Autor:
Monseñor Javier Echevarría,
Prelado
del Opus Dei |
Fuente:
www.opusdei.org |
Ofrecemos uno de los
capítulos del
libro, “Sacerdote, sólo sacerdote”,
que recoge un discurso de Monseñor Javier
Echevarría, Prelado del Opus Dei, en
el acto académico celebrado en honor
de San Josemaría en el Seminario de
Logroño (18 de enero de 2003), y posteriormente
publicado en “Romana. Boletín
de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei” 36
(2003) 110-121.
Agradezco a mi querido
hermano en el episcopado, don Ramón Búa, su cariñosa
invitación a dirigir unas palabras al
clero riojano. Me sugirió que hablara
de la llamada a la santidad en el sacerdocio
ministerial, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas
de San Josemaría Escrivá de Balaguer,
recientemente canonizado por Juan Pablo II, y
lo hago con muchísimo gusto.
En efecto, evocar la figura
y las enseñanzas
de este santo sacerdote constituye para mí un
gozo muy grande. Si, además, las personas
que me escuchan son presbíteros, mi alegría
se multiplica, pues conozco bien el entrañable
amor -más aún, veneración- que
el Fundador del Opus Dei dispensaba a sus hermanos
en el sacerdocio. ¡Cómo gozaba cuando
tenía la ocasión de reunirse con
ellos! Aprendía de todos y, a quienes
se lo pedían, no tenía reparos
en abrirles su corazón para hablarles
de los grandes amores de su vida: Cristo con
María, la Iglesia y el Papa, las almas
todas. Solía decir que, en esas ocasiones,
se sentía como quien va a vender miel
al colmenero. Pero era la suya una miel de tanta
calidad, que los que le escuchaban salían
de esas reuniones con renovados deseos de fidelidad
a la vocación, con el alma rebosante de
optimismo, decididos a gastarse con gozo en la
tarea pastoral y apostólica.
Identidad del sacerdote
 |
San Josemaría
Escrivá.
Imagen que se venera en el oratorio
del Ateneo de Teología (Madrid) |
Comenzaré mi intervención con
unas palabras que San Josemaría solía
dirigir a los recién ordenados, pero que
nos sirven también -y quizá más
especialmente- a quienes llevamos muchos
años de sacerdocio. Decía: sed,
en primer lugar, sacerdotes; después,
sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes. En
esta afirmación se transparenta su altísimo
concepto del sacerdocio ministerial, por el que
unos pobres hombres -que eso somos todos
delante del Señor- son constituidos
ministros de Cristo y dispensadores de los
misterios de Dios (1 Cor 4, l).
Tan firme era su fe en la identificación
sacramental con Cristo que se lleva a cabo en
el sacramento del Orden, que su único
timbre de gloria, al lado del cual palidecían
todos los honores de la tierra, era sencillamente
ser sacerdote de Jesucristo.
Los santos, desde los tiempos
más antiguos,
se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio.
Varios Papas -entre los que recuerdo especialmente
a San Pío X, a Pío XI y al actual
Romano Pontífice- han escrito documentos
inolvidables, que han alimentado y continúan
alimentando nuestra vida sacerdotal. También
San Josemaría nos ha dejado su enseñanza.
En una homilía de 1973, cuando se difundían
voces confusas sobre la identidad del sacerdote
y el valor del sacerdocio ministerial, resumía
su pensamiento con las siguientes palabras: ésta
es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato
y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos
ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado
en el silencio activo de la oración, ¿cómo
considerar el sacerdocio una renuncia? Es una
ganancia que no es posible calcular. Nuestra
Madre Santa María, la más santa
de las criaturas -más que Ella sólo
Dios- trajo una vez al mundo a Jesús;
los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro
cuerpo y a nuestra alma, todos los días:
viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos,
para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura
(1).
El sentido de la grandeza
del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero
su vocación
sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más
enamorado. Cuando, para atender los ruegos de
quienes estábamos a su lado, se refería
a veces al proceso de su vocación, siempre
recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al
encuentro cuando tenía quince o dieciséis
años. Como bien sabéis, fue en
Logroño, en diciembre de 1917 o enero
de 1918, donde el adolescente Josemaría
Escrivá tuvo los primeros. presentimientos -de barruntos,
los calificaba- de que el Señor
le llamaba para algo que no sabia lo que era.
No se le había pasado por la cabeza la
posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante
esa acción de Dios, con el fin de prepararse
mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar
en el Seminario. Con toda verdad podía
afirmar, pasados los años, que el arranque
de su vocación sacerdotal había
sido una llamada de Dios, un barrunto
de amor, un enamoramiento de un chico de quince
o dieciséis años (2).
En el Seminario de Logroño recibió la
primera formación sacerdotal, que luego
completaría en Zaragoza. Dios quería
que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra
el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón
de sacerdote preparado a fondo para acogerla
y hacerla fructificar. Por eso, con agradecimiento
a Nuestro Señor, San Josemaría
afirmaba que su vocación era -dejadme
que insista- la de ser sacerdote, sólo
sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura
esta condición que, configurándolo
con Cristo, le había preparado para ser
instrumento, en manos de Dios, para la fundación
del Opus Dei.
Don y tarea
Al enumerar las condiciones
de los candidatos al sacerdocio, antiguamente
se prescribía
que deberían elegirse entre hombres que
condujesen una vida honesta. Esta formulación,
minimalista y ya superada, le parecía
muy pobre a San Josemaría. Entendemos,
con toda la tradición eclesiástica -escribía
en 1945-, que el sacerdocio pide -por
las funciones sagradas que le competen- algo
más que una vida honesta: exige una vida
santa en quienes lo ejercen,
constituidos -como están- en
mediadores entre Dios y los hombres (3).
Josemaría Escrivá había
recibido, en el seno de su familia y en el colegio,
una formación profundamente cristiana,
que comprendía el conocimiento de la doctrina,
la frecuencia de sacramentos, la preocupación
concreta por las necesidades espirituales y materiales
de las personas, como ponen de relieve testigos
de aquella época. Al recibir la llamada
divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio
radical, en el sentido de que aumentó la
intensidad y frecuencia de su trato con Dios
y su preocupación apostólica por
los demás. Esto le llevó a una
madurez impropia de los años pero sobrenaturalmente
lógica. Se cumplía en su vida lo
que afirma la Sagrada Escritura: super senes
intellexi quia mandata tua servavi (4),
he adquirido más prudencia que los ancianos
porque he guardado fielmente tus mandamientos.
Desde aquellos barruntos, el adolescente
Josemaría empezó a tomarse en serio
la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente
la Voluntad de Dios.
Cuando el Concilio Vaticano
II, en el capítulo
V de la Constitución dogmática Lumen
gentium, afronta el tema de la vocación
de los bautizados a la santidad, afirma: «Los
seguidores de Cristo, llamados por Dios no en
razón de sus obras, sino en virtud del
designio y gracia divinos, y justificados en
el Señor Jesús, han sido hechos
por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos
hijos de Dios y participes de la naturaleza divina
y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia,
es necesario que con la ayuda de Dios conserven
y perfeccionen en su vida la santificación
que recibieron» (5).
En cuanto miembros del
Cuerpo Místico
de Cristo, en el que hemos sido injertados por
el Bautismo, todos hemos sido santificados radicalmente:
llevamos en nosotros mismos el germen e inicio
de la vida nueva que Cristo nos ha ganado con
su Muerte y su Resurrección. La consagración
bautismal es la realidad fundante de la llamada
a la santidad en todos los géneros de
vida. Desde este punto de vista, atendiendo a
la absoluta gratuidad de lo que hemos recibido,
la santificación aparece claramente en
su dimensión de don: un regalo
inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga,
en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo
tiempo, la santificación es una llamada
personal, una tarea que se encomienda
a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría
dirá que es obra de toda la vida (6).
La santidad es, pues, don
y tarea. Entrega gratuita de un bien inmerecido
y, al mismo tiempo, encargo que hay que llevar
a término con esfuerzo
personal, con correspondencia heroica, empeñándose
en un verdadero compromiso de vida cristiana.
La santidad sacerdotal como don
Al ser una y la misma la
condición radical
de todos los bautizados, todos -sacerdotes
y seglares- estamos convocados de igual
modo a la plenitud de la vida cristiana. No hay
santidad de segunda categoría: o existe
una lucha constante por estar en gracia de Dios
y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos
de esas batallas divinas. A todos invita el Señor
para que se santifique en su propio estado (7).
Estamos ante una de las
intuiciones fundamentales que San Josemaría Escrivá predicó,
por encargo divino, desde 1928. Al fundar el
Opus Dei, el Señor le mostró que
cada persona ha de procurar santificarse en el
propio estado, en el género de vida en
el que ha sido llamada, en su propio trabajo
y a través de su propio trabajo, según
la conocida expresión de San Pablo: unusquisque,
in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat (8).
La santidad, en los sacerdotes
y en los seglares, se edifica, por tanto, sobre
el mismo fundamento: la consagración originaria del Bautismo,
perfeccionada por la Confirmación. Sin
embargo, resulta evidente que el deber de tender
a la santidad urge especialmente al sacerdote,
que ha sido escogido entre los hombres y
constituido en favor de los hombres en lo que
se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios
por los pecados (Hb 5, 1).
«En contacto continuo con la santidad
de Dios -ha escrito Juan Pablo II-,
el sacerdote debe llegar a ser él mismo
santo. Su mismo ministerio lo compromete a una
opción de vida inspirada en el radicalismo
evangélico» (9). Y añade
en el libro Don y misterio, escrito
con ocasión del quincuagésimo aniversario
de su ordenación sacerdotal: «Si
el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a
la santidad, en el caso del sacerdote es preciso
hablar de una especial vocación
a la santidad. ¡Cristo tiene
necesidad de sacerdotes santos! ¡Elmundo
actual reclama sacerdotes santos! Solamente un
sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez
más secularizado, un testigo transparente
de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el
sacerdote puede ser guía de los hombres
y maestro de santidad» (10).
El sacerdote ha sido consagrado
dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos
los cristianos, y en el sacramento del Orden.
Por eso, si bien no puede hablarse de santidad
de primera o segunda categoría -porque todos estamos
invitados a la perfección con la que el
mismo Padre celestial es perfecto (cfr. Mt 5,
48)-, no cabe duda de que sobre los sacerdotes
recae especialmente el deber de tender a la santidad.
Releamos unas palabras del Fundador del Opus
Dei que resultan especialmente clarificadoras. Todos
los cristianos podemos y debemos ser no ya alter
Christus, sino ipse Christus: otros
Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote
esto se da inmediatamente de forma sacramental (11).
En el ejercicio del ministerio
para el que ha sido ordenado, encuentra el
sacerdote el alimento de su vida espiritual,
el material que le hace arder en el amor de
Dios. Por eso, sería
un grave error si otras aspiraciones u otras
tareas desdibujaran en su alma lo que, para él,
se concreta en algo indispensable para alcanzar
la santidad: la celebración cuidadosa
y llena de amor del Sacrificio de la Misa, la
predicación de la Palabra de Dios, la
administración de los sacramentos a los
fieles, especialmente el de la Penitencia; una
vida de oración constante y de penitencia
alegre; el cuidado de las almas que se le han
confiado, junto con los mil servicios que una
caridad vigilante sabe dispensar.
Desde que percibió la llamada al sacerdocio,
y mas explícitamente, desde que fue ordenado
sacerdote, San Josemaría quiso identificarse
con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio
del ministerio sacerdotal y en toda su existencia.
De ahí su vida de oración, su celebración
pausada de la Misa, su “necesidad” de
permanecer largos ratos junto al Sagrario; y,
al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las
almas para conducirlas, en Cristo, por caminos
de santidad. Comprendió que se puede y
se debe llevar una conducta santa en todos los
estados de vida, y concretamente en el matrimonio;
por eso, desde sus primeros años como
pastor, además de encaminar a muchas personas
por las vías del celibato apostólico
asumido con verdadera alegría, alentó a
muchas otras a descubrir la dignidad de la vocación
matrimonial.
Escribe Juan Pablo II: «El sentido del
propio sacerdocio se redescubre cada día
más en el Mysterium fidei. Ésta
es la magnitud del don del sacerdocio y es también
la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don
es siempre más grande! Y es hermoso
que sea así. Es hermoso que un hombre
nunca pueda decir que ha respondido plenamente
al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre!
Tener conciencia de esto es fundamental para
vivir plenamente el propio sacerdocio» (12).
San Josemaría Escrivá celebraba
cada día la Santa Misa con pasión
de enamorado, bien consciente de que por
el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita
efectivamente para prestar a Nuestro Señor
la voz, las manos, todo su ser (13).
Escuchad cómo describía en una
reunión familiar ese misterioso eclipse
de la personalidad humana del presbítero,
que en esos momentos se convierte en instrumento
vivo de Dios:
Llego al altar
y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría
Escrivá de Balaguer (…): eres
Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo.
Yo le presto al Señor mi voz, mis manos,
mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él
quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta
es mi Sangre, el que consagra. Si no,
yo no podría hacerlo. Allí se
renueva de modo incruento el divino Sacrificio
del Calvario. De manera que estoy allí in
persona Christi, haciendo las veces de
Cristo. El sacerdote desaparece como persona
concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría... ¡No
señor! Es Cristo (14).
La santidad sacerdotal como tarea
La grandeza incomparable
del sacerdote se fundamenta en su identificación
sacramental con Cristo, que le lleva a ser ipse Christus y a
actuar in persona Christi capitis, sobre
todo en la celebración eucarística
y en el ministerio de la Reconciliación. Una grandeza prestada -comentaba
San Josemaría Escrivá-, compatible
con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro
Señor -añadía- que
nos dé a todos los sacerdotes la gracia
de realizar santamente las cosas santas, de reflejar,
también en nuestra vida, las maravillas
de las grandezas del Señor (15).
Cada cristiano ha de procurar
que su condición
de seguidor de Jesucristo se refleje en toda
su conducta: la familia, la profesión,
la actividad social, pública, deportiva...
También en la existencia concreta del
sacerdote, en su vida diaria, ha de manifestarse
su especifica pertenencia a Cristo. Por el carácter
indeleble recibido en la ordenación, se
es sacerdote las veinticuatro horas del día,
no sólo en los momentos en los que se
ejercita expresamente el ministerio. Conviene
tenerlo muy presente en la época actual,
cuando van desapareciendo -de nuestra sociedad
multicultural y multireligiosa- tantos
signos que recordaban a nuestros antepasados
la primacía de Dios y de la vida sobrenatural.
No lo digo con pesimismo, sino con ánimo
de que todos nos esforcemos para que no se pierdan
las raíces cristianas de nuestro pueblo,
que se manifiestan también en tradiciones
piadosas, en elementos de la cultura, del arte
y de las costumbres.
A la meta de la santidad,
el sacerdote ha de llegar como por un plano
inclinado, bajo la dirección
del Espíritu Santo, que es quien modela
en los hijos adoptivos de Dios los rasgos de
Jesucristo. En este proceso, que dura toda la
vida, junto a la acción sobrenatural de
la gracia, resulta decisiva la respuesta dócil
de la criatura.
Sin esfuerzo por practicar
las virtudes, sin lucha por desarrollarlas
cotidianamente, con constancia, no es posible
la santidad. ¿En
qué se centran los hábitos virtuosos
que han de vertebrar la santidad del sacerdote?
En lo mismo que en los demás fieles, puesto
que todos estamos llamados a idéntica
meta -la unión con Dios- y
disponemos de los mismos medios para alcanzarla.
La diferencia estriba en el modo de ejercitar
esas virtudes. En el sacerdote, todo debe cumplirse
sacerdotalmente; es decir, teniendo siempre presente
la finalidad de su vocación especifica,
el servicio a las almas. Hemos de seguir el ejemplo
del Señor, que afirmó de sí mismo: Pro
eis ego sanctifico meipsum, ut sint
et ipsi sanctificati in veritate (Jn 17,
19).
No cabe, en este breve
tiempo, exponer tan siquiera un elenco completo
de las virtudes sacerdotales. Me limitaré a presentar algunas que considero
capitales en la enseñanza y en el ejemplo
de San Josemaría.
Virtudes humanas del sacerdote
Utilizando la metáfora de la construcción -imagen
de raíces bíblicas-, lo primero
que se busca es un terreno sólido. El
mismo Cristo alude a esta necesidad, en la conclusión
del Sermón de la Montaña, cuando
habla del hombre prudente que edificó su
casa sobre roca, de modo que cuando llegaron
los vientos y las lluvias nada pudieron contra
esa mansión (cfr. Mt 7, 24-25).
En la vida espiritual del
cristiano, el terreno sólido del edificio espiritual se configura
por las virtudes humanas, pues la gracia presupone
siempre la naturaleza. Conviene no olvidar que
el sacerdote no deja de ser hombre al recibir
la ordenación. Por el contrario, precisamente
por haber sido sacado de entre los hombres y
constituido mediador entre los hombres y Dios
(cfr. Hb 5, l), necesita cuidar su preparación
humana, que le capacita para servir mejor a las
almas.
«Comprende esta formación -escribe
Mons. Alvaro del Portillo- el conjunto
de virtudes humanas que se integran directa o
indirectamente en las cuatro virtudes cardinales,
y el bagaje de cultura no eclesiástica
indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar
con facilidad -ayudado, desde luego, por
la gracia- su apostolado» (16). Mi
predecesor al frente de la Prelatura del Opus
Dei subraya los motivos principales que han de
impulsar al sacerdote a adquirir y desarrollar
estas virtudes: «El primero, como parte
de la lucha ascética normalmente necesaria
para llegar a la perfección; el segundo,
como medio para ejercitar con mayor eficacia
el apostolado» (17).
En la vida y en las enseñanzas de San
Josemaría, destaca este aspecto basilar
de la formación cristiana y de la específicamente
sacerdotal. Tenemos numerosas pruebas de esta
afirmación, desde su infancia hasta su
fallecimiento en 1975. Los testigos de su labor
pastoral se manifiestan concordes en describirle
como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado
al servicio de las almas, con una personalidad
fuerte y armónica, en la que lo humano
y lo sobrenatural se fundían estrechamente
en unidad de vida. Por lo que se refiere a sus
enseñanzas, resulta paradigmática
la homilía “Virtudes humanas”,
recogida en el libro Amigos de Dios,
donde se asienta el fundamento teológico
de la necesidad de cultivar las virtudes humanas:
la hondura de la Encarnación del Verbo,
perfecto Hombre sin dejar de ser perfecto Dios.
En esa homilía analiza las principales
virtudes que un cristiano y un sacerdote deben
cultivar: la reciedumbre, la serenidad, la paciencia,
la laboriosidad, el orden, la diligencia, la
veracidad, el amor a la libertad, la sobriedad,
la templanza, la audacia, la magnanimidad la
lealtad, el optimismo, la alegría.
Sobre el fundamento de la humildad
La humildad es
el fundamento de nuestra vida, medio y condición
de eficacia (18),
escribe San Josemaría, en sintonía
con la tradición espiritual del Cristianismo.
Evidentemente se refiere al fundamento moral,
pues el teologal -como predicó con
su conducta y con sus enseñanzas- se
centra en la fe teologal, que nos conduce a
asumir con hondura el sentido de nuestra filiación
divina en Cristo. Esta convicción pone
de relieve ante los hombres la verdad más
profunda sobre nosotros mismos y, por tanto,
potencia necesariamente la humildad, que no
refleja otra cosa que aquel “andar en
verdad” de la Santa de Ávila:
el caminar en la fe.
Con una fe recia, como
base de la respuesta cristiana, se soslaya
el error de presentar la humildad como falta
de decisión o de iniciativa,
como renuncia al ejercicio de derechos que son
deberes. Nada más lejos del pensamiento
del Fundador del Opus Dei. Ser humildes -predicaba
en una ocasión- no es ir
sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes
ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en
una continua dejación de derechos. Mucho
menos es ir pregonando cosas tontas contra uno
mismo. No puede haber humildad donde hay comedia
e hipocresía, porque la humildad es la
verdad (19).
Tan importante es esta
virtud en la vida cristiana, que San Josemaría
aseguraba que,
lo mismo que se condimentan con sal los alimentos,
para que no sean insípidos, en la vida
nuestra hemos de poner siempre la humildad (20).
Y acudía a una comparación clásica: no
vayáis a hacer como esas gallinas que,
apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando
por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar
la labor intelectual o manual, y siempre apostólica,
con grandes intenciones y grandes deseos -que
el Señor transforma en realidades- de
servir a Dios y pasar inadvertidos (21).
Pero volvamos a considerar
el fundamento teologal, es decir, la fe, y
con la fe, la esperanza: no hay santidad si
no se desarrolla una fe omnicomprensiva de
la realidad, si no se fomenta -como
la fuerza que impulsa el peregrinar terreno- la
virtud de la esperanza. Desde el primer momento,
el Fundador del Opus Dei fue bien consciente
de que la misión que Dios le había
confiado era inmensamente superior a sus fuerzas.
Por eso acudió con insistencia, sin abandonarlos
jamás, a los únicos medios capaces
de poner a nuestro alcance la omnipotencia divina:
la oración y el sacrificio. Son innumerables
los testimonios que documentan cómo fue mendigando, por
los hospitales y los barrios marginados de Madrid,
como si se tratase de un tesoro, la plegaria
y el ofrecimiento a Dios del dolor de muchas
gentes abandonadas, a las que llevaba el consuelo
y el aliento de su asistencia sacerdotal.
¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes
de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten
más y más! Nos hallamos metidos
en una labor donde lo que más cuenta,
lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10,
42), son los medios sobrenaturales. Se requieren
verdaderos milagros, para conducir a las almas
hasta Dios. Sin embargo, se oye a veces
decir que actualmente son menos frecuentes los
milagros. ¿No será que son menos
las almas que viven vida de fe? (22).
Estas palabras de San Josemaría resuenan
en nuestros oídos como un toque de atención,
una llamada a nuestro sentido de responsabilidad,
porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un
hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por
medio de la fe -escribe el Papa-,
accede a los bienes invisibles que constituyen
la herencia de la Redención del mundo
llevada a cabo por el Hijo de Dios» (23).
La fe es fundamento de las cosas que se
esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11,
l).Y es «en la oración perseverante
de cada día, con facilidad o con aridez,
donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe
de Dios (…) luces nuevas, firmeza en
la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural
de su trabajo pastoral, amor renovado: en una
palabra, el impulso para perseverar en ese
trabajo y la raíz de la efectiva eficacia
del trabajo mismo» (24). En estas palabras
de Mons. del Portillo, el más estrecho
colaborador del Fundador del Opus Dei durante
muchos años, podemos descubrir una delicada
alusión a la vida espiritual de San
Josemaría, que recibió de Dios
la gracia de ser contemplativo en medio de
las tareas más absorbentes. Añade
don Álvaro: «Sin oración,
y sin oración que se esfuerza por ser
continua, en medio de todos los quehaceres,
no hay identificación con Cristo en
lo que ésta tiene de tarea,
fundamentada en lo que tiene de don.
Más aún, me atrevo a decir que
un sacerdote sin oración, si no falsea
la imagen que da de Cristo -Modelo para
todos-, la presenta como una nebulosa
que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte
al pueblo que nos ve o nos oye» (25).
Caridad pastoral
Llegamos así a la virtud más definitiva
y característica de la vida cristiana:
la caridad, que en el sacerdote adquiere unos
contornos precisos: es caridad pastoral.
En pocas palabras, nace de la conciencia de ser
representante de Jesucristo, el Pastor supremo (1 Pe 5,
4) de las almas, que ha dado la vida por sus
ovejas (cfr. Jn 10, 1 l). Esta convicción
sobrenatural ha de impulsar al sacerdote a gastarse
hasta el extremo en el ejercicio de su ministerio,
pues le urge la caridad de Cristo (cfr. 2 Cor 5,
14). Una caridad pastoral, fuerte y perseverantemente
alimentada en la Eucaristía y en la oración,
dará eficacia de frutos a su ministerio.
La figura de San Josemaría
aparece muy ilustrativa a este respecto. Desde
los primeros momentos de su vocación,
no se ahorró ningún
trabajo en el servicio de las almas. Antes he
aludido brevemente a sus andanzas por los barrios
extremos del Madrid de los años 20 y 30,
en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad,
atendiendo a los moribundos, confortando a los
enfermos, ilustrando a los niños y a los
adultos con la doctrina cristiana. Puedo asegurar
-porque lo he contemplado con mis ojos- que
así gastó el
resto de su existencia, hasta la última
jornada: siempre pendiente de los demás,
cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos:
rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas
las almas, sin excepción.
La peculiar asunción de la persona por
Dios, que se lleva a cabo en la ordenación
sacerdotal, hace que el presbítero se
vincule y consagre íntegramente al servicio
y al amor total de Cristo. Con tal envergadura
se presenta la riqueza de este don, que puede
asumir como suyas -en un sentido particularmente
profundo- las palabras del Apóstol: mihi
vivere Christus est (F1p 1, 21), vivo
autem iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2,
20). Por otra parte, la misión
recibida tiene un carácter universal:
el sacerdote viene enviado al mundo entero, como
instrumento vivo de Cristo, que se entregó a
si mismo por nosotros para redimimos de toda
iniquidad, y para purificar para sí un
pueblo escogido, celoso por hacer el bien (Tt 2,
14).
La identificación sacramental con Cristo,
junto con la misión recibida, se hallan
en el fundamento de las peculiares exigencias
de la caridad pastoral, y colocan al sacerdote
en una situación especial en el misterio
de Cristo y de la Iglesia. Comentando la profundización
doctrinal operada a este propósito por
el Concilio Vaticano II, Mons. Álvaro
del Portillo escribe: «Si se considera
que el Amor encarnado entre los hombres evitó cualquier
atadura humana -por justa y noble que fuese- que
pudiera en algún momento dificultar o
restar plenitud a su total dedicación
ministerial, se comprende bien la conveniencia
de que el sacerdote haga lo mismo, renunciando
libremente -por el celibato- a algo
en sí bueno y santo, para unirse más
fácilmente a Cristo con todo el corazón,
y por Él y en Él dedicarse con
más libertad al entero servicio de Dios
y de los hombres» (26).
El celibato sacerdotal
se configura como manifestación
de la completa oblación de su vida que
el sacerdote, libremente, ofrece a Cristo y a
la Iglesia. En esta óptica, se entienden
bien las palabras de San Josemaría en
un rato de conversación familiar, en 1969. El
sacerdote, si tiene verdadero espíritu
sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca
se podrá sentir solo. ¡Nadie como él
podrá tener un corazón tan enamorado!
Es el hombre del Amor, el representante entre
los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo,
para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo.
Es una realidad divina que me conmueve hasta
las entrañas, cuando todos los días,
alzando y teniendo en las manos el Cáliz
y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas,
estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum
Ipso et in Ipso....Por El, con El, en El,
para El y para las almas vivo yo. De su Amor
y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias
personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por
ellas, es mi Amor un amor que cada día
se renueva (27).
Fraternidad sacerdotal
Amando a todas las almas
sin excepción,
San Josemaría reservaba un amor de predilección
a sus hermanos los sacerdotes. Ya he aludido
a su gozo cuando podía reunirse con ellos,
para aprender de su entrega -tantas veces
heroica- y para transmitirles al mismo
tiempo algo de su experiencia personal. Pero
no puedo dejar de recordar sus desvelos concretos
por los presbíteros, especialmente durante
los años que residió en España.
En la década de los 40, por ejemplo, a
petición de los Obispos diocesanos, predicó muchos
cursos de retiro al clero, que se encontraba
necesitado de ayuda espiritual después
de la terrible prueba de la persecución
religiosa de los años anteriores. San
Josemaría se dio de lleno a esa tarea,
y llegó a atender, a veces, a más
de mil presbíteros en un solo año.
Hasta el final de su vida,
alimentó una
petición urgente al Señor, para
que Dios enviase a la Iglesia muchas vocaciones
sacerdotales. Personalmente, preparó y
encaminó a los seminarios a un gran número
de jóvenes con inquietudes vocacionales
hacia el sacerdocio. E impulsaba a los fieles
laicos a rezar con insistencia al Dueño
de la mies, para que mande muchos obreros a su
campo (cfr. Mt 9, 37-38). Para
San Josemaría, el pulso de la vitalidad
sobrenatural de una Diócesis viene medido
por el número de vocaciones sacerdotales,
de las que los primeros responsables son los
mismos sacerdotes.
¡Cómo le entristecía encontrarse
con alguno que se había despreocupado
de esta labor! Porque ese descuido constituye
una señal clara de que el mismo sacerdote
no está contento con su llamada. Viene
a mi memoria su respuesta inmediata a una pregunta
sobre las causas de la escasez de vocaciones
para los seminarios: Quizá la
primera razón sea que muchas veces los
sacerdotes no valoramos bien el tesoro que tenemos
en las manos y, por eso, no encendemos en el
deseo de poseer este tesoro a la gente joven.
Los seminarios estarían llenos, si nosotros
amáramos más nuestro sacerdocio (28).
Su preocupación por la santidad del clero
procedía de mucho tiempo atrás.
Tenía muy claro que el primer apostolado
de los sacerdotes han de ser los mismos sacerdotes:
no dejarles solos en sus penas, compartir sus
alegrías, animarles en la dificultad,
fortalecerlos en los momentos de duda... Conservó grabadas
a fuego en su alma aquellas palabras de la Escritura
Santa: frater, qui adiuvatur a fratre,
quasi civitas firma (Prv 18, 19),
el hermano ayudado por sus hermanos es fuerte
como ciudad amurallada.
Tan intensamente crecía su afán
de ayudar a sus hermanos en el sacerdocio, que
en 1950, cuando el Opus Dei había recibido
ya la aprobación definitiva de la Santa
Sede, pensó dedicarse de lleno a los sacerdotes
diocesanos. Cuando ya había ofrecido al
Señor el sacrificio de Abrahán -pues
estaba decidido a dejar la Obra, si hubiera sido
necesario-, el Cielo le mostró que
no era preciso ese sacrificio.
En el espíritu del Opus Dei, que enseña
a los cristianos a santificarse en medio del
mundo, cada uno en la propia ocupación
o tarea, también había el mismo
lugar de encuentro con Dios para los sacerdotes
diocesanos; bastaba que, en plena comunión
con su propio Ordinario y con el presbiterio
de la Diócesis, buscasen la santidad en
el ejercicio de los deberes ministeriales, tratando
con especial veneración al Obispo diocesano,
unidos entrañablemente a sus hermanos
en el sacerdocio. Las puertas de la Sociedad
Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecían
ya los clérigos incardinados en el Opus
Dei, se ensanchaban para dar acogida a los sacerdotes
diocesanos que recibiesen esta especifica llamada
divina.
Hoy, en estas tierras de
La Rioja, donde la labor del Opus Dei se encuentra
perfectamente integrada en la Diócesis desde hace muchos
años, elevo mi corazón agradecido
a la Trinidad Beatísima por los copiosos
frutos que también la Sociedad Sacerdotal
de la Santa Cruz ha producido y sigue produciendo,
en servicio de la Iglesia universal y de las
Iglesias particulares. Todo es fruto de la gracia
que Dios nos otorga por medio de su Santísima
Madre; gracia a la que San Josemaría correspondió plenamente
hace ochenta y cinco años, cuando -precisamente
en Logroño- recibió la llamada
al sacerdocio.
Notas
(1) San Josemaría, Homilía Sacerdote
para la eternidad, 13-IV- 1973.
(2) San Josemaría, Apuntes tomados en
una reunión familiar, 28-11- 1966.
(3) San Josemaría, Carta 2-11-1945,
n. 4.
(4) Sal 118/119, 100.
(5) Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen
gentium, n. 40.
(6) San Josemaría, Camino, n.
285.
(7) San Josemaría, Homilía Sacerdote
para la eternidad, 13-1V- 1973.
(8) 1 Cor 7, 20.
(9) Juan Pablo II, Don y misterio.
(10) Ibid.
(11) San Josemaría, Homilía Sacerdote
para la eternidad, 13-IV- 1973.
(12) Juan Pablo II, Don y misterio.
(13) San Josemaría, Homilía
Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.
(14) San Josemaría, Apuntes tomados en
una reunión familiar, 10-V-1974.
(15) San Josemaría, Homilía Sacerdote
para la etemidad, 13-IV- 1973.
(16) Álvaro del
Portillo, Escritos
sobre el sacerdocio, 6ª ed.,
Rialp 1991, p. 23.
(17) Ibid., p. 27
(18) San Josemaría, Carta 24-11-1930,
n. 20.
(19) San Josemaría, Apuntes tomados en
una meditación, 25-XII-1972.
(20) Ibid.
(21) Ibid.
(22) San Josemaría, Amigos de Dios, n.
190.
(23) Juan Pablo II, Don y misterio.
(24) Álvaro del
Portillo, Escritos
sobre el sacerdocio, 6ªed., Rialp
1991, pp. 188.
(25) Ibid., pp.188-189.
(26) Álvaro del
Portillo, Escritos
sobre el sacerdocio, 6ª ed.,
Rialp 1991, pp. 84-85.
(27) San Josemaría, Apuntes tomados en
una reunión familiar, 10-IV-1969.
(28) San Josemaría, Apuntes tomados en
una reunión con sacerdotes, 3-XI-1972.
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