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Artículo relacionado: Discurso
de Benedicto XVI
a los penitenciarios de las Basílicas Apostólicas
de 2007.
«El buen confesor es antes
aún
un buen penitente», pues «nadie puede
ser signo de la misericordia divina si primero
no ha experimentado en su propia carne tal misericordia»,
reconoce el padre Amedeo Cencini, de la Universidad
Pontificia Salesiana de Roma.
Recalca así el contenido del discurso
que, sobre la confesión, el confesor y
el penitente, Benedicto XVI pronunció recientemente ante los padres penitenciarios de las basílicas
papales de Roma.
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| Juan Pablo II confesando |
«Instrumento activo de la misericordia
divina», el confesor -subrayó el
Papa- necesita «una buena sensibilidad
espiritual y pastoral», «seria preparación
teológica, moral y pedagógica que
le permita comprender lo que vive la persona»,
así como « conocer los ambientes
sociales, culturales y profesionales de quienes
se acercan al confesionario».
«No hay que olvidar -añadía
el Santo Padre- que el sacerdote, en este sacramento,
está llamado a desempeñar el papel
de padre, juez espiritual, maestro y educador»,
cosa que «exige una actualización
constante».
Y subrayó ante los sacerdotes la imposibilidad
de «predicar el perdón y la reconciliación
a los demás» si no se está «personalmente
penetrados por él», concluyendo
con un llamamiento a «redescubrir y reproponer
este sacramento».
Al hilo de este discurso,
en una entrevista difundida el viernes por
el Servicio de Información
Religiosa «Sir» de la Conferencia
Episcopal Italiana, el padre Cencini, que también
es profesor del Instituto de Psicología
de la Universidad Gregoriana de Roma, advirtió de
un «dato inquietante».
«Honestamente -dijo- se tiene la impresión
de que no siempre el sacerdote otorga la adecuada
relevancia a la dimensión penitencial
de la vida cristiana, en términos de importancia
pastoral, y por lo tanto de preparación
personal, de tiempo a ella dedicado, de estrategia
educativa», de donde se deriva el riesgo «de
hacer considerar también a los fieles
la experiencia de la confesión como menos
importante».
Cuestión de filiación
La relevancia de lo expresado
está en
que «en la vida cristiana el descubrimiento
y la experiencia del propio pecado es la otra
cara, complementaria, de la experiencia de ser
hijos», alerta el padre Cencini.
Esto es, «es el descubrimiento del pecado
lo que hace descubrir cuán grande es el
amor de Dios por mí, puesto que me perdona
todo -aclara-, y es la experiencia de la paternidad
de Dios misericordioso lo que me hace reconocer
la gravedad de mi acto transgresor».
«En otras palabras, sólo el pecador
puede disfrutar y conmoverse ante el abrazo del
padre, y sólo el hijo puede admitir la
gravedad de sus culpas», sintetiza.
Cuestión de formación y vivencia
Es ahí donde «la formación
inicial de los sacerdotes es un punto delicado:
el buen confesor es antes aún un buen
penitente», señala el padre Cencini,
consultor desde hace más de una década
de la Congregación vaticana para la Vida
Consagrada.
Y es que -explica- «el estudio de la
teología moral no puede ser sencillamente
el estudio de una compleja casuística
o la adquisición de normas para valorar
comportamientos, que hay que revisar periódicamente,
sino que es un todo con la experiencia personal
del propio pecado perdonado y redimido, para
dar espacio a una seria preparación capaz
de comprender la vivencia de las personas».
Ello marca igualmente «la necesidad, también
para los futuros sacerdotes, de llevar a cabo
esa peregrinación penitencial que reúne
a todos los creyentes para descubrir las propias
debilidades y fragilidades no sólo psicológicas,
sino también espirituales», indica.
E implica, para todos, «redescubrir la
sacralidad de la confesión» -recalca
el padre Cencini-: entenderla «como nueva
creación», «no sencillamente
para suprimir los pecados cometidos, sino para
volver a poner la propia vida en las manos del
Creador».
«Es ésta la dimensión sacra
de la confesión, que hace que sea un verdadero
renacimiento espiritual capaz de transformar
al que se arrepiente en una nueva criatura»,
concluye.
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