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Autor:
Maurizio Fontana |
Fuente:
L'Osservatore Romano,
19-20 de noviembre de 2007 |
Artículo relacionado: El
sacerdote y los sacramentos. Entrevista
a Mons. Malcolm Ranjith sobre el Motu proprio Summorum Pontificum.
Entrevista
a Mons. Albert Malcolm Ranjith, Arzobispo Secretario
de la Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.
A sesenta años de distancia
de la publicación de la Encíclica
de Pío XII Mediator Dei,
el debate sobre la liturgia está más
abierto y es más vivo que nunca: la reciente
entrada en vigor del motu proprio Summorum
Pontificum –con el cual Benedicto
XVI ha concedido la posibilidad de celebrar la
Eucaristía según el misal tridentino
sin tener que pedir permiso al obispo– ha
alimentado una controversia que desde el Concilio
Vaticano II nunca ha estado realmente adormecida.
En "L'Osservatore Romano" del
domingo 18, Nicola Bux, apelando justamente a
la Mediator Dei, ha reafirmado
la importancia de una amplia discusión
sobre la liturgia, que ha de llevarse adelante "sin
prejuicios y con gran caridad": un debate –ha
especificado– necesariamente guiado por
la Congregación para el Culto Divino y
la disciplina de los Sacramentos.
Sobre este
tema hemos entrevistado al secretario de dicha
congregación, el
arzobispo Albert Malcom Ranjith.
Partamos precisamente
de la Mediator
Dei: ¿podemos
resumir sus aspectos más significativos?
Con la
encíclica Mediator
Dei, Pío XII –basándose
también en cuanto afirma San Pío
X en el motu proprio Tra le sollecitudini– persigue
presentar a los fieles una síntesis
teológica de la íntima esencia
de la liturgia: trata de captar sus orígenes
y la define como el acto sacerdotal de Cristo
por el que tributa alabanza y gloria a Dios
y –sobre todo a través de su
sacrificio– hace efectiva la voluntad
salvífica del Padre. En este sentido
Cristo está en el centro de la plegaria
y del papel sacerdotal de la Iglesia.
"El Divino Redentor –leemos
en la encíclica– quiso, pues, que
la vida sacerdotal iniciada por Él en
su cuerpo mortal con sus plegarias y su sacrificio,
no cesara en el curso de los siglos en su Cuerpo
Místico que es la Iglesia". En substancia,
la encíclica evidencia que el culto no
es nuestro sino de Cristo, en el cual todos estamos
insertos. Es más o menos la línea
que Benedicto XVI ha ofrecido en sus escritos
litúrgicos antes y después de su
elección: no somos nosotros los que llevamos
a cabo el acto litúrgico, sino que en él
nos conformamos al acto litúrgico celestial
que ya está produciéndose eternamente.
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Campanario de una iglesia
(Valladolid, España) |
La
encíclica
de Pío XII "sobre Sagrada Liturgia" anticipó en
dieciséis años la Sacrosanctum
Concilium, ¿qué relaciones
podemos encontrar entre ambos documentos? ¿Hay
continuidad entre ellos? ¿Es verdad
que –como ha escrito Bux– sin
la Mediator Dei no
se puede entender plenamente la constitución
conciliar?
Se puede
desde luego afirmar que la reforma litúrgica preconciliar
fue una suerte de apertura hacia lo que iba después
a suceder en el Concilio Vaticano II. Por lo
demás, el hecho de que la Sacrosanctum
Concilium haya sido el primer documento
de la asamblea ecuménica confirma no sólo
la importancia primaria de la liturgia para la
vida de la Iglesia, sino que evidentemente los
padres conciliares tenían ya a su disposición
los instrumentos preparados para proceder a una
rápida definición y a la renovación
de la liturgia. Se debe, además, recordar
que la mayor parte de los expertos que habían
trabajado para guiar la reforma preconciliar
fueron integrados e incluidos en la preparación
de la Sacrosanctum Concilium.
Hay, en fin, una continuidad práctica
paralela a la continuidad teológica: en
efecto, la Sacrosanctum Concilium –incluso
en su marcada preocupación pastoral por
volver la liturgia más eficaz y participada– expresa
bien el concepto de la participación en
la liturgia celestial. Este aspecto de la Mediator
Dei, en un cierto sentido, confluye
de manera natural en la Sacrosanctum
Concilium. Si consideramos también
el planteamiento de los dos documentos, encontramos
un mismo esquema compositivo. Los vínculos
aparecen con claridad: la Sacrosanctum
Concilium continúa la gran tradición
de la Mediator Dei, tal como
la Mediator Dei se había
colocado en la línea de los precedentes
pontífices, en especial de San Pío
X.
Frente
a esta continuidad, ¿no
deben quizás superarse ciertos prejuicios
sobre la Iglesia preconciliar y en particular
sobre el mismo Pío XII?
Por supuesto.
Por lo demás,
ya el cardenal Ratzinger –en el Informe
sobre la Fe– hablaba de la distinción
entre una interpretación fiel al Concilio
y una aproximación más bien aventurada
e irreal al mismo, llevada adelante por ciertos
círculos teológicos animados de
aquello que se definía como "el espíritu
del Concilio" y que él, en cambio,
llama "anti-espíritu" (Konzils-Ungeist).
Tal distinción se puede captar también
en relación a cuanto sucedió en
materia litúrgica: en diferentes innovaciones
introducidas se pueden, en efecto, identificar
diferencias substanciales entre el texto de la Sacrosanctum
Concilium y la reforma postconciliar
llevada adelante. Es verdad que el documento
dejaba espacios abiertos a la interpretación
y a la búsqueda, pero eso no quiere decir
que fuera invitación a una renovación
litúrgica entendida como algo que realizar ex
novo; al contrario, se insertaba plenamente
en la tradición de la Iglesia.
Como usted mismo
ha recordado, en la Mediator
Dei y los documentos
conciliares la centralidad de Cristo en la
liturgia se afirma siempre con claridad y
vigor, ¿ha sabido la llamada Iglesia
postconciliar encarnar plenamente esta realidad?
Tocamos
en este tema una fibra dolorosa. Hay efectivamente
un problema práctico:
el valor de las normas y de las indicaciones
de los libros litúrgicos no ha sido completamente
entendido por todos en la Iglesia. Pongo un ejemplo.
Lo que debe acontecer en el altar está,
por supuesto, bien explicado en los textos litúrgicos,
pero ciertas indicaciones no han sido tomadas
en serio del todo. Hay una cierta tendencia a
interpretar la reforma litúrgica postconciliar
utilizando la "creatividad" como regla.
Esto no lo permiten las normas. La liturgia,
en ciertos lugares, ya no parece reflejar su
cristocentrismo; en lugar de ello, manifiesta
un espíritu de inmanentismo y antropocentrismo,
siendo la verdad muy diferente: un auténtico
antropocentrismo debe ser cristocéntrico.
Cuanto sucede en el altar no depende de nosotros:
es Cristo el que obra y la centralidad de la
figura de Cristo substrae tal acción a
nuestro control. Somos absorbidos y nos dejamos
absorber por esa acción, hasta tal punto
que al final de la plegaria eucarística
pronunciamos la estupenda doxología que
reza: "Por Cristo, con Él y en Él".
La tendencia "creativa" a
la que aludía no está permitida
por las instrucciones de los libros litúrgicos.
Desgraciadamente, deriva de una mala interpretación
de los textos o tal vez de un escaso conocimiento
de éstos y de la liturgia misma. Debemos
darnos cuenta de que la liturgia tiene una peculiar
característica "conservadora" (aunque
no en la acepción negativa que hoy algunos
dan a esta palabra). Del Antiguo Testamento emerge
una gran fidelidad a los ritos y el mismo Jesús
siguió siendo fiel al ritual de los predecesores.
La Iglesia después ha seguido la misma
línea. San Pablo afirma: "Yo os transmito
a vosotros lo que he recibido" (I Cor XI,
23) y no "lo que he inventado". Es éste
un aspecto central: estamos llamados a ser fieles
a algo que no nos pertenece sino que nos viene
dado; debemos ser fieles a la seriedad con la
que se celebran los sacramentos. ¿Para
qué llenar páginas y páginas
de instrucciones si después cada uno se
siente autorizado a hacer lo que le viene en
gana?
Después de
la publicación del motu proprio Summorum
Pontificum se ha
vuelto a encender el enfrentamiento entre
los llamados tradicionalsitas y los innovadores. ¿Tiene
sentido una contraposición semejante?
Absolutamente
no. No ha habido ni hay una escisión entre un antes y un
después; hay, por el contrario, una línea
de continuidad. A propósito del motu proprio,
volvamos al tema que acabamos de ver. Respecto
a la misa tridentina, ha habido una creciente
demanda en el tiempo, cada vez más organizada.
Por otro lado, la fidelidad a las normas de la
celebración de los sacramentos continuaba
disminuyendo. Cuanto más se reducían
esa fidelidad y el sentido de la belleza y de
la maravilla de la liturgia, tanto más
aumentaba la demanda de la misa tridentina. Y
bien, de hecho, ¿quiénes realmente
han traído de nuevo la misa tridentina?
No solo aquellos grupos que la deseaban, sino
indirectamente también los que han observado
que había poco respeto a las normas para
una digna celebración según el Novus
ordo. Durante años ha padecido
la liturgia demasiados abusos y muchos obispos
lo han ignorado. El papa Juan Pablo II hizo un
dramático llamado en Ecclesia
Dei aflicta, que no era otra cosa que
una exhortación a la Iglesia para ser
más seria en la liturgia. Dígase
lo mismo de la instrucción Redemptionis
sacramentum. Y, sin embargo, este documento
fue criticado por ciertos círculos de
liturgistas y comisiones de liturgia. El problema,
pues, no era tanto la demanda de la misa tridentina
cuanto más bien un abuso ilimitado contra
la nobleza y la dignidad de la celebración
eucarística. Frente a eso no podía
callar el Santo Padre: como se advierte a través
de la carta dirigida a los obispos sobre el motu
proprio y también de sus múltiples
discursos, el Papa tiene un profundo sentido
de responsabilidad pastoral. Por ello, este documento,
además de ser un intento de buscar la
unión con la Fraternidad Sacerdotal de
San Pío X, es también un signo,
un fuerte reclamo del pastor universal a un sentido
de seriedad.
¿Es también
una llamada a los que forman a los sacerdotes?
Diría que sí.
Por lo demás, frente a ciertas concepciones
arbitrarias y poco serias de la liturgia habría
que preguntarse qué es lo que se enseña
en algunos seminarios. No se puede uno acercar
a la liturgia con actitud superficial y poco
científica. Esto vale para quien adopta
una interpretación "creativa" de
la liturgia, pero también para quien presume
con demasiada facilidad de establecer cómo
era la liturgia en los orígenes de la
Iglesia. Es necesaria siempre una exégesis
atenta, no se puede uno lanzar a ingenuas interpretaciones.
Hay, sobre todo, en algunos círculos litúrgicos
una cierta tendencia a infravalorar cuanto la
Iglesia ha madurado en el segundo milenio de
su historia. Se habla de empobrecimiento del
rito, pero es ésta una conclusión
demasiado banal y simplista; creemos, en cambio,
que la tradición de la Iglesia se manifiesta
en un desarrollo continuo. No podemos decir que
una parte es mejor que otra: lo que cuenta es
la acción del Espíritu Santo en
continuo crecimiento, a pesar de los altibajos
de la historia. Debemos ser fieles a la continuidad
de la tradición.
La liturgia es central para
la vida de la Iglesia: lex orandi, lex
credendi, pero también lex
vivendi. Para una verdadera renovación
de la Iglesia –tan deseada por el Concilio– es
necesario que no se limite la liturgia a un estudio únicamente
académico, sino que ésta se convierta
en una prioridad absoluta en las iglesias locales.
Por eso es importante que a la formación
litúrgica según la mente de la
Iglesia se le dé la justa importancia
a nivel local. A fin de cuentas, la vida sacerdotal
está estrechamente ligada a lo que el
sacerdote celebra y a cómo lo celebra.
Si un sacerdote celebra bien la Eucaristía
se siente interpelado para ser coherente y para
convertirse en parte del sacrificio de Cristo.
La liturgia se vuelve así fundamental
para la formación de sacerdotes santos.
Es ésta una gran responsabilidad de los
obispos que pueden así hacer mucho para
una verdadera renovación de la Iglesia.
Un
aspecto no secundario del debate sobre la
liturgia es por supuesto el del arte sacro,
comenzando por el importante capítulo de la música litúrgica.
Justamente en días pasados, "L'Osservatore
Romano" ha afrontado estos temas dando
cuenta de las consideraciones, ciertamente
inquietantes, de monseñor Valentín
Miserachs Grau.
La Congregación está todavía
estudiando el documento para el nuevo antifonal
y hemos consultado también al propio Instituto
de Música Sacra. Esperamos poder llegar
a una rápida conclusión. Cantar
significa rezar dos veces y esto vale sobre todo
para el canto gregoriano, que es un tesoro inestimable.
El Papa en la Sacramentum caritatis ha
hablado claramente de la necesidad de enseñar
en los seminarios el canto gregoriano y la lengua
latina: debemos custodiar y valorizar tan inmenso
patrimonio de la Iglesia Católica y utilizarlo
para tributar alabanza al Señor. Seguramente
habrá que trabajar todavía sobre
este aspecto. Hay también muchos cantos
en el uso común que no tienen relación
con la tradición del canto gregoriano:
es importante asegurarse que sean edificantes
para la fe, que alimenten espiritualmente a quien
participa en la liturgia y que dispongan realmente
el corazón de los fieles para escuchar
la voz de Dios. Los contenidos, además,
deben ser controlados por los obispos para evitar,
por ejemplo, tendencias new age.
A este respecto es igualmente necesario ejercitar
un gran sentido de discreción en el uso
de instrumentos musicales: que todo sea sólo
para la edificación de la fe.
En
el campo de la arquitectura sagrada el diálogo con
los especialistas parece estar más
delineado; más dificultoso parece,
en cambio, el que se mantiene con los artistas
figurativos. Si algunos grandes artistas
contemporáneos aparecen involucrados
en la interpretación de los temas
sacros, esto pasa en mucha menor medida con
la producción pensada a propósito
para los lugares de culto. ¿Es sólo
un problema de encargos o el diálogo
que tanto promovía Pablo VI necesita
de un nuevo impulso?
El Concilio
dedicó un
capítulo entero al arte sacro. Entre los
principios afirmados es esencial el del vínculo
entre arte y fe. El diálogo es fundamental.
Cada artista es una persona muy especial, tiene
un estilo propio del que está muy orgulloso.
Hay que saber entrar en el corazón del
artista con la dimensión de la fe. Es
difícil, pero la Iglesia debe encontrar
las vías para un diálogo más
profundo. El 1º de diciembre habrá una
jornada de estudio sobre el tema en el Vaticano,
organizada por la Congregación; contamos
con que pueda ser una ocasión para impulsar
este diálogo y la promoción del
arte sacro.
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