En nombre de Dios,
clemente y misericordioso, Ragheed, hermano
mío
Te pido perdón, hermano, por no haber
estado a tu lado cuando los criminales abrieron
fuego contra ti y tus hermanos, pero las balas
que han traspasado tu cuerpo puro e inocente,
me han traspasado también el corazón
y el alma.
Fuiste una de las primeras
personas que conocí a
mi llegada a Roma, en los pasillos del «Angelicum» donde
nos conocimos y donde bebíamos juntos
nuestro «capuchino» en la cafetería
de la universidad. Tú me habías
impresionado por tu inocencia, tu alegría,
tu sonrisa tierna y pura que no te abandonaba
nunca. Yo no puedo dejar de imaginarte sonriente,
feliz, lleno de alegría de vivir. Ragheed
para mí es la inocencia hecha persona,
una inocencia sabia, que lleva en su corazón
las preocupaciones de su pueblo infeliz. Recuerdo
el día en el comedor de la universidad,
cuando Irak estaba bajo embargo y tú me
dijiste que el precio de un solo «capuchino» habría
podido colmar las necesidades de una familia
iraquí durante todo un día, como
si te sintieras de algún modo culpable
de estar lejos de tu pueblo asediado y de no
compartir sus sufrimientos...
Luego volviste a Irak,
no sólo para compartir
con la gente su destino de sufrimientos, sino
también para unir tu sangre a la de miles
de iraquíes que mueren cada día.
No podré nunca olvidar el día de
tu ordenación en la Universidad Urbaniana...
Con lágrimas en los ojos, me dijiste: «Hoy
he muerto para mí»… una
frase muy dura.
Inmediatamente no la comprendí bien,
o quizá no la tomé en serio como
habría debido... Pero hoy, a través
de tu martirio, he comprendido esta frase… Tú has
muerto en tu alma y en tu cuerpo para resucitar
en tu bienamado y en tu maestro y para que
Cristo resucite en ti, a pesar de los sufrimientos
y las tristezas, a pesar del caos y la locura.
¿En nombre de qué dios de la muerte
te han matado? ¿En nombre de qué paganismo
te han crucificado?… ¿Sabían
verdaderamente lo que hacían?
Oh Dios, nosotros no te
pedimos venganza o represalia, sino victoria… victoria de lo justo sobre
lo falso, de la vida sobre la muerte, de la inocencia
sobre la perfidia, de la sangre sobre la espada… Tu
sangre no habrá sido derramada en vano,
querido Ragheed, porque ha santificado la tierra
de tu país… y tu sonrisa tierna
seguirá iluminando desde el cielo las
tinieblas de nuestras noches y anunciándonos
un mañana mejor.
Te pido perdón, hermano, pero cuando
los vivos se encuentran, creen que tienen todo
el tiempo para conversar, visitarse y decirse
los propios sentimientos y los propios pensamientos… Tú me
habías invitado a Irak… Yo soñaba
siempre con ello... visitar tu casa, a tus padres,
tu despacho… No habría nunca pensado
que sería tu tumba la que un día
visitaría o que habrían sido los
versículos de mi Corán los que
recitaría para el reposo de tu alma...
Un día, te acompañé a comprar
objetos de recuerdo y regalos para tu familia
en vísperas de tu primera visita a Irak
tras una larga ausencia. Tú me habías
hablado de tu trabajo futuro: «Querría
reinar sobre la gente sobre la base de la caridad
antes que de la justicia», me habías
dicho. Entonces me era difícil imaginarte
como «juez» canónico… Pero
hoy tu sangre y tu martirio han dicho su palabra,
veredicto de fidelidad y de paciencia, de esperanza
contra todo sufrimiento y de supervivencia,
a pesar de la muerte, a pesar de la nada.
Hermano, tu sangre no ha
sido derramada en vano... y el altar de tu
iglesia no era una mascarada… Tú has
asumido tu papel con profunda seriedad, hasta
el final, con una sonrisa que nada podrá apagar… nunca.
Tu hermano que te quiere:
Adnan Mokrani
Roma, 4 junio 2007
Profesor de Islam en el Instituto de Estudios
de las Religiones y de las Civilizaciones,
Universidad
Pontificia Gregoriana, Roma.
Querido hermano mío,
Adnan,
que la paz esté contigo:
Gracias por tu humanidad, por tu fe, por tu
fidelidad y tu delicadeza. Tu carta al hermano
Ragheed, asesinado en Irak, es un mensaje de
paz que resuena en el mundo absurdo de la guerra
loca e insensata.
Gracias por tu sensibilidad
ante todos y ante todo. Te he conocido, amigo,
hermano y hombre creyente musulmán,
excepcional por tu humanidad y por tu fe.
Gracias por tu solidaridad.
Espero poder encontrar siempre personas como
tú, que pueden dar
gusto y valor a la vida, sin tener en cuenta
la religión que uno abraza, y espero que
con estas personas sea posible hacer algo por
nuestro mundo árabe y por nuestros hermanos
que sufren por tantos motivos, entre otros,
los religiosos.
Esperando poder encontrarte
pronto, te doy las gracias y te abrazo con
afecto fraterno en el único
Dios que inspira a todos el amor por la vida
y por la paz.
Padre Kamal Fahim
Ahora monseñor Botros Fahim
Obispo auxiliar de El Cairo para los Coptos católicos