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Autor: Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo |
Fuente:
Revista "Alfa y Omega",
Madrid, 25 de octubre
de 2007 |
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la célula comunista ‘Ho Chi Min’ al
diaconado.
Manuel
Barberá, sacerdote de 79 años,
tiene una vida de película. Militó en
el Partido Comunista, se exilió en Méjico,
donde fundó una familia, y al regresar
a España se convirtió; al morir
su esposa, entró en el Seminario. Hoy
da testimonio de cómo cuando conoció a
Jesucristo cambió su vida. Ésta
es su historia:
Don Manuel, ¿cómo
se hizo comunista?
Yo procedo de una familia
de izquierdas. Antes de cumplir los 14 años, yo ya pertenecía
al Partido Comunista. Como era muy joven, me
utilizaban para comunicar mensajes entre los
distintos grupos (todo en la cabeza, nada por
escrito). Se servían de los más
jóvenes para ir dando las noticias, sobre
todo de reuniones, porque nunca íbamos
al mismo sitio. Sólo hablábamos
con una persona, con el fin de que, si nos cogían,
no pudiéramos dar mucha información.
Un día, los camaradas del Partido Comunista
me avisaron de que me habían localizado.
El problema no era sólo que era marxista,
sino que además yo me había negado
a hacer el servicio militar; me había
convertido en un prófugo. Intenté salir
de España por la frontera de Portugal.
Me dieron una fotografía rota a la que
le faltaba la otra mitad, y me mandaron a un
pueblo de Salamanca cerca de la frontera, sin
maleta ni nada, para no levantar sospechas. Al
cabo de los años, me di cuenta de que
ahí el Señor empezó a llamarme,
porque mi sorpresa fue que la casa a la que debía
ir -y en la que me enseñaron la otra mitad
de la fotografía- era la del cura. Estuve
con él ocho días, haciéndome
pasar por su sobrino. Fue el tiempo que él
necesitó para ponerme en contacto con
unos contrabandistas; una noche, me prepararon
una mochila con contrabando, con el propósito
de que, si me cogían, fuese por contrabando,
no por cuestiones políticas.
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Catedral de Nuestra Señora
de la Almudena
(Madrid) |
Y
así pasó a
Portugal...
Así es. Me acogió un comité de
exiliados políticos y me llevaron a un
pueblo cerca de Lisboa, en el que estuve retenido
seis meses. Yo quería ir a Rusia, pero
no me arreglaron los papeles más que para
Estados Unidos. Al llegar allí, me asusté.
Me decía: Yo, ¿aquí?, ¿en
el país del capitalismo? Yo aquí no
puedo vivir. Entonces pude irme de nuevo, esta
vez a Méjico, donde estaba exiliado el
Gobierno de la República. Allí estuve,
por fin, quince años. A los cinco, me
casé por poderes con mi novia, que se
había quedado en España, y pude
traerla para Méjico. Luego nacieron mis
dos hijos, Manuel y Teresa. En el año
60, Franco dio la amnistía a todos los
exiliados políticos que llevaran fuera
de España mínimo cinco años
y que no tuvieran delitos de sangre. Yo ahora
me doy cuenta de que el Señor nunca levantó las
manos de mi cabeza, porque no tuve este tipo
de delitos, aunque no porque no lo hubiese deseado.
¿Y cómo entró en
la Iglesia?
Mi esposa también era de izquierdas.
A la muerte de su madre, ya aquí en España,
entró en una crisis espantosa. Un íntimo
amigo de mi hijo le propuso hacer las catequesis
del Camino Neocatecumenal, y estuvo machacando
con eso a mi mujer y a mis hijos, pero a mí nunca
me decía nada. Yo le decía a mi
mujer: «Que conmigo no se meta con eso
de la Iglesia, porque se puede llevar un buen
susto». En fin, que mi mujer accedió a
ir un par de veces para agradecer a este amigo
su interés, para luego dejarlo diciendo
que no le gustaban. Yo me asusté; pensaba:
Me la van a coger cuatro o cinco curas y monjas,
y me la van a volver una beata. Así que
decidí acompañarla, con la excusa
de que las charlas acababan tarde. Ése
era el plan, pero al cabo de tres días,
cuando ella dijo: «Ya no venimos más»,
yo le contesté: «Yo sí voy
a seguir viniendo. Tengo que averiguar por qué este
hatajo de idiotas se cree lo que dice».
Poco a poco, fuimos entrando en la Iglesia. Yo
siempre había concebido a Jesucristo como
un líder de izquierdas para los pobres,
no como el Hijo de Dios, y siempre había
pensado que Dios era un justiciero, pero empecé a
conocerle y a saber que Dios me quería
tal como era. Si era pecador, me quería;
si era comunista, me quería. Comprendí que
no se trataba de cambiar las estructuras, como
decía el marxismo, sino que la solución
del mundo es cambiar el corazón del hombre,
cambiar nuestro corazón de piedra y de
egoísmo por un corazón de carne.
Es lo que la Iglesia ha hecho conmigo. Tuve mucha
oposición; mi propio hijo me dijo que
le había defraudado: «Todo lo que
me has enseñado en la vida, me lo has
tirado por el suelo».
Y al cabo de un tiempo se hizo sacerdote...
En el año 1984, mi mujer murió de
un cáncer de páncreas. Habíamos
estado a punto de irnos como familia en misión,
pero al final no pudimos ir porque no había
ningún cura que nos pudiese acompañar.
Yo entré en una lucha tremenda con Dios: ¿Dónde
está tu amor? Ahora que estábamos
en la Iglesia y nos queríamos ir de misión,
vas y te la llevas. Cuando murió, sentí que
me arrancaban parte de mi ser. Después
de mucho tiempo de sufrimiento, entendí:
Se ha ido para que yo pueda ser presbítero,
y pueda acompañar a alguna familia en
misión, como nosotros no pudimos hacer.
Y así fue, hasta hoy. Hoy mis hijos y
mis nietos están en la Iglesia, ¡y
hasta tengo tres biznietas!
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