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Autor:
Un seminarista |
Fuente:
Revista Alfa y Omega,
Madrid, 15 de marzo de 2007 |
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Por la falta de libertad
religiosa, la vida de los seminarios en China
es muy distinta a la de Occidente. Alfa y Omega
ha tenido acceso a la experiencia de un seminarista
chino que está completando sus estudios en una
pequeña ciudad de Europa. Por motivos
de seguridad, prefiere no dar su nombre. Su testimonio
recuerda los primeros tiempos del cristianismo
bajo las persecuciones, y muestra que la Iglesia
católica en China está muy viva.
¿Cómo viven los seminaristas en
China? Es difícil de contestar, ya que,
dependiendo de la situación de cada diócesis,
cambia el modo de vivir en el seminario. Lo que
voy a decir sobre mi seminario es un pequeño
reflejo de los seminarios clandestinos.
El año 1997 entré en el seminario. Éramos
casi 30 chicos, procedentes de tres lugares diferentes
del país. Nosotros, el curso más
joven -casi todos teníamos 17 años-
vivíamos en una cueva, construida por
los seminaristas mayores en una montaña
tan alta que nos parecía vivir en el cielo.
Aquella era nuestra capilla, nuestra aula de
clase, y también el comedor. Debajo de
nosotros había una aldea, de unos 100
habitantes, todos católicos. Eran los
que nos protegían, y los que nos subían
el arroz, la harina y las verduras.
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La lucha entre el bien y el mal.
Alegoría
representada por dos actores. |
Durante la semana, no teníamos mucho
tiempo libre, porque había que aprovechar
las horas al máximo, pues allí nadie
sabe cuánto puede durar un curso. De lunes
a viernes, teníamos ocho clases diarias,
con asignaturas muy variadas. Los sábados
hacíamos la limpieza, y los domingos podíamos
salir a hacer una pequeña excursión
por la montaña. El tiempo de formación
antes eran cinco años; ahora son diez,
como mínimo.
El primer año vivimos muy felices en
aquella cueva, nadie se quejó de la humedad
ni de la comida, pues el amor fraterno lo suple
todo. La oración y el estudio son nuestra
tarea principal, porque sabemos que Cristo necesita
soldados bien armados de ciencia y de santidad
para extender su reino en China. Cuando alguno
está enfermo, o le duele el estómago,
o la pierna -porque hay mucha humedad-, el formador
suele decirle bromeando que son síntomas
de vocación, porque casi todos los curas
tienen tales enfermedades. ¡Pues, ya ves
cómo Dios confirma la llamada! Nosotros
sabemos que el dolor de estómago del formador
es debido a la mala alimentación que tuvo
cuando estuvo en la cárcel, pues le daban
muy poca comida, y mala. Cuando le preguntamos
qué pensaba en la cárcel, nos dijo: «En
la comida; después del desayuno, uno ya
comienza a esperar el almuerzo, porque siempre
teníamos hambre».
El trabajo en la cárcel no era muy duro,
pero cansaba mucho: tenía que escoger
pelos de cerdos durante horas y horas, para la
fabricación de cepillos de zapatos. Mi
formador tenía un sentimiento especial
con aquellos cepillos. Cuando Dios bendice, bendice
con la cruz. Así, estábamos casi
acostumbrados a que Dios, de vez en cuando, nos
mandaba una pequeña cruz.
En aquel tiempo, cuando
rezábamos, podíamos
cantar; también podíamos reírnos
a carcajadas, hablar en voz alta, salir a dar
paseos... Gozamos de bastante libertad durante
casi un curso entero. Luego tuvimos que irnos
a otro sitio. Es que los policías se enteraron
de la existencia de un grupo de los nuestros,
que vivían en otra montaña. Les
capturaron a todos cuando estaban almorzando.
En el camino a la comisaría, una feligresa
vio a un seminarista en el jeep de policía
haciéndole señales, así que
subió corriendo adonde nosotros estábamos
para avisarnos. Cuando llegó, estábamos
preparando la cena. El formador, sin pensar ni
un segundo, en seguida nos mandó huir.
Bajamos de la montaña cruzando un bosque,
de dos en dos. Todavía no éramos
conscientes del miedo, nos parecía casi
divertido aquello de huir corriendo de la policía.
Hacíamos competiciones para ver quién
corría más rápido...
Una vez salimos de la casa,
los fieles de la aldea metieron piensos para
los animales domésticos
en la cueva, y echaron polvo en el cristal de
la ventana, que siempre había estado muy
limpia. Esa misma noche, subieron los policías,
llevando perros, para capturarnos también
a nosotros. Dios pensó que todavía
no era el tiempo. Ya no había nadie allí.
Tres meses después, nos reunimos en otra
provincia. Nos dijo el Rector que los seminaristas
detenidos recibieron una condena de tres años
de cárcel, y que tenían que cavar
piedras, ya que el sitio era montañoso
y hacía falta construir caminos. En esta
nueva casa, el formador nos dijo que fuéramos
más prudentes y cautelosos, no sólo
por nuestra seguridad, sino también por
la de la familia que nos había acogido.
Así que no podíamos hablar en voz
alta, ni reírnos demasiado, y mucho menos
salir de la habitación, para que no se
enterasen los vecinos. Pero, no sé cómo,
siempre acaban enterándose. Por eso teníamos
que cambiar de casa cada muy poco tiempo -como
mucho, cada medio año-. Hasta el día
de hoy, los seminaristas de mi diócesis
siguen llevando este estilo de vida, huyendo
de un sitio para otro. Cuando en alguna fiesta,
como la Pascua, quieren cantar los chicos, el
formador elige a uno o dos para que canten, y
en voz baja...
Primavera en China
La Iglesia en China lleva
siglos de persecución.
La sangre de los mártires, semilla de
los nuevos cristianos, está brotando.
Una primavera del cristianismo está llegando
a China. Cada año, a pesar de la falta
de libertad religiosa, miles y miles chinos se
bautizan. Ahora más que nunca hacen falta
misioneros intelectualmente bien preparados;
tenemos que dar razones de nuestra esperanza
a la gente. Para llevar a cabo esta misión,
la Iglesia en Europa nos ha ofrecido su ayuda:
muchos movimientos de la Iglesia quieren encargarse
de la educación de los seminaristas chinos.
Así, muchas diócesis han enviado
a sus seminaristas a Europa para recibir una
mejor formación y para que luego puedan
servir mejor a la Iglesia.
Lo que quiero es que la
gente conozca un poco más cómo viven los seminaristas
en China ahora, porque se habla mucho de la apertura
de China, el desarrollo de China, incluso de
la mejoría de las relaciones diplomáticas
entre la Santa Sede y China, como si en China
hubiera libertad religiosa ya. Yo quería
escribir un poco cómo estudian los seminaristas
en China, porque estudian mucho. Ciertamente
tenemos pocos recursos para ello, pero estudian
mucho, porque saben que la Iglesia lo necesita
-me dolió mucho escuchar a un cardenal
que dijo que el clero de la Iglesia clandestina
es inculto-.
El año pasado fui a China; la vida de
los seminaristas sigue siendo como antes, no
pueden hablar ni cantar en voz alta. El día
de la Asunción de la Virgen, no se imaginan
cuántas ganas tenían los chicos
de cantar una misa a la Virgen, pero no podían;
cerramos todas las ventanas y puertas en pleno
agosto, para que pudieran cantar algo.
Se habla mucho de la Iglesia
oficial o patriótica,
y la Iglesia clandestina o fiel a Roma, pero
la cuestión de fondo no está en
esto, sino en el sistema político: para
el comunismo no existe la persona, por consiguiente,
ni sus derechos, y mucho menos la libertad religiosa.
Queremos todos ver una Iglesia unida en China,
pero es el Gobierno el que no lo quiere.
Al amable lector, le ruego
que en su momento de oración se acuerde de los obispos y
los sacerdotes que están todavía
en la cárcel, y rece por los seminaristas,
para que seamos aptos para el reino de Dios.
Un seminarista
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