Vida Sacerdotal - Información para sacerdotes

El cardenal Ernest Simoni, sobreviviente a la persecución comunista y fiel a su sacerdocioGran conmoción está causando estos días entre los católicos de Estados Unidos la visita del Cardenal Ernest Simoni a Nueva York. El purpurado fue presentado en su Twitter ante los feligreses neoyorquinos por el arzobispo de la ciudad, el Cardenal Timothy Dolan, así: “Tengo el honor de presentarles desde mi casa al Cardenal Ernest Simoni, de Albania. Él fue creado Cardenal por el Papa Francisco hace tres años, en reconocimiento del sufrimiento que padeció bajo los comunistas”.

El Cardenal Dolan explicó que el Cardenal Simoni “era un sencillo y trabajador sacerdote en Albania cuando el Papa Pablo VI pidió que se ofrecieran Misas por el alma de John F. Kennedy luego de su asesinato. Él ofreció la Misa por Kennedy y lo encerraron”.

Sacerdotes de los que nadie habla“Recordamos los 160 años de la muerte del santo Cura de Ars, a quien Pío XI presentó como patrono para todos los párrocos del mundo. En su fiesta quiero escribirles esta carta, no sólo a los párrocos sino también a todos ustedes, hermanos presbíteros, que sin hacer ruido ‘lo dejan todo’ para estar empeñados en el día a día de vuestras comunidades. A ustedes, que, como el Cura de Ars, trabajan en la ‘trinchera’, llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12) y, expuestos a un sinfín de situaciones, ‘dan la cara’ cotidianamente y sin darse tanta importancia, a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado. Me dirijo a cada uno de ustedes, que, tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio o la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente e, incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal”.

Con estas palabras comienza el papa Francisco una carta dirigida a todos los sacerdotes que entregan su vida, cada día y por amor a Dios, a Cristo Nuestro Señor, en servicio de los fieles a ellos encomendados. Y con estas líneas quiero unirme a la oración del Papa, bien consciente de que el trabajo y las fatigas, las alegrías y las penas de esos sacerdotes saltan de sus corazones al de Dios, y que apenas los ven y aprecian otras personas. En no pocos casos, ni siquiera sus propios Obispos, pero ellos miran cara a cara a Dios, a Él se entregan en cuerpo y alma, y elevan su mirada al Cielo en el momento de cerrar los ojos a los horizontes de la tierra.

Penitenciaría Apostólica: fuero interno e inviolabilidad del sigilo sacramentalCon motivo de la reciente audiencia a los participantes en el Curso sobre el foro interno organizado por la Penitenciaría Apostólica (29 de marzo de 2019), el Papa Francisco ha puesto repetidamente el acento sobre dos temas tan centrales para la teología, el derecho y la práctica de la Iglesia como extraños para la opinión pública actual: la sacralidad del foro interno y la inviolabilidad del sello sacramental.

Al comienzo del discurso, el Santo Padre recordaba, en primer lugar, la naturaleza sagrada del foro interno, el ámbito íntimo de la relación entre Dios y los fieles, que no siempre se comprende y protege correctamente, incluso dentro de la propia comunidad eclesial:

Y me gustaría agregar, fuera del texto, una palabra sobre el término “foro interno”. No es una tontería ¡es algo serio! El foro interno es foro interno y no puede salir al exterior. Y lo digo porque me he dado cuenta de que en algunos grupos de la Iglesia, los encargados, los superiores —digamos así— mezclan las dos cosas y sacan del foro interno cosas para las decisiones externas y viceversa. Por favor, ¡esto es un pecado! Es un pecado contra la dignidad de la persona que se fía del sacerdote, que pone de manifiesto su realidad para pedir perdón, y luego esto se utiliza para arreglar las cosas de un grupo o un movimiento, tal vez —no lo sé, invento— , tal vez incluso de una nueva congregación, no lo sé. Pero el foro interno es el foro interno. Es una cosa sagrada. Quería decir esto porque me preocupa.”

Publicamos la carta que el Papa Francisco ha publicado dirigida a todos los sacerdotes, con ocasión del 160º aniversario de la muerte de San Juan bautista María Vianney, Santo Cura de Ars.

 

A mis hermanos presbíteros.

Queridos hermanos:

Recordamos los 160 años de la muerte del santo Cura de Ars a quien Pío XI presentó como patrono para todos los párrocos del mundo1. En su fiesta quiero escribirles esta carta, no sólo a los párrocos sino también a todos Ustedes hermanos presbíteros que sin hacer ruido “lo dejan todo” para estar empeñados en el día a día de vuestras comunidades. A Ustedes que, como el Cura de Ars, trabajan en la “trinchera”, llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12) y, expuestos a un sinfín de situaciones, “dan la cara” cotidianamente y sin darse tanta importancia, a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado. Me dirijo a cada uno de Ustedes que, tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio o la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente e, incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal.

«El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre»1; con sus gestos y sus palabras, iluminó su dignidad altísima e inviolable; en Él mismo, muerto y resucitado, restauró la humanidad caída, venciendo las tinieblas del pecado y de la muerte; a cuantos creen en él abrió la relación con su Padre; con la efusión del Espíritu Santo, consagró la Iglesia, comunidad de los creyentes, como su verdadero cuerpo y le comunicó su propia potestad profética, real y sacerdotal, para que sea en el mundo como la prolongación de su misma presencia y misión, anunciando a los hombres de todo tiempo la verdad, guiándoles al esplendor de su luz, permitiendo que su vida sea realmente tocada y transformada.

En este tiempo tan problemático de la historia humana, al creciente progreso tecno-científico no parece corresponder un adecuado desarrollo ético y social, sino más bien una auténtica “involución” cultural y moral que, ajena a Dios −cuando no incluso hostil− es incapaz de reconocer y respetar, en todo ámbito y a todo nivel, las coordenadas esenciales de la existencia humana y, con ellas, de la vida misma de la Iglesia.

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