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Autor:
Pedro María Reyes Vizcaíno |
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El
sacerdote es, ante todo, servidor de Dios y del
pueblo cristiano. El sacerdote es mediador entre
Dios y los hombres. Su función primordial
es presentar ante Dios las necesidades y los
ofrecimientos de sus hermanos los hombres, y
llevar la gracia de Dios ante los hombres. Está colocado
entre Dios y los hombres para servir de mediador.
En este sentido, solo Jesucristo es perfecto
Mediador, y solo Él tiene el perfecto
sacerdocio. Los sacerdotes participan del sacerdocio
de Cristo. El Señor es perfecto Mediador
porque Él es verdadero Dios y verdadero
Hombre: en la Cruz consumó su sacrificio
de una vez para siempre, y los sacerdotes lo
renuevan en la Santa Misa, haciendo que los hombres
reciban de un modo más eficaz la gracia
del sacramento. Cada vez que el sacerdote celebra
la Misa, hace presente entre los hombres el sacrificio
del Señor en la Cruz y obtiene méritos
y gracias por la Iglesia y la humanidad entera.
Ello es independiente de que haya pueblo asistiendo
a la Misa.
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Corpus Christi en Gáldar
(Islas
Canarias, España) |
Por
lo tanto, se
puede decir que
el mayor beneficio
que un sacerdote puede hacer por los hombres
es la celebración frecuente de la Misa.
No en vano los documentos del Magisterio eclesiástico
alientan a los sacerdotes a la celebración
frecuente de la Eucaristía, incluso diaria.
Muchas veces el sacerdote tiene obligación
en justicia de la celebración de la Misa
(por razón de la oferta recibida en estipendio
o para el cumplimiento del precepto dominical
de los fieles, por ejemplo), pero habrá otras
ocasiones en que el sacerdote celebre la Misa
sin ninguna obligación. También
puede ocurrir que un sacerdote celebre la Misa
habitualmente sin asistencia del pueblo y sin
que medie una obligación. En ese caso,
ese sacerdote está cumpliendo perfectamente
con aquello que Dios y la Iglesia espera de él
porque ofrece el Santo Sacrificio del Altar por
el pueblo. Ese sacerdote cumple con su vocación
con la celebración de la Misa.
No nos podemos olvidar
que la eficacia de la Misa no radica en la
homilía o en la calidad
de la celebración litúrgica (presentación
de las ofrendas bien organizadas o intenciones
de la oración de los fieles bien seleccionadas,
por poner unos ejemplos) sino del efecto sacramental
que se deriva de la renovación del sacrificio
del Señor en la Cruz. El sacerdote debe
predicar con frecuencia y preparar bien las homilías,
y la Iglesia impone la obligación de predicar
determinados días; igualmente a los fieles
les viene bien asistir una celebración
bien organizada, y quizá el sacerdote
comete omisión si descuida esto. Pero
sin olvidar que en una Misa todo ello es accidental,
porque lo sustancial es la renovación
del sacrificio. Por la gracia de Dios, la verdadera
eficacia de la Misa deriva de la consagración,
no de la homilía o de la presentación
de las ofrendas. Los sacerdotes que celebran
la Misa sin homilía o incluso sin pueblo,
ejecen su función sacerdotal tan bien como los
sacerdotes como los que tienen multitudes en
su iglesia.
Los sacerdotes que no tienen
pueblo encomendado a su cuidado pastoral tienen
igualmente obligación
de mediar entre Dios y los hombres. La misión
canónica
concreta el pueblo cristiano al que debe entregarse
el sacerdote, pero los sacerdotes que no tienen
misión canónica (o cuya misión
canónica no incluye la cura de almas de
una determinada porción del pueblo de
Dios) deben ofrecer también sacrificios
por el pueblo pues son sacerdotes, mediadores
entre Dios y los hombres. Aunque -como se comenta
más arriba- no tengan obligación
de celebrar la Misa quizá por haber recibido
un estipendio, sin duda el pueblo cristiano quedará beneficiado
por la gracia que se deriva de la Misa que celebra
ese sacerdote. La caridad sacerdotal y el celo
por las almas llevará a celebrar la Misa
con frecuencia. Nos referimos -insistimos- a
la caridad cristiana que le debe impulsar a ofrecer
la Misa, no solo la piedad del sacerdote.
La eficacia deriva además de la acción
realizada, no de las disposiciones del celebrante.
El sacerdote, por ello, no debe preocuparse por
su indignidad para celebrar la Misa; ciertamente
nadie es digno de celebrar tan augusto misterio,
lo cual lleva además a considerar la humildad
del Señor que se aviene a bajar a nuestras
manos pecadoras. Sin embargo, el sacerdote debe
procurar celebrar con las mejores disposiciones.
Recordamos que si un sacerdote se atreviera a
celebrar la Misa con conciencia de pecado mortal,
cometería un grave sacrilegio. Si en alguna
ocasión se ve obligado a celebrar la Misa
en esta situación, ha de hacer un acto
de contrición lo más perfecto posible,
lo cual incluye el propósito de acudir
al sacramento de la confesión cuanto antes
(cf. canon 916).
Pero por encima de este requisito
el sacerdote ha de procurar celebrar la Misa
con las mejores disposiciones, preparándose
adecuadamente. La piedad del sacerdote y su amor
por Él
hará que no se contente con la celebración
atenta y cuidadosa de la Misa.
Es recomendable que el sacerdote se recoja en
oración antes de comenzar la Misa un tiempo,
e igualmente permanezca unos minutos en la iglesia
o capilla para dar gracias al Señor por
el don recibido. Si el sacerdote tiene el propósito
de hacer oración mental a diario, quizá el
mejor momento es precisamente antes de la Misa.
Igualmente sería deseable que después
de la Misa pudiera dedicarse la acción
de gracias, sugiriendo si acaso a quienes entren
en la sacristía a resolver asuntos que
esperen unos minutos. Ciertamente a veces no
es fácil seguir estos consejos. Pero en
cualquier caso agradaremos al Señor si
ve nuestro esfuerzo por prepararnos adecuadamente
y por darle gracias por la celebración
de la Misa.
La celebración
de la Misa debe aprovechar a la piedad del sacerdote,
que al celebrar la Misa está impersonando
a Cristo. En la Misa el sacerdote presta su voz
al Señor. Es como si el Señor se
rebajara a obedecer al sacerdote, pues la transubstanciación
se realizará cuando el sacerdote quiera
pronunciar las palabras de la consagración.
Ello debe alentar al sacerdote a tratar a Cristo
que se hace presente en el altar con mucho amor
y delicadeza. Jesús se allana a quedarse
en nuestras manos; hagamos de ellas un trono
como el que no tuvo en Belén o como no
tuvo el Viernes Santo. El trono se hará ante
todo por el amor que le tratamos en esos momentos.
Si otros maltratan al Señor, nosotros
le cuidaremos y le querremos, haremos que el
Señor se quede contento de haber realizado
la obra de la redención al ver nuestra
actitud. Eso lo haremos principalmente en el
altar y especialmente cuando viene a nuestras
manos.
La preparación se debe
hacer no solo con la oración, sino con
el ejemplo de vida que ofrece el sacerdote. El
ministro de Cristo debe ser modelo de virtudes
porque tiene trato directo con Él y lo
tiene en sus manos a diario. Los fieles deben
reconocer en el sacerdote al mismo Cristo a quien
representa sacramentalmente. Por ello, la celebración
de la Misa debe provocar en el sacerdote además
el deseo de imitar lo que hacemos.
Entre las virtudes sacerdotales
destaca la caridad. Hemos
de imitar al Señor
que se entrega en la Eucaristía. De ahí nace
la consideración de la Eucaristía
como sacramento de caridad. No en vano el Señor
instituyó el mandato del amor fraterno
en la misma ocasión que instituyó el
sacramento de la Eucaristía; es como si
el Señor que nos dice “amaos los
unos a los otros como Yo os he amado” (Jn
13, 34), quisiera poner su entrega en la Eucaristía
como ejemplo de amor supremo a los hombres. El
sacerdote que celebra frecuentemente el misterio
de amor de la Eucaristía debe ser hombre
de caridad.
Artículo relacionado: La
caridad pastoral
como principio específico
de la espiritualidad sacerdotal.
Del mismo modo, el recuerdo
del misterio celebrado ha de prologarse durante
la jornada del sacerdote. Durante el resto
del día podrá dar
gracias a Dios por el don del sacramento que
ha celebrado, y le impulsará a vivir su
fe como corresponde a un ministro del sacramento
de la caridad.
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