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Santidad,
soy don Claudio y quiero hacerle una pregunta
sobre la formación de la
conciencia, de modo especial en las nuevas
generaciones, porque hoy parece cada vez más
difícil formar una conciencia coherente,
una conciencia recta. Se confunde el bien y
el mal con sentirse bien y sentirse mal, el
aspecto más emotivo. Por eso, quisiera
que nos diera usted algún consejo. Muchas
gracias.
-Benedicto XVI: Excelencias,
queridos hermanos, ante todo quisiera expresaros
mi alegría
y mi gratitud por este encuentro. Doy las gracias
a los dos obispos, su excelencia Andrich y su
excelencia Mazzocato, por esta invitación.
A vosotros, que habéis venido en tan gran
número durante el período de vacaciones,
os manifiesto mi agradecimiento. Ver una iglesia
llena de sacerdotes es alentador, porque demuestra
que sí hay sacerdotes. La Iglesia está viva,
aunque aumenten los problemas en nuestro tiempo
y precisamente en nuestro Occidente. La Iglesia
sigue siempre viva y, con sacerdotes que realmente
desean anunciar el reino de Dios, crece y resiste
a las complicaciones que vemos hoy en nuestra
situación cultural.
La primera pregunta refleja
en cierto modo un problema de la situación cultural de Occidente,
porque en los últimos dos siglos el concepto
de conciencia ha cambiado profundamente. Hoy
prevalece la idea de que sólo sería
racional —parte de la razón— lo
que es cuantificable. Las otras cosas, es decir,
las materias de la religión y la moral,
no entrarían en la razón común,
porque no son comprobables o, como se dice, no
son "falsificables" con experimentos.
En esta situación, donde la moral y la
religión son expulsadas por la razón,
el único criterio último de la
moralidad y también de la religión
es el sujeto, la conciencia subjetiva, que no
conoce otras instancias. En definitiva, sólo
decide el sujeto, con su sentimiento, con sus
experiencias, con los criterios que puede haber
encontrado. Pero de esta forma el sujeto se convierte
en una realidad aislada. Como usted ha dicho,
así cambian los parámetros de día
en día.
En la tradición cristiana "conciencia" quiere
decir "cum-scientia"; o sea:
nosotros, nuestro ser está abierto, puede
escuchar la voz del ser mismo, la voz de Dios.
Por tanto, la voz de los grandes valores está inscrita
en nuestro ser y la grandeza del hombre consiste
precisamente en que no está cerrado en
sí mismo, no se reduce a las cosas materiales,
cuantificables, sino que tiene una apertura interior
a las cosas esenciales, y también la posibilidad
de una escucha.
En la profundidad de nuestro
ser no sólo
podemos escuchar las necesidades del momento,
las cosas materiales, sino también la
voz del Creador mismo; así se conoce lo
que es bien y lo que es mal. Pero, naturalmente,
esta capacidad de escucha debe ser educada y
desarrollada. Y precisamente este es el compromiso
del anuncio que nosotros hacemos en la Iglesia:
desarrollar esta importantísima capacidad,
dada por Dios al hombre, de escuchar la voz de
la verdad y así la voz de los valores.
Por consiguiente, un primer
paso consiste en hacer que las personas perciban
que nuestra misma naturaleza lleva en sí un mensaje moral,
un mensaje divino, que debe ser descifrado y
que nosotros poco a poco podemos conocer y escuchar
mejor si desarrollamos en nosotros una escucha
interior. Ahora bien, el problema concreto consiste
en cómo educar para la escucha, en cómo
lograr que el hombre sea capaz de escuchar, a
pesar de todas las sorderas modernas, en cómo
hacer que se vuelva a escuchar, en cómo
conseguir que se haga realidad el effeta del
bautismo, la apertura de los sentidos interiores.
Viendo la situación en la que nos encontramos,
yo propondría una combinación entre
un camino laico y un camino religioso: el camino
de la fe. Hoy todos vemos que el hombre podría
destruir el fundamento de su existencia, su tierra,
y, por tanto, que ya no podemos hacer con nuestra
tierra, con la realidad que nos ha sido encomendada,
lo que queramos y lo que en cada momento parezca útil
o conveniente; si queremos sobrevivir, debemos
respetar las leyes interiores de la creación,
de esta tierra, aprender estas leyes y obedecer
también a estas leyes.
Así pues, esta obediencia a la voz de
la tierra, del ser, es más importante
para nuestra felicidad futura que las voces y
los deseos del momento. En otras palabras, este
es un primer criterio que conviene aprender:
el ser mismo, nuestra tierra, habla con nosotros
y nosotros debemos escuchar si queremos sobrevivir
y descifrar este mensaje de la tierra. Y si debemos
ser obedientes a la voz de la tierra, esto vale
aún más para la voz de la vida
humana. No sólo debemos cuidar la tierra;
también debemos respetar al otro, a los
otros: al otro en su singularidad como persona,
como mi prójimo, y a los otros como comunidad
que vive en el mundo y en la que debemos vivir
juntos. Y vemos que sólo podemos ir adelante
si guardamos un respeto absoluto a esta criatura
de Dios, a esta imagen de Dios que es el hombre,
sólo si respetamos la convivencia en la
tierra.
De este modo, llegamos
a la conclusión
de que necesitamos las grandes experiencias morales
de la humanidad, que son experiencias surgidas
del encuentro con el otro, con la comunidad;
la experiencia de que la libertad humana es siempre
una libertad compartida y sólo puede funcionar
si compartimos nuestras libertades respetando
valores que son comunes a todos.
Me parece que con estos
pasos podemos hacer ver la necesidad de obedecer
a la voz del ser, de respetar la dignidad del
otro, de respetar la necesidad de vivir juntos
nuestras libertades como una libertad, y para
todo esto es preciso conocer el valor que implica
promover una digna comunión de vida entre los hombres. Así llegamos,
como ya he dicho, a las grandes experiencias
de la humanidad, en las que se manifiesta la
voz del ser, y sobre todo a las experiencias
de la gran peregrinación histórica
del pueblo de Dios, que comenzó con Abraham,
en el que no sólo encontramos las experiencias
humanas fundamentales, sino que también,
a través de esas experiencias, podemos
escuchar la voz del Creador mismo, que nos ama
y ha hablado con nosotros.
Aquí, en este contexto, respetando las
experiencias humanas que nos indican el camino
hoy y mañana, me parece que los diez Mandamientos
tienen siempre un valor prioritario, en el que
vemos las grandes señales que nos indican
el camino. Los diez Mandamientos releídos,
revividos a la luz de Cristo, a la luz de la
vida de la Iglesia y de sus experiencias, indican
algunos valores fundamentales y esenciales: los
mandamientos cuarto y sexto, juntos, indican
la importancia de nuestro cuerpo, de respetar
las leyes del cuerpo, de la sexualidad y del
amor, el valor del amor fiel, la familia. El
quinto mandamiento indica el valor de la vida
y también el valor de la vida común.
El séptimo mandamiento indica el valor
de compartir los bienes de la tierra, la justa
distribución de estos bienes, la administración
de la creación de Dios. El octavo mandamiento
indica el gran valor de la verdad.
Por tanto, si los mandamientos
cuarto, quinto y sexto indican el amor al prójimo, el
octavo señala la verdad. Todo esto no
funciona si falta la comunión con Dios,
el respeto de Dios y la presencia de Dios en
el mundo. Un mundo sin Dios será siempre
un mundo de arbitrariedad y de egoísmo.
Sólo si aparece Dios hay luz, hay esperanza.
Nuestra vida tiene un sentido que no surge de
nosotros, sino que nos precede, nos dirige. Por
consiguiente, en este sentido tomamos juntos
los caminos obvios que hoy también la
conciencia laica puede ver fácilmente,
y así tratamos de guiar las voces más
profundas, la voz verdadera de la conciencia,
que se comunica en la gran tradición de
la oración, de la vida moral de la Iglesia.
Yo creo que, con un camino de paciente educación,
todos podemos aprender a vivir y a encontrar
la verdadera vida.
Soy
don Mauro. Santidad, al desempeñar
nuestro ministerio pastoral, cada vez nos vemos
más agobiados por muchos afanes. Aumentan
los compromisos de gestión administrativa
de las parroquias, de organización pastoral
y de acogida de las personas que atraviesan
situaciones difíciles. ¿Hacia
qué prioridades debemos orientar hoy
nuestro ministerio de sacerdotes y párrocos,
para evitar, por un lado, la fragmentación
y, por otro, la dispersión? Muchas gracias.
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| El Papa Benedicto XVI |
-Benedicto XVI: Es una
pregunta muy realista; es verdad. También yo experimento un poco
este problema, pues cada día tengo que
resolver muchos asuntos, con numerosas audiencias
necesarias, con tanto que hacer. Sin embargo,
es preciso encontrar las debidas prioridades
y no olvidar lo esencial: el anuncio del reino
de Dios. Al escuchar esta pregunta, me vino a
la mente el evangelio de hace dos semanas sobre
la misión de los setenta y dos discípulos.
Para esta primera gran misión que Jesús
encomendó a esos setenta y dos discípulos,
les dio tres imperativos, que a mi parecer expresan
también hoy sustancialmente las grandes
prioridades del trabajo de un discípulo
de Cristo, de un sacerdote. Los tres imperativos
son: orad, curad y anunciad.
Creo que debemos encontrar el equilibrio entre
estos tres imperativos esenciales, tenerlos siempre
presentes como centro de nuestro trabajo.
Orad, es decir: sin una
relación personal
con Dios todo el resto no puede funcionar, porque
realmente no podemos llevar a Dios, la realidad
divina y la verdadera vida humana a las personas,
si nosotros mismos no vivimos una relación
profunda, verdadera, de amistad con Dios en Cristo
Jesús.
Por eso cada día celebramos la santa
Eucaristía como encuentro fundamental,
donde el Señor habla con nosotros y nosotros
con el Señor, que se entrega en nuestras
manos. Sin la oración de las Horas, por
la que entramos en la gran plegaria de todo el
pueblo de Dios, comenzando por los Salmos del
pueblo antiguo renovado en la fe de la Iglesia,
y sin la oración personal, no podemos
ser buenos sacerdotes, pues se pierde la sustancia
de nuestro ministerio. Por eso, el primer imperativo
es ser hombres de Dios, es decir, hombres que
tienen amistad con Cristo y con sus santos.
Viene luego el segundo
imperativo. Jesús
dijo: curad a los enfermos, a los abandonados,
a los necesitados. Es el amor de la Iglesia a
los marginados, a los que sufren. Incluso las
personas ricas pueden estar interiormente marginadas
y sufrir. "Curar" se refiere a todas
las necesidades humanas, que son siempre necesidades
que van en profundidad hacia Dios. Por tanto,
como se dice, es preciso conocer a las ovejas,
tener relaciones humanas con las personas que
nos han sido encomendadas, mantener un contacto
humano y no perder la humanidad, porque Dios
se hizo hombre y así confirmó todas
las dimensiones de nuestro ser humano.
Pero, como he aludido,
lo humano y lo divino siempre van juntos. A
mi parecer, a este "curar",
en sus múltiples formas, pertenece también
el ministerio sacramental. El ministerio de la
Reconciliación es un acto de curación
extraordinario, que el hombre necesita para estar
totalmente sano. Por tanto, estas curaciones
sacramentales comienzan por el Bautismo, que
es la renovación fundamental de nuestra
existencia, y pasan por el sacramento de la Reconciliación,
y la Unción de los enfermos. Naturalmente,
en todos los demás sacramentos, también
en la Eucaristía, se realiza una gran
curación de las almas. Debemos curar los
cuerpos, pero sobre todo —este es nuestro
mandato— las almas. Debemos pensar en las
numerosas enfermedades, en las necesidades morales,
espirituales, que existen hoy y que debemos afrontar,
guiando a las personas al encuentro con Cristo
en el sacramento, ayudándoles a descubrir
la oración, la meditación, el estar
en la iglesia silenciosamente en presencia de
Dios.
Luego viene el tercer imperativo:
anunciad. ¿Qué anunciamos
nosotros? Anunciamos el reino de Dios. Pero el
reino de Dios no es una utopía lejana
de un mundo mejor, que tal vez se realizará dentro
de cincuenta años o quién sabe
cuándo. El reino de Dios es Dios mismo,
Dios que se ha acercado y se ha hecho cercanísimo
en Cristo. Este es el reino de Dios: Dios mismo
está cerca y nosotros debemos acercarnos
a este Dios tan cercano porque se ha hecho hombre,
sigue siendo hombre y está siempre con
nosotros en su Palabra, en la santísima
Eucaristía y en todos los creyentes.
Por consiguiente, anunciar
el reino de Dios quiere decir hablar de Dios
hoy, hacer presente la palabra de Dios, el
Evangelio, que es presencia de Dios y, naturalmente,
hacer presente al Dios que se ha hecho presente
en la sagrada Eucaristía.
Uniendo estas tres prioridades,
y teniendo en cuenta todos los aspectos humanos,
nuestros límites,
que debemos reconocer, podemos realizar bien
nuestro sacerdocio. También es importante
esta humildad, que nos hace reconocer los límites
de nuestras fuerzas. Lo que no podemos hacer
nosotros, lo debe hacer el Señor. Y está también
la capacidad de delegar, de colaborar. Todo esto
siempre con los imperativos fundamentales de
orar, curar y anunciar.
Me
llamo don Daniele. Santidad, el Véneto
es tierra de fuerte inmigración, con
una presencia consistente de personas no cristianas.
Esta situación obliga a nuestras diócesis
a llevar a cabo una nueva tarea de evangelización
en su interior. Sin embargo, resulta ardua,
porque debemos conciliar las exigencias del
anuncio del Evangelio con las de un diálogo
respetuoso con las demás religiones. ¿Qué indicaciones
pastorales nos puede dar? Muchas gracias.
-Benedicto XVI: Naturalmente,
vosotros vivís
más de cerca esta situación. En
este sentido, no puedo dar muchos consejos prácticos,
pero puedo decir que en todas las visitas ad
limina, tanto de los obispos asiáticos,
africanos y latinoamericanos, como de toda Italia,
siempre se afrontan estas situaciones. Ya no
existe un mundo uniforme. Sobre todo en nuestro
Occidente están presentes todos los demás
continentes, las demás religiones, los
demás modos de vivir la vida humana. Vivimos
en un encuentro permanente, que tal vez nos asemeja
a la Iglesia antigua, donde se vivía la
misma situación. Los cristianos eran una
pequeñísima minoría, un
grano de mostaza que comenzaba a crecer, rodeado
de religiones y condiciones de vida muy diversas.
Por consiguiente, debemos
aprender nuevamente lo que vivieron los cristianos
de las primeras generaciones. San Pedro, en
su primera carta, en el capítulo tercero, dijo: "Debéis
estar siempre dispuestos a dar respuesta a todo
el que os pida razón de vuestra esperanza" (cf.
1 P 3, 15). Así formuló san Pedro
la necesidad de combinar el anuncio y el diálogo,
dirigiéndose al hombre normal de aquel
tiempo, al cristiano normal. No dijo formalmente: "Anunciad
a cada uno el Evangelio". Dijo: "Debéis
ser capaces, debéis estar dispuestos a
dar respuesta a todo el que os pida razón
de vuestra esperanza". Me parece que esta
es la síntesis necesaria entre el diálogo
y el anuncio.
El primer punto es que
en nosotros mismos siempre debe estar presente
la razón de nuestra
esperanza. Debemos vivir la fe y pensar la fe,
conocerla interiormente. Así, en nosotros
mismos la fe se convierte en razón, se
hace razonable. La meditación del Evangelio,
y aquí el anuncio, la homilía,
la catequesis, para hacer que las personas sean
capaces de pensar la fe, son ya elementos fundamentales
en esta unión de diálogo y anuncio.
Nosotros mismos debemos pensar la fe, vivir la
fe, y como sacerdotes encontrar maneras diversas
de hacerla presente, a fin de que nuestros católicos
puedan encontrar la convicción, la prontitud
y la capacidad de dar razón de su fe.
El anuncio que transmite
la fe en la conciencia de hoy debe tener múltiples formas. Sin
duda, la homilía y la catequesis son dos
formas principales, pero luego hay otros muchos
modos de encontrarse —seminarios sobre
la fe, movimientos laicales, etc.—, donde
se habla de la fe y se aprende la fe. Todo esto
nos hace capaces, ante todo, de vivir realmente
como prójimos de los no cristianos; aquí prevalecen
los cristianos ortodoxos y los protestantes;
luego vienen los seguidores de otras religiones,
musulmanes, y otros.
El primer aspecto es vivir
con ellos, reconociendo que son el prójimo, nuestro prójimo.
Por tanto, vivir en primera línea el amor
al prójimo como manifestación de
nuestra fe. Yo creo que esto constituye ya un
testimonio muy fuerte y también una forma
de anuncio: vivir realmente con estos "otros" el
amor al prójimo, reconocer en ellos a
nuestro prójimo, de forma que puedan constatar
que este "amor al prójimo" está dirigido
a ellos. Si sucede esto, podremos presentar más
fácilmente la fuente de este comportamiento
nuestro, es decir, explicar que el amor al prójimo
es manifestación de nuestra fe.
En el diálogo no se puede pasar inmediatamente
a los grandes misterios de la fe, aunque los
musulmanes tengan ya cierto conocimiento de Cristo;
niegan su divinidad, pero al menos lo reconocen
como un gran profeta. Aman a la Virgen María.
Por eso, también hay elementos comunes
en la fe, que pueden servir de punto de partida
para el diálogo.
Algo práctico y realizable, necesario,
es sobre todo buscar un entendimiento fundamental
sobre los valores que es preciso vivir. También
aquí tenemos un tesoro común, porque
vienen de la religión de Abraham, interpretada,
revivida de una manera que hay que estudiar,
a la que en última instancia debemos responder.
Pero está presente la gran experiencia
sustancial, la de los diez Mandamientos, y creo
que este es el punto que debemos profundizar.
Pasar a los grandes misterios
me parece un nivel difícil, que no se realiza en los grandes
encuentros. Tal vez la semilla debe entrar en
el corazón, a fin de que en algunos pueda
madurar una respuesta de fe a través de
diálogos más específicos.
Pero lo que podemos y debemos hacer es buscar
el consenso en torno a los valores fundamentales,
expresados en los diez Mandamientos, resumidos
en el amor al prójimo y en el amor a Dios,
y que se pueden interpretar en las diversas dimensiones
de la vida.
Al menos seguimos un camino
común hacia
el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios
que es finalmente el Dios de rostro humano, el
Dios presente en Jesucristo. Este último
paso sólo se ha de dar en encuentros íntimos,
personales o de pequeños grupos; en cambio,
el camino hacia este Dios, del que vienen estos
valores que hacen posible la vida común,
me parece realizable también en encuentros
más amplios.
Así pues, a mi parecer, aquí se
realiza una forma de anuncio humilde, paciente,
que espera, pero que también ya hace concreto
nuestro vivir según la conciencia iluminada
por Dios.
-Soy
don Samuele. Hemos escuchado su invitación a orar, a curar y a anunciar.
Lo hemos tomado en serio, preocupándonos
de su persona y, para manifestarle nuestro
afecto, le hemos traído algunas botellas
de buen vino de nuestra tierra, que le entregaremos
por medio de nuestro obispo. Paso a la pregunta.
Cada vez aumentan más los casos de personas
divorciadas que se vuelven a casar, conviviendo,
y nos piden a los sacerdotes una ayuda para
su vida espiritual. Estas personas con frecuencia
sufren por no poder acceder a los sacramentos.
Es necesario afrontar esas situaciones, compartiendo
los sufrimientos que implican. Santo Padre, ¿con
qué actitudes humanas, espirituales
y pastorales podemos conjugar la misericordia
y la verdad? Muchas gracias.
-Benedicto XVI: Sí, se trata de un problema
doloroso, y ciertamente no existe una receta
sencilla para resolverlo. Todos sufrimos por
este problema, pues todos tenemos cerca a personas
que se encuentran en esa situación y sabemos
que para ellos es un dolor y un sufrimiento,
porque quieren estar en plena comunión
con la Iglesia. El vínculo de su matrimonio
anterior reduce su participación en la
vida de la Iglesia. ¿Qué hacer?
Un primer punto sería, naturalmente,
la prevención, en la medida de lo posible.
Por eso, resulta cada vez más fundamental
y necesaria la preparación para el matrimonio.
El Derecho canónico supone que el hombre
como tal, incluso el que no tiene una gran instrucción,
quiere formar un matrimonio según la naturaleza
humana, como se indica en los primeros capítulos
del Génesis. Es hombre, tiene una naturaleza
humana y, por consiguiente, sabe lo que es el
matrimonio. Quiere hacer lo que dice su naturaleza
humana. Esto es lo que da por supuesto el Derecho
canónico. Es algo que se impone: el hombre
es hombre, la naturaleza es así, y le
dice eso.
Pero hoy ese axioma, según el cual el
hombre quiere hacer lo que está en su
naturaleza: un matrimonio único y fiel,
se transforma en un axioma un poco diverso. "Volunt
contrahere matrimonium sicut ceteri homines".
Ya no sólo habla la naturaleza, sino los "ceteri
homines": lo que hacen todos. Y lo
que hoy hacen todos no es sólo el matrimonio
natural, según el Creador, según
la creación. Lo que hacen los "ceteri
homines" es casarse con la idea de
que un día el matrimonio puede fracasar
y luego se puede pasar a un segundo, a un tercero
y a un cuarto matrimonio. Este modelo, "como
hacen todos", se convierte en un modelo
opuesto a lo que dice la naturaleza. Así resulta
normal casarse, divorciarse y volverse a casar;
y nadie piensa que es algo que va contra la naturaleza
humana, o al menos es difícil encontrar
a una persona que piense así.
Por eso, para ayudar a
las personas a llegar realmente al matrimonio,
no sólo en el
sentido de la Iglesia, sino también en
el del Creador, debemos reparar la capacidad
de escuchar a la naturaleza. Así volvemos
a la primera cuestión, a la primera pregunta.
Es necesario redescubrir en "lo que hacen
todos" lo que nos dice la naturaleza misma,
que habla de modo diferente al de esa costumbre
moderna. En efecto, nos invita al matrimonio
para toda la vida, con una fidelidad que dure
toda la vida, a pesar de los sufrimientos que
implica crecer juntos en el amor.
Así pues, los cursos de preparación
para el matrimonio deben ayudar a reparar en
nosotros la voz de la naturaleza, del Creador,
para redescubrir en lo que hacen todos los "ceteri
homines" lo que nos dice íntimamente
nuestro ser mismo. En esta situación,
entre lo que hacen todos y lo que dice nuestro
ser, los cursos de preparación para el
matrimonio deben ser un camino de redescubrimiento,
para volver a aprender lo que nos dice nuestro
ser; deben ayudar a llegar a una verdadera decisión
con respecto al matrimonio según el Creador
y según el Redentor.
Esos cursos de preparación son muy importantes
para "conocerse a sí mismos",
para descubrir la verdadera voluntad matrimonial.
No basta la preparación, pues las grandes
crisis vienen después. Por eso, es muy
importante el acompañamiento durante los
primeros diez años de matrimonio. En la
parroquia no sólo hay que promover los
cursos de preparación, sino también
la comunión en el camino que viene después:
acompañarse y ayudarse recíprocamente.
Los sacerdotes, y también las familias
que ya han hecho esas experiencias, que conocen
esos sufrimientos, esas tentaciones, deben ayudarles
en sus momentos de crisis. Es importante la presencia
de una red de familias que se ayuden mutuamente.
También los Movimientos pueden prestar
una gran ayuda.
La primera parte de mi
respuesta sugiere la prevención, no sólo en el sentido
de preparar, sino también de acompañar,
es decir, la presencia de una red de familias
que ayude a afrontar esta situación moderna,
donde todo habla contra una fidelidad de por
vida. Es necesario ayudar a encontrar esta fidelidad,
a aprenderla incluso en medio del sufrimiento.
Sin embargo, en caso de
fracaso, es decir, cuando los esposos no se
sienten capaces de cumplir su primera voluntad,
queda siempre la pregunta de si realmente fue
una voluntad, en el sentido del sacramento.
Por tanto, se puede abrir un proceso para la
declaración de nulidad.
Si fue un verdadero matrimonio, y en consecuencia
no pueden volver a casarse, la presencia permanente
de la Iglesia ayuda a estas personas a soportar
otro sufrimiento. En el primer caso tenemos el
sufrimiento de superar esa crisis, de aprender
una fidelidad ardua y madura. En el segundo,
tenemos el sufrimiento de encontrarse en un vínculo
nuevo, que no es el sacramental y que por tanto
no permite la comunión plena en los sacramentos
de la Iglesia. Aquí se trata de enseñar
y aprender a vivir con este sufrimiento. Volveremos
a este punto en la primera pregunta de la otra
diócesis.
Por lo general, en nuestra
generación,
en nuestra cultura, debemos redescubrir el valor
del sufrimiento, aprender que el sufrimiento
puede ser algo muy positivo, pues nos ayuda a
madurar, a ser lo que debemos ser, a estar más
cerca del Señor, que sufrió por
nosotros y sufre con nosotros. Así pues,
también en esta segunda situación
es de suma importancia la presencia del sacerdote,
de las familias, de los Movimientos, la comunión
personal y comunitaria, la ayuda del amor al
prójimo, un amor muy específico.
Sólo este amor profundo de la Iglesia,
que se realiza con un acompañamiento múltiple,
puede ayudar a estas personas a sentirse amadas
por Cristo, miembros de la Iglesia, incluso en
una situación difícil, y a vivir
la fe.
-Santidad,
me llamo don Saverio. Mi pregunta se refiere
a las misiones. Este año
se cumple el 50° aniversario de la encíclica Fidei
donum. Aceptando la invitación
del Papa, muchos sacerdotes, también
de nuestra diócesis, incluido yo, hemos
vivido —otros siguen viviendo— la
experiencia de la misión ad gentes.
Sin duda se trata de una experiencia extraordinaria
que, en mi modesta opinión, podrían
vivir numerosos sacerdotes en el ámbito
del intercambio entre Iglesias hermanas. Sin
embargo, teniendo en cuenta la disminución
del número de sacerdotes en nuestros
países, ¿cómo se puede
llevar hoy a la práctica la indicación
de esa encíclica y con qué espíritu
deben acogerla y vivirla los sacerdotes enviados
y toda la diócesis? Muchas gracias.
-Benedicto XVI: Gracias. Ante todo, quisiera
expresar mi agradecimiento a todos estos sacerdotes fidei
donum y a las diócesis. Como ya he
dicho, recientemente he tenido numerosas visitas ad
limina tanto de obispos de Asia como de África
y América Latina, y todos me dicen: "Tenemos
gran necesidad de sacerdotes fidei donum y
estamos muy agradecidos por el trabajo que realizan,
pues hacen presente, en situaciones a menudo
dificilísimas, la catolicidad de la Iglesia;
demuestran que somos una gran comunión
universal. Para los sacerdotes fidei donum el
hombre lejano se transforma en próximo,
en prójimo; así viven el amor al
prójimo. Este gran don, que realmente
se ha hecho durante los últimos cincuenta
años, lo he percibido y visto casi de
modo palpable en todos mis diálogos con
los sacerdotes, que dicen: "No penséis
que los africanos ahora ya somos autosuficientes;
seguimos teniendo necesidad de que se haga visible
la gran comunión de la Iglesia universal".
Todos necesitamos que se demuestre la comunión
de los católicos, un amor al prójimo
vivido por personas que llegan de lejos y así van
al encuentro de su prójimo".
Hoy la situación ha cambiado, en el sentido
de que también nosotros en Europa recibimos
a sacerdotes procedentes de África, de
América Latina e incluso de otras partes
de la misma Europa, y eso nos permite ver la
belleza de este intercambio de dones, de este
don recíproco, porque todos tenemos necesidad
de todos. Precisamente así crece el Cuerpo
de Cristo.
Para resumir, quisiera
decir que este don era y es un gran don y que
así lo percibe
la Iglesia. En muchas situaciones —que
ahora no puedo describir—, en las que existen
problemas sociales, problemas de desarrollo,
problemas de anuncio de la fe, problemas de aislamiento,
de necesidad de la presencia de otros, estos
sacerdotes son un don en el que las diócesis
y las Iglesias particulares reconocen la presencia
de Cristo que se entrega por nosotros y, al mismo
tiempo, reconocen que la Comunión eucarística
no es sólo comunión sobrenatural:
también se convierte en comunión
concreta a través de este don de sacerdotes
diocesanos, que van a otras diócesis;
y la red de las Iglesias particulares se transforma
realmente en una red de amor.
Gracias a todos los que
han hecho este don. Animo a los obispos y a
los sacerdotes a seguir otorgando este don.
Sé que ahora en Europa,
con la escasez de vocaciones, resulta cada vez
más difícil hacer este don, pero
ya tenemos la experiencia de que también
otros continentes, como Asia —en concreto,
la India— y sobre todo África, nos
están dando sacerdotes. La reciprocidad
sigue siendo muy importante; precisamente por
eso es muy necesaria la experiencia de que somos
Iglesia enviada al mundo y que todos conocen
a todos y aman a todos; esa es también
la fuerza del anuncio. Así se pone de
manifiesto que el grano de mostaza da fruto y
se hace un árbol cada vez más grande,
en el que las aves del cielo pueden descansar.
Gracias y ¡ánimo!
-Soy
don Alberto. Santo Padre, los jóvenes
son nuestro futuro y nuestra esperanza, pero
a veces no ven en la vida una oportunidad,
sino una dificultad; no un don para sí mismos
y para los demás, sino un objeto de
consumo inmediato; no un proyecto por construir,
sino un vagabundeo sin meta fija. La mentalidad
de hoy impone a los jóvenes ser siempre
felices y perfectos y eso implica como consecuencia
que cualquier pequeño fracaso y la mínima
dificultad ya no se ven como un motivo de crecimiento,
sino como una derrota. Todo esto los lleva
con frecuencia a gestos irremediables como
el suicidio, que provocan una laceración
en el corazón de quienes los aman y
de la sociedad entera. ¿Qué nos
puede decir a los educadores, que a menudo
nos sentimos con las manos atadas y sin respuestas?
Muchas gracias.
-Benedicto XVI: Creo que
ha descrito con acierto una vida en la que
Dios no está presente.
En un primer momento parece que no tenemos necesidad
de Dios; más aún, que sin Dios
seríamos más libres y tendríamos
más espacio en el mundo. Pero, después
de cierto tiempo, se ve lo que sucede en las
nuevas generaciones cuando no se tiene a Dios.
Como dijo Nietzsche, "la gran luz se ha
apagado, el sol se ha apagado". Entonces
la vida es algo ocasional, se convierte en un
objeto y las personas tratan de explotarla lo
mejor posible, usándola como si fuera
un medio para una felicidad inmediata, palpable
y realizable. Pero el gran problema es que si
Dios no está presente y no es también
el Creador de nuestra vida, en realidad la vida
es una simple pieza de la evolución y
nada más; no tiene sentido por sí misma.
Al contrario, debemos tratar de infundir sentido
en esta parte del ser.
Actualmente, en Alemania,
pero también
en Estados Unidos, se está asistiendo
a un debate bastante encendido entre el así llamado "creacionismo" y
el evolucionismo, presentados como si fueran
alternativas que se excluyen: quien cree en el
Creador no podría admitir la evolución
y, por el contrario, quien afirma la evolución
debería excluir a Dios. Esta contraposición
es absurda, porque, por una parte, existen muchas
pruebas científicas en favor de la evolución,
que se presenta como una realidad que debemos
ver y que enriquece nuestro conocimiento de la
vida y del ser como tal.
Pero la doctrina de la
evolución no responde
a todos los interrogantes y sobre todo no responde
al gran interrogante filosófico: ¿de
dónde viene todo esto y cómo todo
toma un camino que desemboca finalmente en el
hombre? Eso me parece muy importante. En mi lección
de Ratisbona quise decir también que la
razón debe abrirse más: ciertamente
debe ver esos datos, pero también debe
ver que no bastan para explicar toda la realidad.
Nuestra razón ve más ampliamente.
En el fondo no es algo irracional, un producto
de la irracionalidad; hay una razón anterior
a todo, la Razón creadora, y en realidad
nosotros somos un reflejo de la Razón
creadora. Somos pensados y queridos; por tanto,
hay una idea que nos precede, un sentido que
nos precede y que debemos descubrir y seguir,
y que en definitiva da significado a nuestra
vida.
Así pues, el primer punto es: descubrir
que realmente nuestro ser es razonable, ha sido
pensado, tiene un sentido; y nuestra gran misión
es descubrir ese sentido, vivirlo y dar así un
nuevo elemento a la gran armonía cósmica
pensada por el Creador. Si es así, entonces
los elementos de dificultad se transforman en
momentos de madurez, de proceso y de progreso
de nuestro ser, que tiene sentido desde su concepción
hasta su último momento de vida.
Podemos conocer esta realidad
del sentido que nos precede a todos nosotros;
y también
podemos redescubrir el sentido del sufrimiento
y del dolor. Ciertamente, hay un dolor que debemos
evitar y eliminar del mundo: muchos dolores inútiles
provocados por las dictaduras, por los sistemas
equivocados, por el odio y la violencia. Pero
en el dolor hay también un sentido profundo
y nuestra vida sólo puede madurar si podemos
dar sentido a ese dolor y sufrimiento.
Sobre todo, no es posible
amar sin dolor, porque el amor implica siempre
renunciar a nosotros mismos, salir de nosotros
mismos, aceptar a los demás con su diferente manera de ser;
implica una entrega de nosotros mismos y, por
tanto, salir de nosotros mismos. Todo esto es
dolor, sufrimiento, pero precisamente en el sufrimiento
de perdernos por los otros, por las personas
que amamos y también por Dios, llegamos
a ser grandes y nuestra vida encuentra el amor,
y en el amor su sentido.
Para ayudarnos a vivir,
la mentalidad moderna debe convencerse de que
amor y dolor, amor y Dios, son inseparables.
En este sentido, es importante hacer que los
jóvenes descubran a Dios,
que descubran el amor verdadero, el cual llega
a ser grande precisamente con la renuncia; así podrán
descubrir también la bondad interior del
sufrimiento, que nos hace libres y más
grandes. Naturalmente, para ayudar a los jóvenes
a encontrar estos elementos, siempre hace falta
acompañarlos en su camino, tanto en la
parroquia como en la Acción católica
y en los Movimientos, pues las nuevas generaciones
sólo en compañía de otros
podrán descubrir esta gran dimensión
de nuestro ser.
-Soy
don Francesco. Santo Padre, me ha impresionado
una frase que escribió usted
en su libro "Jesús de Nazaret": «¿Qué ha
traído en verdad Jesús al mundo,
si no ha traído la paz, el bienestar
para todos o un mundo mejor? ¿Qué es
lo que ha traído? La respuesta es muy
sencilla: "a Dios. Ha traído a
Dios"». Hasta aquí la cita,
que me parece llena de claridad y verdad. Mi
pregunta es: se habla de nueva evangelización,
de nuevo anuncio del Evangelio —esta
ha sido también la decisión principal
del Sínodo de nuestra diócesis
de Belluno-Feltre—, pero ¿qué hacer
para que este Dios, única riqueza traída
por Jesús y que a menudo se presenta
a muchos envuelto en niebla, resplandezca aún
en nuestros hogares y sea agua que apague la
sed también de las numerosas personas
que parecen ya no tener sed? Muchas gracias.
-Benedicto XVI: Gracias.
Es una pregunta fundamental. La pregunta fundamental
de nuestro trabajo pastoral es cómo llevar a Dios al mundo, a nuestros
contemporáneos. Evidentemente, el llevar
a Dios abarca muchos aspectos: el anuncio, la
vida y muerte de Jesús se desarrollaron
en varias dimensiones, que forman una unidad.
Debemos mantener las dos cosas. Por una parte,
el anuncio cristiano, el cristianismo, no es
un paquete complicadísimo de muchos dogmas,
que nadie podría conocer en su totalidad.
No es algo sólo para académicos,
que pueden estudiar estas cosas. Es algo sencillo:
Dios existe, Dios es cercano en Jesucristo. El
mismo Jesucristo, resumiendo, dijo: "Ha
llegado el reino de Dios". Esto es lo que
anunciamos, algo muy sencillo en el fondo. Todos
los otros aspectos son sólo dimensiones
de esa única realidad; no todas las personas
deben conocer todo, pero ciertamente todas deben
entrar en lo íntimo, en lo esencial; así se
abordan con alegría cada vez mayor también
las diversas dimensiones.
Pero, en concreto, ¿qué se ha
de hacer? Hablando del trabajo pastoral actual
ya tocamos los puntos esenciales. Pero continuando
en este sentido, llevar a Dios implica sobre
todo, por una parte, el amor y, por otra, la
esperanza y la fe. Es decir, la dimensión
de la vida: el mejor testimonio de Cristo, el
mejor anuncio, es siempre la vida auténtica
de los cristianos. Hoy el anuncio más
hermoso lo realizan las familias que, alimentándose
de fe, viven con una alegría profunda
y fundamental, incluso en medio del sufrimiento,
y ayudan a los demás, amando a Dios y
al prójimo. También para mí el
anuncio más consolador es siempre ver
a familias católicas o a personalidades
católicas impregnadas de fe. En ellas
resplandece realmente la presencia de Dios y
a través de ellas llega el "agua
viva" de la que usted ha hablado. Así pues,
el anuncio fundamental es precisamente el de
la vida misma de los cristianos.
Naturalmente, después viene el anuncio
de la Palabra. Debemos hacer todo lo posible
para que se escuche y se conozca la Palabra.
Hoy existen muchas escuelas de la Palabra y del
diálogo con Dios en la sagrada Escritura,
diálogo que también se transforma
necesariamente en oración, porque un estudio
meramente teórico de la sagrada Escritura
es sólo una escucha intelectual y no sería
un verdadero y suficiente encuentro con la palabra
de Dios.
Si es verdad que en la
Escritura y en la palabra de Dios es el Señor, el Dios vivo, quien
nos habla, suscita nuestra respuesta y nuestra
oración, entonces las escuelas de la Escritura
deben ser también escuelas de oración,
de diálogo con Dios, de acercamiento íntimo
a Dios.
A continuación vienen todas las formas
de anuncio. Naturalmente, los sacramentos. Con
Dios siempre vienen también todos los
santos. Como nos dice la sagrada Escritura desde
el inicio, Dios nunca viene solo, viene acompañado
y rodeado de los ángeles y de los santos.
En la gran vidriera de San Pedro que representa
al Espíritu Santo me agrada mucho que
Dios se encuentre rodeado de una multitud de ángeles
y de seres vivos, que son expresión y,
por decirlo así, emanación del
amor de Dios.
Con Dios, con Cristo, con
el hombre que es Dios y con Dios que es hombre,
viene la Virgen. Esto es muy importante. Dios,
el Señor, tiene
una Madre y en esa Madre reconocemos realmente
la bondad materna de Dios. La Virgen, Madre de
Dios, es el auxilio de los cristianos, es nuestra
consolación permanente, es nuestra gran
ayuda. Esto lo veo también en el diálogo
con los obispos del mundo, de África y últimamente
de América Latina. El amor a la Virgen
es la gran fuerza de la catolicidad. En la Virgen
reconocemos toda la ternura de Dios; por eso,
cultivar y vivir este gozoso amor a la Virgen,
a María, es un don muy grande de la catolicidad.
Luego vienen los santos.
Cada lugar tiene su santo. Eso está bien, porque así vemos
los múltiples colores de la única
luz de Dios y de su amor, que se acerca a nosotros.
Debemos descubrir a los santos en su belleza,
en su acercarse a nosotros en la Palabra, pues
en un santo determinado podemos encontrar traducida
precisamente para nosotros la Palabra inagotable
de Dios. Asimismo, todos los aspectos de la vida
parroquial, incluso los humanos. No debemos andar
siempre por las nubes, por las altísimas
nubes del Misterio; también debemos estar
con los pies en la tierra y vivir juntos la alegría
de ser una gran familia: la pequeña gran
familia de la parroquia, la gran familia de la
diócesis, la gran familia de la Iglesia
universal.
En Roma puedo ver todo
esto; puedo ver cómo
personas procedentes de todas las partes de la
tierra y que no se conocen, en realidad se conocen,
porque todos forman parte de la familia de Dios;
se sienten una familia porque lo tienen todo:
amor al Señor, amor a la Virgen, amor
a los santos; tienen la sucesión apostólica,
al Sucesor de Pedro, a los obispos.
Esta alegría de la catolicidad, con sus
múltiples colores, es también la
alegría de la belleza. Aquí tenemos
la belleza de un hermoso órgano; la belleza
de una hermosísima iglesia; la belleza
que se ha desarrollado en la Iglesia. Me parece
un testimonio maravilloso de la presencia y de
la verdad de Dios. La Verdad se manifiesta en
la belleza y debemos agradecer esta belleza y
hacer todo lo posible para que permanezca, se
desarrolle y crezca aún más. De
esta forma, llega Dios hasta nosotros de un modo
muy concreto.
-Soy
don Lorenzo, párroco. Santo
Padre, los fieles esperan sólo una cosa
de los sacerdotes: que seamos especialistas
en promover el encuentro del hombre con Dios.
No son palabras mías, sino de Su Santidad
en un discurso al clero. Mi padre espiritual
en el seminario, durante aquellas arduas sesiones
de dirección espiritual, me decía: "Lorenzino,
humanamente vas bien, pero...", y cuando
decía "pero" quería
decir que a mí me gustaba más
jugar al fútbol que hacer la adoración
eucarística. Y decía que eso
no se correspondía con mi vocación;
que yo no debía contradecir a mis profesores
en las clases de moral y de derecho, porque
los profesores sabían más que
yo. Y no sé qué otras cosas quería
insinuar con aquel "pero". De todos
modos, ahora que está en el cielo rezo
por él alguna vez el requiem. A pesar
de todo eso, soy sacerdote desde hace 34 años
y me siento muy feliz. No he hecho milagros,
ni desastres conocidos; tal vez pueda haber
hecho algunos que desconozco. Para mí "Humanamente
vas bien" es una felicitación.
Acercar el hombre a Dios y Dios al hombre, ¿no
se realiza sobre todo a través de lo
que llamamos humanidad, que es irrenunciable
también para nosotros, los sacerdotes?
-Benedicto XVI: Gracias.
Creo que es exacto lo que ha dicho usted al
final. El catolicismo, de una forma un poco
simplista, ha sido considerado siempre la religión del gran et... et...,
es decir, la religión de la síntesis,
no de grandes exclusivismos. Católico
quiere decir precisamente "síntesis".
Por eso, yo no soy partidario de una alternativa:
o jugar al fútbol o estudiar sagrada Escritura
o derecho canónico. Hay que hacer las
dos cosas. Es bueno hacer deporte. Yo no soy
un gran deportista, pero cuando era más
joven me agradaba ir a la montaña de vez
en cuando; ahora sólo hago algunas caminatas
muy fáciles, pero siempre me gusta pasear
aquí en esta hermosa tierra que el Señor
nos ha dado.
Ciertamente, no podemos
vivir siempre en una profunda meditación. Tal vez un santo,
en la última fase de su camino terrestre,
puede llegar a ese punto, pero normalmente vivimos
con los pies en la tierra y los ojos dirigidos
al cielo. Ambas cosas nos las ha dado el Señor.
Por eso, amar las cosas humanas, amar las bellezas
de su tierra, no sólo es muy humano, sino
que además es muy cristiano y precisamente
católico.
Como ya he dicho antes,
una pastoral buena y realmente católica incluye también
este aspecto: vivir en el et... et...; vivir
la humanidad y el humanismo del hombre, todos
los dones que el Señor nos ha dado y que
hemos desarrollado; y, al mismo tiempo, no olvidar
a Dios, porque al final la gran luz viene de
Dios; sólo de él viene la luz que
da alegría a todos estos aspectos de las
cosas que existen.
Así pues, simplemente quiero poner de
relieve la gran síntesis católica,
el et... et...: ser verdaderamente hombre y,
cada uno según sus dones y según
su carisma, amar la tierra y las cosas hermosas
que el Señor nos ha dado, pero también
agradecer el hecho de que en la tierra resplandece
la luz de Dios, que da esplendor y belleza a
todo lo demás. En este sentido, vivamos
gozosamente la catolicidad. Esta sería
mi respuesta.
-Me
llamo don Arnaldo. Santo Padre, debido a
las exigencias pastorales y del ministerio,
juntamente con el número cada vez menor
de sacerdotes, nuestros obispos se ven obligados
a redistribuir el clero, a menudo acumulando
compromisos y encomendando varias parroquias
a la misma persona. Eso afecta a la sensibilidad
de numerosas comunidades de bautizados y a
la disponibilidad de nosotros, los sacerdotes,
para vivir juntos —sacerdotes y laicos— el
ministerio pastoral. ¿Cómo vivir
este cambio de organización pastoral,
privilegiando la espiritualidad del buen Pastor?
Muchas gracias, Santidad.
-Benedicto XVI: Sí, con su pregunta volvemos
a la cuestión de las prioridades pastorales,
de cómo debe actuar un párroco.
Hace poco tiempo, un obispo francés, que
era religioso y por tanto nunca había
sido párroco, me decía: "Santidad,
quisiera que me explicara lo que es un párroco.
Nosotros, en Francia, tenemos grandes unidades
pastorales, con cinco, seis o siete parroquias,
y el párroco se transforma en un coordinador
de organismos, de trabajos diversos". Y
le parecía que el párroco, al estar
así ocupado en la coordinación
de esos diversos organismos, ya no tenía
la posibilidad de un encuentro personal con sus
ovejas; y él, al ser obispo —y,
por tanto, un gran párroco—, se
preguntaba si es bueno ese sistema o si se debería
buscar la manera de hacer que el párroco
sea realmente párroco, es decir, pastor
de su grey.
Naturalmente, yo no podía dar una receta
para resolver esa situación de Francia,
pero el problema hay que plantearlo en general.
El párroco, a pesar de las nuevas situaciones
y las nuevas formas de responsabilidad, no debe
perder la cercanía con la gente; debe
ser realmente el pastor de esa grey que le ha
encomendado el Señor. Hay situaciones
diversas; pienso en los obispos que en sus diócesis
afrontan situaciones muy distintas; deben tratar
de lograr que el párroco siga siendo pastor
y no se convierta en un burócrata sagrado.
En cualquier caso, creo
que la primera manera de estar cerca de las
personas que nos han sido confiadas es precisamente
la vida sacramental: en la Eucaristía estamos juntos y podemos
y debemos encontrarnos. El sacramento de la Reconciliación
es un encuentro personalísimo. También
el Bautismo es un encuentro personal; y no sólo
el momento de administrar el sacramento.
Todos estos sacramentos
tienen un contexto: bautizar implica primero
catequizar de algún
modo a esta joven familia, hablar con ellos,
a fin de que el Bautismo sea también un
encuentro personal y una ocasión para
una catequesis muy concreta. Lo mismo se puede
decir de la preparación para la primera
Comunión, para la Confirmación
y para el Matrimonio: siempre son ocasiones donde
en realidad el párroco, el sacerdote,
se encuentra directamente con las personas; él
es el predicador, el administrador de los sacramentos,
en un sentido que implica siempre la dimensión
humana. El sacramento nunca es sólo un
acto ritual; el acto ritual y sacramental es
la condensación de un contexto humano
en el que se mueve el sacerdote, el párroco.
Además, me parece muy importante encontrar
el modo correcto de delegar. El párroco
no se debe limitar a ser el coordinador de organismos.
Más bien, debe delegar de diferentes maneras.
Ciertamente, en los Sínodos —y aquí,
en vuestra diócesis, habéis tenido
un Sínodo— se encuentra el modo
de librar suficientemente al párroco para
que, por una parte, conserve la responsabilidad
de toda la unidad pastoral que se le ha encomendado,
pero, por otra, no se reduzca sustancialmente
y sobre todo a ser un burócrata que coordina.
Debe tener en su mano los hilos esenciales, contando
luego con colaboradores.
Creo que uno de los frutos
importantes y positivos del Concilio ha sido
la corresponsabilidad de toda la parroquia.
Ya no es sólo el párroco
quien debe vivificar todo, sino que, dado que
todos formamos la parroquia, todos debemos colaborar
y ayudar, a fin de que el párroco no quede
aislado arriba como coordinador. Debe ser realmente
un pastor, con la ayuda de colaboradores en los
trabajos comunes que se realizan en la vida de
la parroquia.
Así pues, esta coordinación y
esta responsabilidad vital de toda la parroquia,
por una parte, y la vida sacramental y de anuncio,
como centro de la vida parroquial, por otra,
podrían permitir también hoy, en
circunstancias ciertamente muy difíciles,
que el párroco conozca efectivamente a
sus ovejas y sea el pastor que de verdad las
llame y las guíe, aunque tal vez no las
conozca a todas por su nombre, como el Señor
nos dice refiriéndose al buen pastor.
A
mí me corresponde la última
pregunta, y tengo la tentación de no
formularla, pues se trata de una pregunta trivial
y, al ver cómo Su Santidad en las nueve
respuestas anteriores nos ha hablado de Dios
elevándonos a grandes alturas, me parece
casi insignificante lo que voy a preguntarle.
Sin embargo, lo voy a hacer. Se trata del tema
de los de mi generación, los que nos
preparamos al sacerdocio durante los años
del Concilio, y luego salimos con entusiasmo
y tal vez también con la pretensión
de cambiar el mundo; hemos trabajado mucho
y hoy tenemos dificultades: estamos cansados,
porque no se han realizado muchos de nuestros
sueños y también porque nos sentimos
un poco aislados. Los de más edad nos
dicen: "¿Veis cómo teníamos
razón nosotros al ser más prudentes?";
y los jóvenes algunas veces nos tachan
de "nostálgicos del Concilio".
Nuestra pregunta es esta: ¿Podemos aportar
aún algo a nuestra Iglesia, especialmente
con la cercanía a la gente que, a nuestro
parecer, nos ha caracterizado? Ayúdenos
a recobrar la esperanza, la serenidad...
-Benedicto XVI: Gracias.
Es una pregunta importante y yo conozco muy
bien la situación. También
yo viví los tiempos del Concilio; estuve
en la basílica de San Pedro con gran entusiasmo,
viendo cómo se abrían nuevas puertas;
parecía realmente un nuevo Pentecostés,
con el que la Iglesia podía convencer
de nuevo a la humanidad, después de que
el mundo se hubiera alejado de la Iglesia en
los siglos XIX y XX. Parecía que la Iglesia
y el mundo se volvían a encontrar, y que
renacía un mundo cristiano y una Iglesia
del mundo y realmente abierta al mundo. Esperábamos
mucho, pero las cosas han resultado más
difíciles en la realidad. Con todo, queda
la gran herencia del Concilio, que abrió un
camino nuevo. Es siempre una charta magna del
camino de la Iglesia, muy esencial y fundamental.
Pero, ¿por qué ha sucedido así?
En primer lugar, quisiera
hacer una anotación
histórica. Los tiempos de un posconcilio
casi siempre son muy difíciles. Después
del gran concilio de Nicea, que para nosotros
es realmente el fundamento de nuestra fe, pues
de hecho profesamos la fe formulada en Nicea,
no se produjo una situación de reconciliación
y de unidad, como esperaba Constantino, promotor
de ese gran concilio, sino una situación
realmente caótica, en la que todos luchaban
contra todos.
San Basilio, en su libro
sobre el Espíritu
Santo, compara la situación de la Iglesia
después del concilio de Nicea con una
batalla naval nocturna, donde nadie reconoce
al otro, sino que todos luchan contra todos.
Realmente era una situación de caos total.
Así describe san Basilio con gran plasticidad
el drama del posconcilio, del tiempo que siguió al
concilio de Nicea. Cincuenta años más
tarde, el emperador invitó a san Gregorio
Nacianceno a participar en el primer concilio
de Constantinopla. El santo respondió: "No
voy, porque conozco muy bien estas cosas; sé que
los concilios sólo generan confusión
y enfrentamientos; por eso no voy". Y no
fue.
Por tanto, con una visión retrospectiva,
ahora para todos nosotros no constituye una gran
sorpresa, como lo fue en un primer momento, digerir
el Concilio y su gran mensaje. Introducirlo y
recibirlo para que se convierta en vida de la
Iglesia, asimilarlo en las diversas realidades
de la Iglesia, es un sufrimiento, y el crecimiento
sólo se realiza con sufrimiento. Crecer
siempre implica sufrir, porque es salir de un
estado y pasar a otro.
En concreto, debemos constatar
que durante el posconcilio se produjeron dos
grandes rupturas históricas. La ruptura de 1968, es decir,
el inicio o —me atrevería a decir— la
explosión de la gran crisis cultural de
Occidente. Había desaparecido la generación
del período posterior a la guerra, una
generación que después de todas
las destrucciones y viendo el horror de la guerra,
del combatirse unos a otros, y constatando el
drama de las grandes ideologías que realmente
habían llevado a la gente al abismo de
la guerra, habían redescubierto las raíces
cristianas de Europa y habían comenzado
a reconstruirla con estas grandes inspiraciones.
Al desaparecer esa generación, se veían
también todos los fracasos, las lagunas
de esa reconstrucción, la gran miseria
que había en el mundo. Así comienza,
explota la crisis de la cultura occidental: una
revolución cultural que quiere cambiar
todo radicalmente. Afirma: en dos mil años
de cristianismo no hemos creado el mundo mejor.
Por tanto, debemos volver a comenzar de cero,
de un modo totalmente nuevo. El marxismo parece
la receta científica para crear por fin
el mundo nuevo.
En este grave y gran enfrentamiento
entre la nueva -sana- modernidad querida por
el Concilio y la crisis de la modernidad, todo
resulta tan difícil como después del primer
concilio de Nicea. Una parte opinaba que esta
revolución cultural era lo que había
querido el Concilio; identificaba esta nueva
revolución cultural marxista con la voluntad
del Concilio. Decía: "Esto es el
Concilio. Según la letra, los textos son
aún un poco anticuados, pero tras las
palabras escritas está este espíritu;
esta es la voluntad del Concilio. Así debemos
actuar".
Y, por otra parte, naturalmente
viene la reacción: "así destruís
la Iglesia". Una reacción absoluta
contra el Concilio, el anticonciliarismo, y también
el tímido, humilde intento de realizar
el verdadero espíritu del Concilio. Dice
un proverbio: "Hace más ruido un árbol
que cae que un bosque que crece". El bosque
que crece no se escucha, porque lo hace sin ruido,
en su proceso de desarrollo. Así, mientras
se escuchaban los grandes ruidos del progresismo
equivocado, del anticonciliarismo, ha ido creciendo
silenciosamente el camino de la Iglesia, aunque
con muchos sufrimientos e incluso con muchas
pérdidas en la construcción de
un nuevo paso cultural.
La segunda ruptura tuvo
lugar en 1989. Tras la caída de los regímenes comunistas
no se produjo, como podía esperarse, el
regreso a la fe; no se redescubrió que
precisamente la Iglesia con el Concilio auténtico
ya había dado la respuesta. El resultado
fue, en cambio, un escepticismo total, la llamada "posmodernidad".
Según esta, nada es verdad, cada uno debe
buscarse la forma de vivir; se afirma un materialismo,
un escepticismo pseudo-racionalista ciego que
desemboca en la droga, en todos los problemas
que conocemos, y de nuevo cierra los caminos
a la fe, porque es muy sencilla, muy evidente.
No, no existe nada verdadero. La verdad es intolerante;
no podemos seguir ese camino.
Pues bien, en esos dos
contextos de rupturas culturales —la primera, la revolución
cultural de 1968; la segunda, la caída
en el nihilismo después de 1989—,
la Iglesia ha seguido con humildad su camino
entre las pasiones del mundo y la gloria del
Señor. En ese camino debemos crecer con
paciencia, aprendiendo nuevamente lo que significa
renunciar al triunfalismo. El Concilio dijo que
era preciso renunciar al triunfalismo, pensando
en el barroco, en todas las grandes culturas
de la Iglesia. Se dijo: comencemos de modo moderno,
de modo nuevo. Pero surgió otro triunfalismo,
el de pensar: nosotros ahora hacemos las cosas;
nosotros hemos encontrado el camino, así construimos
el mundo nuevo. La humildad de la cruz, de Cristo
crucificado, también excluye este triunfalismo.
Debemos renunciar al triunfalismo según
el cual ahora nace realmente la gran Iglesia
del futuro. La Iglesia de Cristo siempre es humilde
y precisamente así es grande y gozosa.
Me parece muy importante
que ahora podamos ver claramente todo lo positivo
que ha habido en el posconcilio: en la renovación de la
liturgia, en los Sínodos —Sínodos
romanos, Sínodos universales, Sínodos
diocesanos—, en las estructuras parroquiales,
en la colaboración, en la nueva responsabilidad
de los laicos, en la gran corresponsabilidad
intercultural e intercontinental, en una nueva
experiencia de la catolicidad de la Iglesia,
de la unanimidad que crece en humildad y sin
embargo es la verdadera esperanza del mundo.
Así pues, debemos redescubrir la gran
herencia del Concilio, que no es un espíritu
reconstruido tras los textos, sino que son precisamente
los grandes textos conciliares releídos
ahora con las experiencias que hemos tenido y
que han dado fruto en tantos Movimientos, en
tantas nuevas comunidades religiosas. Antes de
mi viaje a Brasil tenía yo la idea de
que las sectas estaban creciendo y que la Iglesia
católica era un poco estática;
sin embargo, ya estando allá, comprobé que
casi todos los días nace en Brasil una
nueva comunidad religiosa, un nuevo Movimiento.
No sólo crecen las sectas; también
crece la Iglesia con nuevas realidades, llenas
de vitalidad, que, aunque no llenan las estadísticas —esta
es una esperanza falsa, pues no debemos divinizar
las estadísticas—, crecen en las
almas y suscitan la alegría de la fe,
hacen presente el Evangelio, promoviendo así también
un verdadero desarrollo del mundo y de la sociedad.
Por tanto, me parece que
debemos combinar la gran humildad de Cristo
crucificado, de una Iglesia que es siempre
humilde y siempre atacada por los grandes poderes
económicos, militares,
etc., pero, juntamente con esta humildad, debemos
aprender también el verdadero triunfalismo
de la catolicidad, que crece en todos los siglos.
También hoy crece la presencia de Cristo
crucificado y resucitado, el cual tiene y conserva
sus heridas; está herido, pero precisamente
así renueva el mundo; da su Espíritu,
que renueva también a la Iglesia, a pesar
de toda nuestra pobreza. Con este conjunto de
humildad de la cruz y de alegría del Señor
resucitado, el Concilio nos dio una gran señal
para indicarnos el camino, a fin de que podamos
avanzar con alegría y llenos de esperanza.
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