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Capellán en un centro de cuidados paliativos en tiempos de pandemiadon José le gustaba mucho cantar. Amenizó las «mañanitas» de muchos enfermos que recibían cuidados paliativos en el Hospital de Cuidados Laguna de Madrid. Una vez apareció vestido de mariachi con el hijo cantante de una mujer que estaba interna. Ella falleció y don José Ruiz, el capellán de este centro de enfermos terminales, adoptó al muchacho como si fuera un amigo de toda la vida. Cada Navidad le invitaba al centro para tocar el corazón, a dos voces, de cada residente, con sus canciones.

Algo así le ocurrió con su querido amigo Fermín, fallecido hace dos semanas por coronavirus. Don José va a ser nuestro Giuseppe Berardelli español. El sacerdote de Casnigo, en la diócesis italiana de Bérgamo, murió hace unos días a sus 72 años por ceder su respirador a un joven. El cura italiano murió de coronavirus, el joven se salvó. Pero en el caso de José, su amigo no logró vencer la embestida del virus.

Más de 50 sacerdotes muertos en Italia por coronavirusLa epidemia de coronavirus COVID-19 sigue causando estragos entre el clero italiano, sobre todo en las diócesis del norte de Italia.

Según datos facilitados al periódico de la Conferencia Episcopal Italiana, Avvenire, la cifra asciende ya a más de 50 sacerdotes fallecidos por causa del coronavirus en 20 días. La mayoría de ellos son sacerdotes mayores de 70 años. Desde el viernes 20 de marzo han fallecido 10 sacerdotes.

Virus corporales y virus espirituales«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano» (Jn 11, 20). El reproche de Marta al Señor, que leemos en el Evangelio del último domingo, nos interpela especialmente en esta época de pandemia de Coronavirus. Sabemos que Jesús puede acabar con este maldito virus con un solo movimiento de su voluntad. Si Él quisiera, mañana mismo desaparecería el Covid-19 de la faz de la tierra y todos los enfermos volverían a la salud, sin siquiera esperar el tiempo establecido para la recuperación, igual que curó instantáneamente a la suegra de San Pedro, que no necesitó de periodo de convalecencia antes de volver a su vida normal.

Llama la atención que el milagro de Betania sea, por así decirlo, muy teatral. Primero tarda en decidir el viaje, cuando llega espera que se reúna a su alrededor la muchedumbre que estaba consolando a las dos hermanas, manda que abran la sepultura, y después da órdenes en voz alta para que todos lo escuchen.

Nicolás Steno nació en 1638 en Stenon, cerca de Copenhague (Dinamarca), hijo de un pastor luterano. Su nombre era Niels Stensen, aunque siguiendo la costumbre de la época en ambientes académicos, latinizó su nombre: Nicolaus Stenonis.

Su infancia fue la de un niño enfermizo, aislado de los otros niños, que pasó gran parte de su tiempo escuchando las discusiones religiosas de los mayores. Tras unos años de educación clásica dirigida por el poeta y latinista Ole Borch, a los dieciocho años Steno entró en la Universidad de Copenhague para estudiar Medicina. Unos pocos meses después, Dinamarca estaba en guerra y la capital danesa fue sitiada por el ejército sueco, por lo que sus estudios se desarrollaron de forma errática.

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