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Discurso
del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes
en un curso sobre el fuero interno organizado
por la Penitenciaría Apostólica.
Viernes, 16 de marzo de 2007
Señor
cardenal: venerados hermanos en el episcopado
y en el sacerdocio:
Me
alegra acogeros
hoy y dirijo
mi cordial saludo
a cada uno de
vosotros, participantes
en el curso sobre el fuero interno organizado
por la Penitenciaría apostólica.
En primer lugar saludo al señor cardenal
James Francis Stafford, penitenciario mayor,
al que agradezco las amables palabras que me
ha dirigido; al obispo Gianfranco Girotti, regente
de la Penitenciaría; y a todos los presentes.
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| El Papa Benedicto XVI |
Este encuentro
me brinda la oportunidad de reflexionar ¡untamente con
vosotros sobre la importancia del sacramento
de la Penitencia también en nuestro tiempo
y de reafirmar la necesidad de que los sacerdotes
se preparen para administrarlo con devoción
y fidelidad, para alabanza de Dios y para la
santificación del pueblo cristiano, como
prometen al obispo en el día de su ordenación
presbiteral.
En electo,
se trata de una de las tareas características del peculiar
ministerio que están llamados a desempeñar "in
persona Christi'. Con los gestos y las palabras
sacramentales, los sacerdotes hacen visible sobre
todo el amor de Dios, que en Cristo se reveló en
plenitud. Como recuerda el Catecismo de la
Iglesia católica, al administrar
el sacramento del perdón y de la reconciliación,
el presbítero actúa como "el
signo y el instrumento del amor misericordioso
de Dios con el pecador" (n. 1465). Por tanto,
lo que sucede en este sacramento es ante todo
misterio de amor, obra del amor misericordioso
del Señor.
“Dios
es amor" (I
Jn 4, 16): en esta sencilla afirmación
el evangelista san Juan encerró la revelación
de todo el misterio de Dios Trinidad. Y en
el encuentro con Nicodemo, Jesús, anunciando
su pasión y muerte en la cruz, afirma: "Porque
tanto amó Dios al mundo que entregó a
su Hijo único, para que todo el que
crea en él no perezca, sino que tenga
vida eterna" (Jn 3, 16). Todos
necesitamos acudir a la fuente inagotable del
amor divino, que se nos manifiesta totalmente
en el misterio de la cruz, para encontrar la
auténtica paz con Dios, con nosotros
mismos y con el prójimo. Sólo
de esta fuente espiritual es posible sacar
la energía interior
indispensable para vencer el mal y el pecado
en la lucha sin tregua que marca nuestra peregrinación
terrena hacia la patria celestial.
El mundo
contemporáneo
sigue presentando las contradicciones que pusieron
muy bien de relieve los padres del concilio Vaticano II (cf.
Gaudium et spes, 4-10): vemos una humanidad
que quisiera ser autosuficiente, donde no pocos
creen que pueden prescindir de Dios para vivir
bien; y. sin embargo, ¡cuántos parecen
tristemente condenados a afrontar dramáticas
situaciones de vacío existencial!, ¡cuánta
violencia hay aún sobre la tierra!, ¡cuánta
soledad pesa sobre el corazón del hombre
de la era de las comunicaciones! En una palabra,
parece que hoy se ha perdido el "sentido
del pecado", pero en compensación
han aumentado los "complejos de culpa .
¿Quién podrá librar
el corazón de los hombres de este yugo
de muerte, si no es Aquel que con su muerte derrotó para
siempre el poder del mal con la omnipotencia
del amor divino? Como recordaba san Pablo a los
cristianos de Éfeso, "Dios, rico
en misericordia, por el gran amor con que nos
amó, estando muertos a causa de nuestros
delitos, nos vivificó juntamente con Cristo" (Ef
2, 4).
En el
sacramento de la Confesión,
el sacerdote es instrumento de este amor misericordioso
de Dios, que invoca en la fórmula de absolución
de los pecados: "Dios, Padre misericordioso,
que reconcilió al mundo por la muerte
y resurrección de su Hijo, y derramó el
Espíritu Santo para la remisión
de los pecados, te conceda, por el ministerio
de la Iglesia, el perdón y la paz”.
El Nuevo
Testamento, en cada una de sus páginas, habla del amor y de
la misericordia de Dios, que se hicieron visibles
en Cristo. En efecto, Jesús, que "acoge
a los pecadores y come con ellos" (Lc 15,
2), y con autoridad afirma: "Hombre, tus
pecados te quedan perdonados" (Lc 5,
20), dice: "No necesitan médico los
que están sanos, sino los enfermos. No
he venido a llamar a conversión a justos,
sino a pecadores" (Lc 5, 31-32). El
compromiso del sacerdote y del confesor consiste
principalmente en llevar a cada uno a experimentar
el amor que Cristo le tiene, encontrándolo
en el camino de la propia vida, como san Pablo
lo encontró en el camino de Damasco.
Conocemos
la apasionada declaración
del Apóstol de los gentiles después
de aquel encuentro que cambió su vida:
Me amó y se entregó a sí mismo
por mí" (Ga 2, 20). Esta
es su experiencia personal en el camino de Damasco:
el Señor Jesús amó a san
Pablo y dio su vida por él. Y en la Confesión
este es también nuestro
camino, nuestro camino de Damasco, nuestra experiencia:
Jesús me amó y se entregó por
mí. Ojalá que cada persona
haga esta misma experiencia espiritual, como
la hizo el siervo de Dios Juan Pablo II, "redescubriendo
a Cristo como mysterium pietatis, en
el que Dios nos muestra su corazón misericordioso
y nos reconcilia plenamente consigo. Este es
el rostro de Cristo que es preciso hacer que
descubran también a través del
sacramento de la Penitencia" (Novo millennio
ineunte, 37).
El sacerdote,
ministro del sacramento de la Reconciliación, debe
considerar siempre como tarea suya hacer que
en sus palabras y en el modo de tratar al penitente
se refleje el amor misericordioso de Dios. Como
el padre de la parábola del hijo pródigo,
debe acoger al pecador arrepentido, ayudarle
a levantarse del pecado, animarlo a enmendarse
sin llegar a componendas con el mal, sino recorriendo
siempre el camino hacia la perfección
evangélica. Todas las personas que se
confiesan han de revivir en el sacramento de
la Reconciliación esta hermosa experiencia
del hijo pródigo, que encuentra en el
padre toda la misericordia divina.
Queridos
hermanos, todo esto implica que el sacerdote
comprometido en el ministerio del sacramento
de la Penitencia esté animado él
mismo por una constante tensión hacia
la santidad. El Catecismo de la Iglesia católica
apunta alto en esta exigencia cuando afirma: "El
confesor (...) debe tener un conocimiento probado
del comportamiento cristiano, experiencia de
las cosas humanas, respeto y delicadeza con el
que ha caído; debe amar la verdad, ser
fiel al magisterio de la Iglesia y conducir al
penitente con paciencia hacia la curación
y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia
por él, confiándolo a la misericordia
del Señor" (n. 1466).
Para cumplir
esta importante misión, siempre unido interiormente al
Señor, el sacerdote ha de mantenerse fiel
al magisterio de la Iglesia por lo que atañe
a la doctrina moral, consciente de que la ley
del bien y del mal no está determinada
por las situaciones, sino por Dios.
A
la Virgen María,
madre de misericordia, pido que sostenga el ministerio
de los sacerdotes confesores y ayude a todas
las comunidades cristianas a comprender cada
vez más el valor y la importancia del
sacramento de la Penitencia para el crecimiento
espiritual de todos los fieles. A vosotros, aquí presentes,
y a vuestros seres queridos imparto con afecto
mi bendición.
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