Vida Sacerdotal - Mensajes a la Penitenciaría Apostólica

Discurso del Papa Francisco a la Penitenciaría Apostólica de 2022

el . Publicado en Mensajes del Papa a la Penitenciaría Apostólica

Queridos hermanos, ¡buenos días y bienvenidos!

Me alegra encontrarme con vosotros con motivo del Curso anual sobre el Foro Interno, organizado por la Penitenciaría Apostólica y que ya ha alcanzado su trigésima segunda edición. Son constantes, son constantes. ¡Felicitaciones!

Saludo al cardenal Mauro Piacenza, penitenciario mayor, y le agradezco de corazón sus palabras introductorias. Saludo al Regente, a los Prelados, a los Oficiales y al Personal de la Penitenciaría, a los Colegios de los Penitenciarios Ordinarios y Extraordinarios de las Basílicas Papales de la Urbe, y a todos vosotros, participantes en el Curso, verdaderamente numerosos: ¡unos ochocientos clérigos! Esta es una buena señal, porque hoy en día una mentalidad muy extendida lucha por comprender la dimensión sobrenatural, o incluso quiere negarla. Siempre, siempre la tentación de reducirla. La confesión es un diálogo. Y el diálogo no puede reducirse a tres o cuatro consejos psicológicos para seguir adelante, esto es quitarle al Sacramento lo esencial del Sacramento.

Puede hacer bien bueno no solo a vosotros, sino a todos los sacerdotes confesores, quizás aprovechando el tiempo cuaresmal, releer y meditar la Nota sobre el foro interno y la inviolabilidad del sigilo sacramental, publicada por la Penitenciaría Apostólica en 2019. Esta toca aspectos de gran actualidad, y sobre todo nos ayuda a redescubrir qué precioso y necesario es, también en nuestros días, el ministerio de la Reconciliación, que hace visible y realiza la misericordia de Dios, la realiza.

En una entrevista reciente, con una expresión desacostumbrada, he afirmado que “el perdón es un derecho humano”. Todos nosotros tenemos el derecho de ser perdonados. Todos. En efecto, esto es aquello que más profundamente anhela el corazón de cada hombre, porque, en el fondo, ser perdonado significa ser amado por aquello que somos, a pesar de nuestros límites y nuestros pecados. Y el perdón es un “derecho” en el sentido de que Dios, en el misterio pascual de Cristo, lo ha donado de manera total e irreversible a todo hombre dispuesto a acogerlo, con un corazón humilde y arrepentido. Dispensando generosamente el perdón de Dios, nosotros confesores colaboramos en la curación de los hombres y del mundo; cooperemos a la realización de aquel amor y de aquella paz que tan intensamente anhela todo corazón humano; con el perdón contribuimos, permitidme la palabra, a una “ecología” espiritual del mundo.

Un confesionario
Un confesionario

Me gustaría ofreceros algunas ideas de reflexión y revisión de vida en torno a tres palabras clave: acogida, escucha y acompañamiento. Acogida, escucha y acompañamiento. Tres dimensiones esenciales del ministerio del confesor; tres rostros del amor, a los que se suma la alegría, que siempre lo acompaña.

La acogida debe ser la primera característica del confesor. Es la que ayuda al penitente a acercarse al Sacramento con el espíritu recto, a no replegarse sobre sí mismo y su propio pecado, sino a abrirse a la paternidad de Dios, al don de la Gracia. La acogida es la medida de la caridad pastoral, que habéis madurado en el camino de la formación al sacerdocio y es rica en frutos tanto para el penitente como para el confesor mismo, que vive su paternidad, como el padre del hijo pródigo, lleno de alegría por el regreso del hijo. ¿Tenemos esta acogida y esta alegría? La serenidad de un confesor que sabe acoger, de día o de noche: “Ponte cómodo”, y deja hablar. Cread el clima de paz, también de alegría.

El segundo elemento es la escucha. Escuchar ‑lo sabemos‑ es más que oír. Requiere una disposición interior hecha de atención, disponibilidad, paciencia. Se tienen que dejar los propios pensamientos, los propios esquemas, para abrir de verdad la mente y el corazón a la escucha. Si, mientras el otro habla, tú ya estás pensando qué decir, qué responder, entonces no estás escuchando a él o a ella, sino a ti mismo. Este es un vicio feo: el confesor que se escucha a sí mismo: “¿Qué voy a decir?”. Él sale purificado, ¿pero tú? Sales pecador, porque no cumples tu servicio de escuchar para perdonar. En algunas confesiones no se debe decir nada o casi nada ‑quiero decir como consejo o exhortación‑ sino que sólo se debe escuchar y perdonar. La escucha es una forma de amor que hace sentir al otro verdaderamente amado.

Y otra cosa que me gustaría decir sobre la escucha: por favor, quitad toda curiosidad. A veces hay penitentes que se avergüenzan de lo que están diciendo, no saben decirlo, pero asienten. El Penitenciario Mayor nos enseñó una cosa buena: cuando hemos entendido el asunto, digamos: “Entiendo, adelante, otra cosa…”. Ahorrad el dolor de decir las cosas que no saben cómo decirlas, y no caigas en la curiosidad de preguntar: “¿Y cómo fue? ¿Y cuántas veces?” ¡Por favor! No seas un torturador, sé un padre amoroso. La curiosidad pertenece al diablo. “No, debo saber para evaluar si perdono…”. ¡Si Jesús te tratara así!

¡Y cuántas veces la confesión del penitente se convierte también en un examen de conciencia para el confesor! Me ha pasado a mi. También a vosotros, estoy seguro. Ante ciertas almas fieles, tenemos que preguntarnos: ¿tengo yo esta conciencia de Jesucristo vivo? ¿Tengo esta caridad hacia los demás? ¿Esta capacidad de cuestionarme a mí mismo? Escuchar implica una especie de vaciamiento: vaciarme de mí mismo para acoger al otro. Es un acto de fe en el poder de Dios y en la tarea que el Señor nos ha confiado. Solo por la fe los hermanos y hermanas abren su corazón al confesor; por tanto, tienen el derecho a ser escuchados con fe, y con esa caridad que el Padre reserva para sus hijos. ¡Y esto genera alegría!

La tercera palabra clave es acompañamiento. El confesor no decide en lugar del fiel, no es dueño de la conciencia del otro. El confesor simplemente acompaña, con toda la prudencia, el discernimiento y la caridad de que es capaz, al reconocimiento de la verdad y de la voluntad de Dios en la experiencia concreta del penitente. A veces diciendo una palabra o dos, pero adecuadas, y no dando una homilía dominical. El penitente quiere irse lo más rápido posible, esto se entiende. Di lo justo para acompañarlo, siempre. Siempre es necesario distinguir el coloquio de la confesión verdadera y propia, vinculado por el sigilo, del diálogo de acompañamiento espiritual, también reservado, aunque de forma diferente.

Y sobre esto me gustaría aclarar una cosa. He entendido que en algún grupo, en alguna asociación, está entrando en una relativización del sigilo sacramental. Por ejemplo, se dice: el sello es el pecado, pero luego todo lo que viene después del pecado o antes del pecado, se puede decir. ¡No! Y hay algunos grupos que sostienen esto; y luego el confesor dice a los superiores las otras cosas. No. El sigilo es desde el momento en que uno comienza hasta el momento del final. Pero, ¿si a mitad habláis de esa cosa...? Nada, todo está bajo el sigilo. Para estar seguro de esto, quiero que todos los confesores sean especialistas en la escucha. ¿Y si ha salido algo que también el penitente querría que se supiera? Es necesario pedir permiso sobre lo que me dijiste en confesión: “Dímelo otra vez y dime si puedo hablar de ello”. Ser claros. Algunos teólogos pueden decir: “Pero no es así la cosa, es más amplio”. Es doctrina común ‑¡al menos en este Pontificado!‑ que el sigilo va desde el momento inicial hasta el final. Y esta es la doctrina que hay que seguir, sin entrar en esos matices “de aquí para allá”, que luego sirven para gobernar mal.

El confesor tiene siempre como objetivo la llamada universal a la santidad (cf. Lumen gentium, 39-42), y acompañar discretamente hacia ella. Acompañar significa cuidar al otro, caminar junto a él o ella. No basta indicar un destino, si luego no se está dispuestos a recorrer juntos ni siquiera un trecho de camino. Por breve que sea el coloquio de la confesión, a partir de algunos pequeños detalles se pueden comprender cuáles son las necesidades del hermano o de la hermana: a ellas estamos llamados a responder, acompañando sobre todo a la comprensión y a la acogida de la voluntad de Dios, que es siempre el camino del bien mayor, el camino de la alegría y de la paz.

Queridos hermanos, doy gracias al Señor con vosotros por el ministerio que desempeñáis o que pronto os será confiado ‑porque aquí hay diáconos‑, ministerio al servicio de la santificación del Pueblo fiel de Dios. Y también vosotros, por favor, confesáos. Vosotros id a pedir el perdón de vuestros pecados, ¿de acuerdo? Esto es muy saludable. Nos hace mucho bien a nosotros, confesores, hacerlo. Os recomiendo: ocupad de buena gana el confesionario, acoged, escuchad, acompañad, sabiendo que todos, absolutamente todos, tienen necesidad del perdón, es decir, de sentirse amados como hijos de Dios Padre. Las palabras que decimos: “Yo te absuelvo de tus pecados” significan también “tú, hermano, hermana, eres precioso, eres preciosa para Dios; es un bien que estés ahí”. Y esta es una medicina muy poderosa para el alma y también para la psique de todos.

Y me gustaría volver a un detalle que ya he mencionado antes. Dos testimonios. El detalle lo he dicho a propósito de la dificultad de decir los pecados, por lo que el penitente dice una pequeña parte de ellos, pero nosotros entendemos que la cosa es mayor. Entonces es necesario detenerse, no torturar al penitente: “Comprendo, adelante“. “Pero yo debo, soy juez, tengo que juzgar”. ¿Entendiste? Perdona lo que has entendido. Punto. A veces es cierto que es un juicio, pero de misericordia. Es bella una ópera pop que hicieron hace tres o cuatro años, uno de esos grupos de músicos de los jóvenes de hoy, con esta música que no entiendo, pero dicen que es bella. Es una ópera sobre la parábola del hijo pródigo. Después de toda la historia, en la parte final, el hijo, pobrecillo, ya manchado por tantos pecados, por tantas cosas, incluso vencido por todas esas cosas, siente la necesidad de volver al Padre y le dice a un amigo: “Pero no sé si mi padre me recibirá...”. Y cantan esto: “¿Me recibirá? ¿Me recibirá?...”. El amigo da un consejo: “Envíale una carta a tu padre y dile: Papá, quiero arrepentirme y decírtelo en la cara, pero tengo miedo de ir a ti, si serás capaz de recibirme o no... Quiero ir solo a pedirte perdón, no merezco llamarme tu hijo, solo por esto”. Y siguiendo el consejo de su amigo, escribió esto: “Si estás dispuesto a hacer esto, por favor pon un pañuelo blanco en la ventana, así cuando me acerque a la casa, veré el pañuelo e iré. Si no veo el pañuelo, me vuelvo”. Continúa la ópera y luego el último acto es cuando el hijo entra en el camino que lleva a la casa. Mira la casa: ¡está toda llena de pañuelos blancos, toda llena! Es decir, la Misericordia de Dios no tiene límites. La misericordia de un confesor lo mismo. ¡Pensad en los pañuelos blancos! Esto es hermoso, a mí me gustó.

Luego, dos testimonios de dos confesores que he conocido. ¡Uno, bueno, un sacramentino, un buen chico, murió a los 92 años! Era el confesor de todo el clero de Buenos Aires. Todo el mundo iban a él, muchos laicos... Era así. Un gran confesor. También como provincial ‑era provincial de su Orden‑ siempre encontraba un lugar en aquella basílica donde vivía, para confesar. Yo, cuando era el provincial, iba a confesarme con él ‑para no confesarme con un jesuita, para que no supieran las cosas‑; siempre decía: “Vale, vale… ¡Valor, adelante!”. Y te perdonaba. Un domingo de Pascua ‑yo ya era vicario general‑ bajé a la secretaría a ver si había algún fax ‑en aquella época todavía no existía el correo electrónico‑, vi un fax a las 23.30, justo antes de empezar la Vigilia Pascual: “A las 20.30 horas falleció el Padre Aristi a los 93 años de edad”. Tenía la costumbre de ir a almorzar con los sacerdotes de la casa de retiro, en Semana Santa y en Navidad, y pensé: después de almorzar iré allá. Y así lo hice. Entro en la basílica, no había nadie, estaba el ataúd abierto. Dos viejitas allí rezando el Rosario. Me acerqué al ataúd. Ni una flor “Pero tú que has perdonado los pecados de todos… ¿Así?”. Salí, fui a la calle, hay floristerías, compré las flores, volví. Y cuando estaba arreglando las flores, vi el Rosario y tuve una gran tentación y caí: le robé el Crucifijo del Rosario. Se fue sin Crucifijo. En ese momento dije: “Dame la mitad de tu misericordia”, pensando en Elías y Eliseo y toda esa historia. Le pedí esa gracia. Y esa cruz la llevo acá dentro, siempre conmigo, y le pido al Señor que me dé misericordia. Quería compartir esto.

El otro es un capuchino, ahora de 96 años, un gran confesor. ¡Sigue haciéndolo! Está en el Santuario de Nuestra Señora de Pompeya en Buenos Aires. Siempre la cola ante el confesionario: laicos, laicas, sacerdotes, obispos, monjas, jóvenes, viejos, pobres, ricos, todos. Un verdadero río de gente. Y este hombre vino a verme aquí, al comienzo del pontificado, porque tenía un congreso. Este hombre, cuando yo era arzobispo, tenía entonces 86-87 años, vino a mí y me dijo: “Quítame esta tortura que tengo” –“¿Por qué?” -–“Pero tú sabes que perdono siempre, yo perdono todo, perdono demasiado” -–“Por eso la gente te busca” –“Sí, pero a veces siento escrúpulos” - “Y dime, ¿qué haces cuando sientes el escrúpulo de haber perdonado demasiado”? –“Voy a la capilla y le pido perdón al Señor y le digo: ‘Señor, perdóname, hoy he perdonado demasiado’. Pero enseguida siento algo dentro: ‘Pero ten cuidado Señor, porque fuiste Tú quien me diste el mal ejemplo’”.

Estos son testimonios de grandes confesores. Encontré al Superior General de los Capuchinos hace unos meses, y me dijo: “Dígame Santo Padre, si lo necesita, traeré aquí a su amigo confesor”. Como se sabe, también el Papa necesita ser perdonado por las cosas malas que no es capaz de decir a los demás. Una cosa hermosa, un hermoso testimonio. Tenéis delante el testimonio de los grandes confesores, de esos que saben perdonar bien con sentido de Iglesia, con justicia, pero con gran amor. Con gran amor.

Se acerca el Jubileo de 2025. Aprovecho esta oportunidad para invitar desde ahora a la Penitenciaría, a cuyo cuidado está confiado, por así decirlo, el “núcleo profundo” de cada Jubileo, a disponer, de acuerdo con los demás órganos interesados, cuanto sea necesario para que sea lo más fecundo posible el próximo Año Santo. Y os animo a utilizar toda la creatividad que el Espíritu sugiera, para que la misericordia de Dios pueda alcanzar a todas partes y a todos: ¡perdón e indulgencia!

Y gracias por vuestro servicio a la Divina Misericordia, bajo la dulce protección de María Refugio de los pecadores. Ella es Madre y siempre trata de salvar a sus hijos. Cuando tengáis dudas, pensad en la Mamá, como dice aquella leyenda del pueblo de la llamada “Madonna dei Mandarini”, también apodada patrona de los ladrones. En el sur de Italia hay una leyenda sobre el hecho de que la Virgen perdona todo, y que si le rezan a la Virgen, Ella los salvará. Y se dice que la Virgen desde la ventana mira la cola que hay frente a la puerta del Paraíso. Y San Pedro juzga quién entra y quién no entra. Y cuando la Virgen descubre a uno de estos devotos suyos, le hace señas para que se esconda, porque San Pedro seguramente no lo dejará entrar. Y después cuando, más tarde, comienza la oscuridad, antes de la noche, la Virgen los deja entrar por la ventana. Rezad a la Virgen para que os dé este corazón paterno y también materno, para perdonar e integrar a la gente en la Iglesia. Ella es el refugio de los pecadores.

Os bendigo a todos de corazón. Y por favor, acordaos de rezar también por mí, porque hoy debo confesarme también yo. ¡Gracias!