuenta de la Iglesia,
el confesor se convierte en el medio consciente
de un maravilloso acontecimiento de gracia.
Al adherir con docilidad al Magisterio de la
Iglesia, se convierte en ministro de la consoladora
misericordia de Dios, pone de manifiesto la
realidad del pecado y al mismo tiempo la desmesurada
potencia renovadora del amor divino, amor que
vuelve a dar la vida. La confesión se
convierte, por tanto, en un renacimiento espiritual,
que transforma al penitente en una nueva criatura.
Este milagro de gracia sólo puede realizarlo Dios, y lo cumple a través
de las palabras y de los gestos del sacerdote. Al experimentar la ternura y el
perdón del Señor, el penitente reconoce más fácilmente
la gravedad del pecado, y refuerza su decisión para evitarlo y para permanecer
y crecer en la reanudada amistad con Él.
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| S. S. el Papa Benedicto XVI |
En este misterioso proceso
de renovación
interior, el confesor ya no es espectador pasivo,
sino «persona dramatis»,
es decir, instrumento activo de la misericordia
divina. Por tanto, es necesario que junto a una
buena sensibilidad espiritual y pastoral tenga
una seria preparación teológica,
moral y pedagógica que le permita comprender lo que vive la persona. Le
es sumamente útil, además, conocer los ambientes sociales, culturales
y profesionales de quienes se acercan al confesionario para poder ofrecer consejos
adecuados y orientaciones tanto espirituales como prácticas. No hay que
olvidar que el sacerdote, en este sacramento, está llamado a desempeñar
el papel de padre, juez espiritual, maestro y educador. Esto exige una actualización
constante, a la que pretenden contribuir también los cursos sobre el «foro
interno» promovidos por la Penitenciaría Apostólica.
Queridos sacerdotes, vuestro
ministerio tiene sobre todo un carácter espiritual.
Por tanto, es necesario unir a la sabiduría humana y a la preparación
teológica, una profunda espiritualidad, alimentada por el contacto orante
con Cristo, Maestro y Redentor. En virtud de la ordenación presbiteral,
de hecho, el confesor desempeña un peculiar servicio «in persona
Christi», con una plenitud de dotes humanas que son reforzadas por
la Gracia. Su modelo es Jesús, el enviado del Padre, el manantial abundante
al que acude es el soplo vivificante del Espíritu Santo. Ante una responsabilidad
tan elevada las fuerzas humanas son sin duda inadecuadas, pero la humilde y fiel
adhesión a los designios salvíficos de Cristo nos hace, queridos
hermanos, testigos de la redención universal que Él actúa,
aplicando la admonición de san Pablo, quien dice: «En Cristo estaba
Dios reconciliando al mundo consigo…, poniendo en nosotros la palabra
de la reconciliación» (2 Corintios 5, 19).
Para cumplir con esta tarea
tenemos que hacer que penetre en nosotros mismos
este mensaje de salvación y dejar que nos transforme
profundamente. No podemos predicar el perdón
y la reconciliación a los demás,
si no estamos personalmente penetrados por él. Si bien es verdad que en
nuestro ministerio hay varias maneras y medios de comunicar a los hermanos el
amor misericordioso de Dios, en la celebración de este Sacramento podemos
hacerlo de la forma más completa y eminente. Cristo nos ha escogido, queridos
sacerdotes, para ser los únicos que pueden perdonar los pecados en su
nombre: se trata, por tanto, de un servicio eclesial específico al que
tenemos que dar prioridad.
¡Cuántas personas en dificultad buscan el apoyo y el consuelo de
Cristo! ¡Cuántos penitentes encuentran en la confesión la
paz y la alegría que perseguían desde hace tiempo! ¿Cómo
no reconocer que también en nuestra época, marcada por tantos desafíos
religiosos y sociales, hay que redescubrir y
reproponer este sacramento?
Queridos hermanos, sigamos
el ejemplo de los santos, en particular de
quienes, como vosotros, se dedicaban casi exclusivamente
al ministerio del confesionario. Entre otros,
san Juan María
Vianney, san Leopoldo Mandic, y más
recientemente, san Pío de Pietrelcina.
Que ellos nos ayuden desde el cielo para que
sepáis dispensar con abundancia la misericordia
y el perdón
de Cristo Que María, refugio de los pecadores,
os alcance la fuerza, el aliento y la esperanza
para continuar generosamente con vuestra indispensable
misión. Os aseguro de corazón mi
oración, mientras os bendigo
con afecto a todos. |