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Motu proprio Aperuit Illis: El Papa instituye el Domingo de la palabra de Dios“Que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Este Domingo de la Palabra de Dios se colocará en un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos”, lo establece el Papa Francisco en su Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Aperuit Illis, con la que instituye el Domingo de la Palabra de Dios, documento que fue publicado este 30 de septiembre, en la memoria litúrgica de San Jerónimo en el inicio del 1600 aniversario de su muerte.

El Santo Padre señala que, “no se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios”, sino que “expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad”. Asimismo, el Pontífice explica que esta Carta Apostólica tiene la intención de “responder a las numerosas peticiones que me han llegado del pueblo de Dios, para que en toda la Iglesia se pueda celebrar con un mismo propósito el Domingo de la Palabra de Dios”.

Carta apostólica
en forma de «Motu proprio»

Del Santo Padre
Francisco

Aperuit illis

Con la que se instituye el Domingo de la Palabra de Dios

1. «Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Es uno de los últimos gestos realizados por el Señor resucitado, antes de su Ascensión. Se les aparece a los discípulos mientras están reunidos, parte el pan con ellos y abre sus mentes para comprender la Sagrada Escritura. A aquellos hombres asustados y decepcionados les revela el sentido del misterio pascual: que según el plan eterno del Padre, Jesús tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos para conceder la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24,26.46-47); y promete el Espíritu Santo que les dará la fuerza para ser testigos de este misterio de salvación (cf. Lc 24,49).

¿De qué ha hablado hoy el cura?Mis buenos amigos curas, que no son pocos, saben lo que los estimo y aprecio. Por eso, no se enfadarán con el “experimento” que propongo hoy a los lectores: un domingo cualquiera, a la salida de misa, hacerle una sencilla pregunta a los feligreses: “¿De qué ha hablado hoy el cura?”.

Es sorprendente: muchísimos fieles te responderán que “no sé” o, queriendo ser caritativos, añaden “pero ha sido bonito”. Lo digo porque yo, que soy de esos extraños casos que atiende en la misa y, en especial, en la homilía, muchas veces no entiendo absolutamente nada de lo que se ha predicado. O, peor aún: lo he entendido, pero me ha parecido intrascendente, aburrido y rutinario.

El delito canónico de simoníaEl Diccionario de la Real Academia Española define la simonía como la “compra o venta deliberada de cosas espirituales, como los sacramentos y sacramentales, o temporales inseparablemente anejas a las espirituales, como las prebendas y beneficios eclesiásticos”.

Desde los tiempos apostólicos, la Iglesia intenta evitar el comercio con los bienes espirituales. Como demuestra la historia, esta ha sido una de las batallas jurídicas en la que más se han empeñado las autoridades eclesiásticas. Santo Tomás de Aquino dedica una Cuestión de la Suma Teológica a la valoración moral de la simonía (Summa Theologica, Pars II-IIae, q. 100). Esta constante lucha se debe a que esta conducta atenta contra el mandato del Señor (“gratis habéis recibido, dad gratis”: Mt 10, 8). El simoníaco pretende hacerse dueño de los bienes espirituales. Además de que el que pidiera dinero por un sacramento, defrauda a los fieles que legítimamente piden bienes espirituales a los pastores y que necesitan de la gracia.

Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados y seminaristas
Discurso del Santo Padre

Colegio San Miguel, Antananarivo
(Madagascar)

Domingo, 8 de septiembre de 2019

Queridos hermanos y hermanas: ¡Pensaba que cuando me traían esta mesa era para comer, en cambio, es para hablar!

Agradezco vuestra cálida bienvenida. Quiero que mis primeras palabras estén dirigidas especialmente a todos los sacerdotes, consagradas y consagrados que no pudieron viajar por un problema de salud, el peso de los años o alguna complicación. Una oración todos juntos por ellos, en silencio. [Rezan en silencio.]

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