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Autor:
Juan Manuel de Prada |
Fuente:
Diario Abc,
Madrid, 4 de abril de 2007 |
Artículos relacionados: Héroes
secretos, sobre el heroísmo de los sacerdotes,
y Un
cura feliz, sobre la felicidad de los
sacerdotes.
Una encuesta publicada por
la revista «21RS» entre
sacerdotes diocesanos ha proporcionado durante
los últimos días diversas excusas
para la comidilla periodística. Se ha
insistido mucho, por ejemplo, en que hay curas
que se declaran partidarios del celibato opcional,
curas que adoptan posturas contrarias cuando
se les pregunta sobre la recepción del
Concilio Vaticano II, curas que se declaran de
izquierdas o de derechas. Se descuida, en cambio,
el dato esencial de la encuesta, el dato que
hace palidecer todos los demás: noventa
y siete de cada cien curas encuestados afirman
sin dubitación que, si volvieran a nacer,
elegirían otra vez el ministerio sacerdotal,
volverían a dejarlo todo y a seguir la
llamada que un día los convocó.
Y esta respuesta tan abrumadoramente unánime
nos sitúa ante la grandeza y generosidad
de su decisión: más allá de
cualquier discrepancia, más allá de
preferencias ideológicas, estos curas
se saben y se sienten curas, saben y sienten
que no podrían ser otra cosa, saben y
sienten que el sentido de su elección
ha dado sentido a su vida y que, sin esa elección,
su vida resultaría estéril e ininteligible.
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Ordenación sacerdotal
en la Basílica
de San Pedro (Vaticano) |
La banalidad contemporánea puede regocijarse
analizando los pareceres encontrados que esa
encuesta manifiesta; en el fondo, ese regocijo
es la expresión de una incomprensión
supina. No hay personas tan radicalmente libres
como los curas: la decisión que un día
adoptaron los convirtió en hombres a contracorriente,
hombres capaces de escuchar una voz interior
entre el tumulto de voces confusas con que nuestra época
nos aturde, hombres dispuestos a renunciar a
formas de vida mucho menos exigentes a cambio
de una felicidad difícil y puesta a prueba
cada día; cuando se ha sido libre hasta
tal extremo en lo esencial, es natural que se
sea libre también en lo accesorio. Quienes
hemos tenido la suerte de tropezarnos en nuestro
camino con curas que desempeñan su ministerio
con alegría y denuedo sabemos, sin necesidad
de encuestas, que participan de las pasiones
humanas, y que por lo tanto poseen opiniones
muy diversas sobre asuntos que afectan accesoriamente
a su ministerio; pero también sabemos
que el fuego que alimenta su vocación
es el mismo, sabemos que en lo que verdaderamente
importa no hay entre ellos disensiones ni titubeos.
Todos se saben, con orgullo y humildad, pescadores
de hombres, ungidos por Dios para predicar la
buena nueva. Se saben depositarios de una gracia
que es testimonio de la fidelidad de Dios al
hombre; y esa certeza les basta para vivir.
Sólo cuando entendemos la razón última
de su vocación podemos comprender la naturaleza
de su servicio. Sólo entonces entendemos
el sacrificio de esos curas rurales que atienden
media docena de parroquias en pueblos que ni
siquiera figuran en el mapa; sólo entonces
entendemos el pundonor de esos curas ya achacosos
que siguen levantándose de la cama cuando
suena un teléfono en mitad de la noche
y una voz les requiere para administrar los sacramentos
a un moribundo; sólo entonces entendemos
el coraje de esos chavales que ingresan en un
seminario, contrariando las inercias de una época
que ha renunciado al espíritu; sólo
entonces entendemos la epopeya anónima
de tantos curas que se desvelan por los pobres,
que se vuelcan en los ancianos y en los enfermos,
que encuentran siempre un rato libre para donarlo
a quienes se acercan a ellos en busca de consuelo
espiritual. Yo he tenido la suerte de conocer
a algunos de estos curas, he tenido la suerte
de disfrutar de su amistad y de sentirme querido
por ellos, de sentirme salvado por ellos. He
tenido la suerte de compartir sus tribulaciones
y de escuchar sus inquietudes; y he comprobado
que, en su rica e inabarcable diversidad, son
todos uno y lo mismo: hombres que han elegido
servir a otros hombres, hombres que renuevan
cada día el misterio de la Redención,
que se calcinan en el desempeño de su
ministerio sin pedir nada a cambio, en un ejercicio
de generosidad insomne que nunca dejará de
asombrarme. Son curas, sin adjetivos ni aderezos.
El día en que dejaran de existir el mundo
se apagaría, habría perdido la
esperanza.
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